MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 12/10/25

Este XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario, las lecturas nos ponen en contexto de enfermos de lepra. Tanto el evangelio como la primera lectura tratan la temática. En la tradición de la Iglesia “la lepra” ha sido comparada con el pecado. San Juan Crisóstomo habló sobre “la lepra en el alma”. San Ireneo de Lyon señaló que somos leprosos cuando vivimos en pecado, con oportunidad de limpiarnos por el Bautismo. En esta perspectiva meditaremos los textos.

El evangelio sitúa a Jesús camino a Jerusalén, pasando entre Samaria y Galilea. Aquí viene la primera enseñanza de los leprosos:

“Acercarnos a Jesús con nuestras lepras”. Los diez enfermos, en el pasaje, conscientes de su estado, identificaron en quién estaba la fuente de la salud. Aunque en el contexto la enfermedad implicaba rechazo público, aislamiento social, sufrimiento sicológico por el desprecio, ellos no tuvieron temor de aproximarse al Señor cuando pasaba. De igual manera, tú y yo, hemos de tener la confianza de ir a Él sin vergüenza de nuestras miserias. Para esto es necesario reconocerlas. Es duro resignarse a andar sucio, pestilente de numerosas faltas, acomodados al pecado. Con humildad, hemos de tomar las palabras prestadas a los leprosos para decir al Señor: “Ten compasión de nosotros”.

La otra enseñanza que nos dan los diez leprosos es: “obedecer la Palabra de Jesús”. La humildad de acercarse a Jesús ha de estar acompañada del acto de la obediencia. Hicieron lo que el Señor les dijo: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”. Humildad y obediencia también están evidentes en Naamán, el sirio.

El gran guerrero, Naamán, pudo vencer su orgullo, al dejarse aconsejar por la joven del servicio de su casa. Ella le indicó que en Israel, el profeta Eliseo podía curarle de su lepra, y viajó a dicho encuentro. Tuvo también obediencia cuando venció la presunción, luego de haber menospreciado la indicación del profeta, de lavarse siete veces. Él consideraba las aguas de Damasco mejores que las del Jordán. Pero obedeció a sus mismos sirvientes cuando lo aconsejaron. De igual manera, para ir al Sacramento de la Reconciliación es necesaria la humildad, y también la obediencia a la Palabra del Señor, para no volver a pecar, y caminar en santidad y justicia.

La tercera enseñanza de los leprosos sería: “testimoniar el obrar de Dios”. Jesús no tuvo que tocar a los leprosos para que quedaran limpios. Su Palabra operó en ellos. La gloria de Dios los visitó liberándoles del sufrimiento y la vergüenza. De igual manera Naamán quedó sano. Esas siete sumergidas del guerrero en el agua, además de recordar el rito del Bautismo, nos evoca los siete pecados capitales de los que fue rescatado. Naamán quiso retribuir a Eliseo con regalos. Pero el profeta sabía que la obra realizada no era suya, sino de Dios. Por eso, no los aceptó. Cuando tú y yo, confiamos en Jesús resucitado, como insiste Pablo en la segunda lectura, también experimentamos la sanidad del corazón.

La cuarta enseñanza de los leprosos es: “devolverse para agradecer a Jesús”. Lamentablemente, la virtud de la gratitud no estuvo presente en los diez enfermos. Porque solo uno, un samaritano, fue grato al retornar. Por eso, no solo obtuvo la sanidad del cuerpo, sino la salvación del alma. Escuchó del Señor palabras de vida: “Levántate, vete; tu fe te ha salvado”. Los otros nueve no recibieron esa bendición especial. De igual manera, Naamán, reaccionó ante la sanción recibida. Se convirtió poniendo su fe en el Señor.

El Salmo 97 nos ayuda a reconocer, como comunidad cristiana, que el Señor revela a las naciones su salvación. Es así como Naamán, un sirio, abrazó la fe. Y un samaritano, se convirtió en modelo de gratitud. Las lecturas nos enseñan a cultivar el amor universal, un corazón sin fronteras. Dios es Dios para todos. La misericordia de Dios no tiene linderos.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Qué hay detrás de tu apariencia? ¿Te has despojado, como Naamán, de la armadura exterior? ¿Has tomado un baño de humildad? ¿Cuántas veces te has dejado aconsejar por la gente que depende de ti? ¿Has podido vencer, en tu vida, la fuerza del orgullo? ¿Cómo está tu obediencia? ¿Estás escuchando lo que Jesús dice a tu corazón? ¿Has testimoniado el obrar del Señor en tu vida? ¿Tus súplicas han sido escuchadas? ¿Eres de las personas que, ante el favor recibido, sigue de largo? ¿Eres de aquellas que se detienen para agradecer?¿Cuándo fue la última vez que tuviste el Sacramento de la Reconciliación? ¿Cuáles “lepras” del alma necesitan ser sanadas por el Señor?

Señor: te agradezco infinitamente tu eterna hospitalidad. Me provoca confianza la libertad para acercarme a ti sin miedo al rechazo. Tanta bondad me provoca madurez interior y conversión. No quiero defraudarte. Necesito aprender de ti. Deseo acoger a los demás sin que me apesten las lepras que hayan contraído; de la misma manera que tú me has acogido a mí. Gracias por enseñarme a darte las gracias, no solo a ti, sino a todos los que movidos por el Espíritu Santo, pasan haciendo el bien. Hoy y siempre, Señor Jesús, quiero tener un “gracias” en mi boca y en mi corazón. Que no pase de largo ante las bendiciones recibidas.

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.

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Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

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