MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 13/10/25
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XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario..
LA SEÑAL DEFINITIVA PARA CREER
Hoy, lunes, semana 28a del Tiempo Ordinario, el evangelio comenta que la gente se apiñaba alrededor de Jesús. El Señor supo que dicho acercamiento estaba marcado por intereses particulares. Le dirigió la palabra: “Esta generación es una generación perversa”. O sea, es una generación en búsqueda de signos, milagros, manifestaciones, espectáculos trascendentes y extraordinarios; le atraían señales del cielo, pero no daban el paso a la conversión del corazón, a confiar verdaderamente, y abrirse a la salvación traída por Jesús.
El Señor dijo a esas personas incrédulas, movidas por la curiosidad, que no les daría más signos. De hecho, esto es un problema pastoral presente en nuestros tiempos. Hay quienes desaprovechan la manera en que Dios se comunica, y exigen de Él “signos a la carta”, que respondan al capricho personal. En otros casos, están quienes, al no recibir las señales que exigen, se las imaginan, las crean, las inventan.
Es tanta el hambre de signos, que algunos los fabrican hasta en las mismas nubes, en la sombra de un árbol, en agua posada en el piso, en una pared humedecida, etc. Estas realidades avisan de la poca tierra buena en el jardín interior. Porque la generación perversa solo superará dicha condición cuando decida creer definitivamente en la Palabra del Señor, en el misterio de la fe, y asuma fielmente las exigencias del seguimiento de Jesús.
Afirma el pasaje que a la generación perversa solo se le dará el signo de Jonás. El profeta que duró tres días y tres noches en el vientre de un pez. En ese vientre, Jonás tuvo una transformación, un cambio de parecer. Decidió obedecer a Dios en contra de su propia voluntad. No siguió huyendo en dirección contraria, sino que se fue a Nínive, predicó y la gente se convirtió.
La imagen narrativa de Jonás recuerda los tres días que pasó Jesús en el sepulcro. Luego de dicha espera resucitó, ofreciendo la salvación para toda la humanidad. Esta resurrección es la señal definitiva para creer y confiar. Este es el fundamento de nuestro credo, de nuestra fe, de nuestro caminar. Un signo aislado no sustenta la fidelidad de un creyente en este valle de lágrimas. Abrazar a un signo pasajero, y no a Jesús mismo, es vivir desde el sentimiento, la emoción, y no desde el convencimiento.
Jesús, en su indignación con esa generación perversa, les puso como ejemplo la reina del Sur, quien se desplazó desde muy lejos para escuchar la sabiduría de Salomón. Sin embargo, los incrédulos no se enteraron, ni quisieron enterarse, de que tenían ante sus ojos la fuente de sabiduría encarnada. La gente andaba buscando lo que tenía cerca. Como aquel personaje que, sin darse cuenta, buscaba las gafas que ya tenía sobre la cabeza.
Por eso, dijo el Señor, que tanto esa reina como los mismos ninivitas, también se pronunciarán al momento del juicio final. Ellos tendrían autoridad para hacerlo, pues han creído en el Señor con menos signos que los que ha recibido esa generación perversa. Esa generación tuvo presente a alguien más grande que Salomón y que Jonás.
San Pablo, en la primera lectura del día, nos enseña que lo propio del cristiano es apoyarse y sustentarse en la resurrección. Se reconoce “siervo de Cristo”: no sirve a un muerto, sino a un vivo, a un Cristo operante y presente en la historia. Se reconoce también “llamado a ser apóstol”, “escogido para anunciar el Evangelio”.
Este convencimiento paulino es el alimento fuerte y sólido desde el cual se sostiene el corazón del apóstol. Solo así se soportan las pruebas, las persecuciones y el mismo martirio. La fe en Cristo resucitado hace arder el corazón, para que inflame las palabras precisas, capaces de encender el corazón de los oyentes.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Le estás pidiendo algún signo al Señor? ¿Cuántos signos reclamas para poder confiar? ¿Por qué la fe auténtica no depende de señales visibles? ¿Por qué la fe verdadera está unida a la meditación, a la interioridad y a la vivencia del evangelio? ¿Si apoyas la fe en un signo, con qué te quedarías cuando el signo desaparezca? ¿Dónde identificar la causa de tanta incredulidad? ¿Cómo Dios te ha ido demostrando que está contigo, presente en tu vida? ¿Qué más necesitas para creer?
Señor, gracias por estar presente en esta generación que tanto te hace sufrir. No queremos ser así. Necesitamos seguirte y creer en ti. Que ya no pidamos más signos. Preferiblemente auméntanos la fe, que dispongamos nuestro corazón a tu presencia. Ayúdanos a hacer silencio. Basta de exigencias. Nos toca obedecer y convertirnos. Eres tú, Señor resucitado, quien marcas el ritmo, quien propones el método, quien señalas el horizonte. Que podamos tener convencimientos profundos, maduros, nacidos de tu Palabra, de la vivencia sacramental, de la entrega desinteresada por tu Reino. Santos y santas de Dios, rueguen por nosotros.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.
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