MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 21/10/25
(Rom 5,12.15b.17-19.20b-21;Sal 39; Lc 12,35-38)
XXIX Martes del Tiempo Ordinario.
SERVICIO, ORACIÓN Y ESPERA
Hoy, martes, semana 29ª del Tiempo Ordinario, el evangelio nos invita a escuchar las enseñanzas de Jesús, de la misma manera que lo hicieron sus discípulos. Nos pide tener “ceñida la cintura” y “encendidas las lámparas”; dos imágenes ricas en significados, y desde estas iniciamos nuestra meditación:
“Tengan ceñida la cintura”. Nos trae la imagen de la prontitud, de estar disponibles, atentos, de manera constante. Listos para ponernos a servir. Es una actitud del corazón, que nace en el centro del alma, de voluntad sincera. También, en nuestra cultura, trae al imaginario un delantal, que representa a quien sirve con dedicación y esmero. Ponerse un delantal habla de la actitud de quien está sin pereza para trabajar diligentemente.
Se trata de la disponibilidad interior, del buen ánimo y del gusto por la faena; pero una faena que tiene sentido, porque suma al Reino. En este aspecto, el servicio posee propósito y determinación. El trabajo pierde su valor si no está orientado por una intención sana y clara.
El sentido de la jornada consiste en velar por los intereses del Señor mientras se espera su venida. Como no se conoce el momento exacto de su llegada, se nos pide permanecer ceñidos; no por temor a ser rechazados, sino por amor y reverencia hacia Aquel que ha depositado en sus siervos una confianza plena. La respuesta, nacida de la gratitud, se expresa con delicadeza, procurando que todo esté dispuesto de la mejor manera para cuando Él llegue. Es una actitud propia de quien, por fidelidad, no decepciona.
“Tengan encendidas las lámparas”. Tenerlas encendidas, en cierto sentido, puede evocar la realidad de quien, sirviendo, le llegó la noche; faltan muchas cosas por adelantar, pasó el día, y se auxilia con esta luz para continuar la jornada. La persona no se rinde ante el sueño. La perspectiva de que el Señor pueda llegar le mantiene espabilado.
Existe otra lámpara, trascendente, que debe permanecer encendida en todo momento, tanto en la noche como en el día: es la lámpara de la vigilancia, la lámpara de la oración. Para que su llama no se extinga, necesita ser alimentada con suficiente aceite. La oración, como ese aceite, sostiene la llama viva, capaz de resistir la espera. Es la luz del discernimiento, que permite reconocer la voz auténtica de quien llama y sabe, de antemano, a quién se abre la puerta. Qué doloroso sería que, al llegar el Señor, tuviera que esperar porque los siervos están distraídos, desorientados, ocupados en otras cosas.
Bienaventurados somos si, al volver el Señor, nos halla en actitud de servicio, amor, oración y espera; ofreciendo el alimento en el momento oportuno. La verdadera dicha radica en que, al comprobar tal fidelidad, Él mismo se ciñe, invita a su siervo o sierva a sentarse a la mesa, y se dispone a servirle con sus propias manos.
La primera lectura, tomada de la Carta de Pablo a los Romanos, nos recuerda que “Si creció el pecado, más desbordante fue la gracia”. La pereza, la dejadez, el medir la entrega, forma parte del antiguo mundo del pecado. Para superarlo, hemos de abrazarnos a la nueva vida que nos trae Cristo Jesús. No regatear el servicio, es señal de la vida en la gracia del Espíritu Santo.
El Salmo del día, con sabiduría, nos revela el sentido espiritual de mantener ceñida la cintura y encendidas las lámparas. En el fondo, el martirio cotidiano —de quien se entrega sin reservas— cobra pleno significado, no por el sacrificio en sí, sino por encarnar la voluntad de Dios. Cuando se proclama: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”, se está ofreciendo la vida y avivando la llama de la oración.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Cómo está tu actitud de servicio? ¿Para qué cosas estás disponible? ¿Qué significa hacer un servicio con buena voluntad aunque trastorne tu agenda? ¿Haces un servicio controlando el reloj? ¿Cómo reaccionas cuando te piden sorpresivamente un favor? ¿Sacas tiempo para el Señor o del Señor es tu tiempo? ¿Cómo está la lámpara de tu oración? ¿Tu lámpara está ardiendo por la fe? ¿Dónde buscas aceite para abastecer la lámpara?¿Cómo estás respondiendo al Señor ante las tareas que te ha asignado?¿Cómo está tu vigilancia constante en el Espíritu Santo?¿Cómo te encontrará el Señor en el atardecer de tu vida? ¿Tú sabías que el Señor llega siempre, en la Eucaristía, en los hermanos?
Señor, hazme comprender cada día más el misterio de servirte. Qué significa consagrar la vida entera. No quiero ofrecerte pedacitos de mí. Más allá de todo mi cansancio, anhelo descansar en ti; sentir, Señor, el consuelo que solo tú sabes dar. Todo lo mejor para ti, que en tu silencio pareces no exigir nada, pero cuya sola presencia hace que mi conciencia, como un perro, no deje de ladrar. Siempre estoy en deuda… pero pide lo que falta, y yo arrancaré de mí todo lo que pretenda aferrarse. Extirpo mis propios deseos para educarlos con los tuyos. No solo quiero servirte, Señor, quiero ser de ti. Porque siendo en ti, trabajo en ti, y todo lo haríamos juntos. Y cuando regreses, nos hundiremos aún más en tu misterio, sin haber dejado, ni un instante, de estar unidos.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.
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