MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 26/10/25

Este XXX Domingo del Tiempo Ordinario, el Evangelio según san Lucas, al igual que en la semana anterior, continúa presentándonos el tema de la oración. En la ocasión pasada reflexionamos sobre la necesidad de perseverar en el diálogo con Dios, sin desfallecer. Ahora, a través de la parábola del fariseo y el publicano, se nos señalan disposiciones auténticas que debemos cultivar en la oración, y otras actitudes engañosas que conviene rechazar. Iniciemos con estas últimas:

Actitud orgullosa. Los fariseos eran un grupo dentro del judaísmo caracterizado por su rigurosa observancia de la ley. Por esta razón solían apartarse de los demás. Su orgullo, aliado de la soberbia, lo llevaba a mantenerse “erguido” ante la presencia de Dios. Su postura exterior reflejaba la presunción interior; por eso en su oración repetía: “ayuno”, “pago el diezmo”… En realidad, su plegaria era un monólogo centrado en sí mismo, resaltando sus méritos y enalteciéndose. Creía estar acreditado ante Dios y pensaba agradarle con aquella lista de prácticas externas, que sin embargo no alcanzaban a consolar al que sufre.

Otra actitud a rechazar es la de la comparación. El fariseo, en su oración personal, no se centró en su propia “casa interior”, sino que se ocupó de la “casa ajena”, la del publicano, descuidando la suya. Así se retrasó en su camino espiritual, porque estaba fuera de sí, disperso. Con el mismo corazón con el que pensaba agradar a Dios, despreció a su prójimo. Juzgó interiormente al hermano, usurpando una tarea que solo corresponde a Dios. Su acción de gracias nació, equivocadamente, de no ser como los demás. Llegó incluso a insultar a sus hermanos mientras supuestamente hacía “oración”. De este modo, su plegaria se desvirtuó, pues dejó de ser un diálogo sincero con el Señor. Su corazón, en lugar de ablandarse, se endureció. Ese caparazón le impidió dejarse transformar por la gracia, lo cual se reflejó en su falta de compasión hacia quienes lo rodeaban.

La tercera actitud negativa es la autosuficiencia. El fariseo se sostuvo únicamente en sus propias obras y en la justicia que interpretaba a su manera. Puso toda su confianza en sí mismo, convencido de que, gracias a sus esfuerzos, tenía asegurado el cielo. En ningún momento reconoció su necesidad de la gracia, del perdón y de la misericordia de Dios. Su triste desenlace fue salir del templo sin la bendición, porque su autosuficiencia cerró las puertas al Espíritu Santo e impidió que la gracia lo transformara.

Vamos a considerar, seguidamente, las disposiciones saludables que nos ayudan a crecer en la fe a través de una oración fecunda.

Actitud de humildad. El publicano conocía bien su propia vida y la injusticia de su oficio como recaudador de impuestos. Sentía vergüenza de su proceder y, por ello, “se quedó atrás” y “no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo”. Recordemos el Salmo 50: “Tú, oh Dios, no desprecias un corazón quebrantado y humillado” (v.19). La gracia comienza a fluir cuando la persona se reconoce en su pobreza ante la grandeza de Dios. Entonces, el Señor, en silencio, posa su mirada sobre su pequeño hijo, pues se ha conmovido en lo más profundo de sus entrañas.

Otra actitud verdadera es el arrepentimiento. El publicano centra su interior en sí mismo, sin distraerse en la vida de los demás. Toda su atención orante se dirige al Señor, a quien suplica: “¡Oh Dios, ten compasión de este pecador!” (Lc 18,13). No justifica su conducta, no se defiende, no se protege ni busca culpable de la situación en la que ha caído. Con sencillez se presenta con todas sus miserias ante el trono de la Misericordia.

La tercera actitud del publicano es la confianza en Dios. No deposita su seguridad en sí mismo, pues está liberado de la autosuficiencia. Acude al lugar adecuado, la presencia del Señor. Y se cumple en él la palabra: “porque todo el que se humilla será enaltecido” (Lc 18,14). El Evangelio nos dice que este hombre, al regresar, fue justificado: hallado digno delante de Dios, recibió el perdón de todos sus pecados. Se abrió a la gracia y volvió lleno de ella. La bondad divina le concedió la paz y le preservó la vida.

El conjunto de las lecturas de este domingo fundamenta la actitud del publicano. La primera lectura, del libro del Eclesiástico, asegura que los clamores del pobre son escuchados como oración en los oídos de Dios. El Salmo 33, por su parte, nos recuerda que cuando el afligido invoca al Señor, Él lo escucha y lo libra de sus angustias. Finalmente, san Pablo, en la segunda lectura, nos exhorta a perseverar en el buen combate de la fe, recordándonos que es el Señor quien da la fuerza necesaria para anunciar íntegramente el Evangelio.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Sabías que no es tan sencillo arrojar piedras a las actitudes del fariseo, porque en ocasiones nosotros mismos podemos obrar de manera semejante? ¿Alguna vez has identificado a un pequeño fariseo creciendo en tu interior? ¿Cómo lo desenmascaras? ¿Cómo lo educas para que retorne a su propia verdad? ¿Te has sorprendido, en la oración, caminando por “casas ajenas”? ¿Comparas tu propio proceso espiritual con el de otras personas? ¿Cómo podríamos medir aquello que pertenece en exclusiva al pensamiento de Dios? ¿Te has lanzado elogios a ti mismo en la oración?

¿Qué te ha impresionado de la actitud del publicano? ¿En algún momento te ha faltado fuerza para levantar la cabeza? ¿Has sentido vergüenza de ti mismo? ¿Sabías que es una gracia reconocer, en la oración, la propia miseria? ¿Has experimentado el consuelo que se recibe cuando, desde el suelo, uno es rescatado por Dios? ¿Cómo quisieras regresar a casa después de la oración? ¿Sabías que, con la bendición de Dios, toda la vida se convierte en oración?

En este domingo, perseveramos en la oración y en la solidaridad con todas las personas más vulnerables que sufren a causa de los desastres naturales. Que los santos y santas de Dios intercedan por nosotros.

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.

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Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

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