MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 27/10/25
(Ef 2,19-22; Sal 18; Lc 6,12-19)
XXX Martes del Tiempo Ordinario.
SAN SIMÓN Y SAN JUDAS
Hoy, martes, semana 30ª del Tiempo Ordinario celebramos la fiesta de los apóstoles Simón y Judas. Los evangelistas, al enumerar a los Doce, suelen mencionarlos juntos, como ocurre en el pasaje que la liturgia nos propone en este día. La tradición sostiene que ambos salían unidos a predicar, y se les reconoce además como parientes de Jesús. No figuran entre los apóstoles más célebres, y las referencias que poseemos sobre ellos son escasas; sin embargo, bastan para afirmar que, como apóstoles, forman parte del cimiento sobre el cual se edifica nuestra fe.
Si contemplamos, a la luz del Evangelio, la vida interna de la comunidad de los Doce, descubrimos que varios de ellos eran conocidos por sus sobrenombres. A Simón, por ejemplo, se le llamaba el Zelote, término que en su raíz significa “celoso” o “apasionado”. Este detalle no es menor, pues nos abre una ventana a su carácter y lo muestra como un hombre ardiente, de corazón encendido, un discípulo que amaba con intensidad y seguía a Jesús con un fervor que lo consumía. Su propio nombre, Simón, significa “Dios ha escuchado mi súplica”.
En la comunidad de Jesús había dos discípulos llamados Judas. La fiesta que hoy celebramos no se refiere al que lo traicionó, sino a aquel identificado como Judas Tadeo, mencionado en otras ocasiones como Judas, el de Santiago. El nombre Judas significa “Alabanzas sean dadas a Dios”. No es casual, por tanto, que se le invoque como intercesor para obtener favores celestiales. Fue él quien hizo la pregunta al Señor en la Última Cena: -“Señor, ¿por qué te vas a manifestar a nosotros y no al mundo?”.
Gracias a la intervención de Judas, tenemos acceso a las hermosas palabras con las que el Señor respondió y que resuenan para todos: “Si alguien me ama, cumplirá mi palabra; mi Padre lo amará, vendremos a él y habitaremos en él” (Jn 14,22-23). En la literatura del Nuevo Testamento se conserva una carta atribuida a Judas, incluida entre las llamadas cartas católicas, así denominadas porque están dirigidas a toda la Iglesia.
La tradición sostiene que Simón y Judas recorrieron tierras extranjeras anunciando la Buena Nueva. Gracias a sus predicaciones, miles de personas recibieron el Bautismo. Así como a Jesús acudían multitudes para escucharlo y le llevaban enfermos para ser curados y oprimidos para ser liberados, podemos imaginar también la vida cotidiana de estos apóstoles en su misión. Jesús les había conferido poder y autoridad, compartiendo con ellos la fuerza viva que emanaba de su persona; una fuerza que los sostuvo en la fidelidad hasta el final, pues ambos entregaron su vida en el martirio por la fe.
El salmo del día ilumina la espiritualidad apostólica. El orante proclama: “A toda la tierra alcanza su pregón”. Incluso la naturaleza entera reacciona cuando el Señor habla y se manifiesta. Quien acoge la Buena Noticia no permanece indiferente: lo recibido no es un punto de llegada, sino un punto de partida. Así, la predicación de los apóstoles y la predicación de la creación acontecen en paralelo, como dos voces que, en armonía, anuncian la gloria de Dios.
El salmo proclama que “el cielo anuncia la gloria de Dios y el firmamento pregona la obra de sus manos”. La casa común, la creación entera, se convierte también en estímulo para la misión apostólica. Toda palabra y toda obra realizadas en el Nombre del Señor han de manifestar su gloria. Del mismo modo que el día transmite su mensaje al día y la noche se lo susurra a la noche, así también nosotros estamos llamados a no detener ni silenciar la voz que anuncia al Señor y lo da a conocer.
El salmo va aún más profundo y nos advierte que la naturaleza misma predica sin necesidad de palabras: “Sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su mensaje, y hasta los límites del orbe su lenguaje”. Este pasaje es una llamada de atención para nosotros, pues nos recuerda que también estamos llamados a evangelizar incluso sin pronunciar palabra. Así lo expresaba san Francisco a sus hermanos: “Prediquen todo el día, y solo de vez en cuando digan alguna cosa”.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Cómo estás asumiendo tu Bautismo y con qué firmeza das testimonio de tu fe? ¿Estás conduciendo a las personas hacia Dios y animando la fe de los demás? ¿Eres perseverante y fiel al Señor en medio de las tribulaciones y sufrimientos? ¿Sufres algo por la causa de Cristo, por amor a su Reino? ¿De qué manera alimentas tu fe y cómo puede tu vida convertirse, cada vez más, en un anuncio de la Buena Noticia? ¿Eres una persona verdaderamente enamorada de Jesús? ¿Cómo cargar la “leña” del amor al Señor para que nunca se apague su fuego divino? ¿Por qué no puede haber cristiano sin una comunidad de referencia y cómo nos forma el Señor en la fraternidad de hermanos y hermanas? ¿La gente desea escucharte hablar de Jesús, de qué hablas durante el día, y consideras que tu vida predica incluso sin palabras?
Hacemos oración con las palabras finales de san Judas, en su carta a la Iglesia: “Al que puede preservarlos de toda caída y presentarlos ante su gloria sin mancha y gozosos, al Dios único, que nos salvó por Jesucristo Señor nuestro, sea la gloria, la majestad, el poder y la autoridad desde la eternidad, ahora y por los siglos. Amén”. (Judas v.24-25).
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.
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