MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 2/11/25
(Lm 3,17-26; Sal 129; Rom 5, 5-11; Lc 7,11-17)
XXXI Domingo del Tiempo Ordinario.
FIELES DIFUNTOS: RAZONES PARA CONFIAR
Hoy, Domingo XXXI del Tiempo Ordinario, celebramos la conmemoración de los fieles difuntos. Desde el siglo II antes de Cristo se tiene evidencia de la oración ofrecida por ellos, como lo testimonia 2 Macabeos 12,42-45. El sentido de esta conmemoración es que, por la fe, morir no significa desaparecer, sino pasar a una vida nueva. Es el inicio de una existencia distinta. La muerte se asemeja a un puente que nos conduce hacia la plenitud. Por ello, el Concilio Vaticano II ha enseñado que la muerte no rompe la comunión de los santos, sino que la enriquece mediante el intercambio de los bienes espirituales.
Así como hoy conmemoramos a los fieles difuntos, también nosotros seremos un día conmemorados por otros creyentes, en una fecha que desconocemos, pero cuya certeza es ineludible. La vida se transforma cuando se toma conciencia de que este peregrinar es pasajero y de que es necesario invertir con seriedad en la vida eterna desde ahora. Los difuntos nos enseñan a recordar que todo pasa y que solo Dios permanece. Las lecturas de este día nos ofrecen sólidas razones para afianzarnos en la esperanza ante el misterio de la muerte.
El libro de las Lamentaciones nos muestra la experiencia de un corazón desgarrado: siente que le han arrebatado la paz, sin fuerzas ni esperanza, sumido en la amargura y el abatimiento. Sin embargo, en medio de esa oscuridad, se enciende una luz en su memoria: recuerda que la misericordia del Señor es eterna. El afligido aparta la mirada de su propio dolor y la dirige hacia el Señor, repitiéndose a sí mismo: “Es bueno esperar en silencio la salvación del Señor”.
Cuando el alma parte de este mundo, se abren tres posibles destinos: el cielo, donde habitan los santos; el purgatorio, donde se completa la purificación; y el infierno, lugar de muerte eterna. Nosotros no sabemos a cuál de estos destinos llegan nuestros difuntos, pues ello se decide en el encuentro definitivo con el Señor. En ese instante, en que todo queda desarmado, la conciencia humana se ilumina y descubre en sí misma la pureza o la mancha con la que ha llegado. Esa verdad interior determina si entra de inmediato en la casa del Padre o si requiere una preparación previa. Puede suceder que la misma persona, al contemplar con sinceridad su estado y lo que fue su vida, reconozca ya hacia dónde debe dirigirse.
El purgatorio es expresión del amor de Dios por nosotros. Existe porque Dios es misericordioso y no nos descarta, sino que nos concede la gracia de purificarnos interiormente, de limpiar el corazón. Por eso proclama el salmo: “Desde lo hondo a ti grito, Señor”; el creyente sabe que del Señor viene la redención copiosa. Con todo, la persona sabia toma a Dios en serio en esta vida, para no demorar su encuentro definitivo con Él.
Para entrar en la morada que Jesús ha preparado con tanto esmero y dedicación, es necesario llegar purificados y revestidos con dignidad. No se puede participar en la fiesta de la presencia del Señor sin las debidas disposiciones. En este sentido, por la fe, todos los creyentes estamos llamados a ayudar a los difuntos, para que avancen en su purificación y adquieran el traje adecuado para entrar, si aún tienen impedimentos. Nuestros difuntos nos necesitan: mientras uno se queda en el lamento, sin mirar más allá, no colabora con lo que el ser querido más requiere en ese tiempo de purificación de sus culpas y pecados.
Ese ser querido que ha partido sin reconciliación necesita de nuestra oración, penitencias, obras de caridad, sacrificios, el rezo del santo Rosario y, sobre todo, las intenciones eucarísticas para la liberación de su alma. No se trata únicamente de ofrecer una intención y no participar de la celebración de la Eucaristía; para que esta obra tenga verdadero valor, es necesario vivirla plenamente. Es también una obra de misericordia rezar por las almas del purgatorio que no tienen quién las recuerde y que, hambrientas de auxilio, esperan que alguien les envíe esas gotas de rocío que alivien su ardor en el lugar donde se encuentran. Asimismo, constituye una obra de caridad espiritual visitar a los difuntos en el cementerio. ¡Cuánto bien hace esta visita para sanar la vanidad del corazón!
Si oras por un alma que ya vive entre los santos, esas oraciones regresan a tu propia vida en forma de bendición. Los santos, desde el cielo, interceden con amor para que todos podamos perseverar hasta el fin en la fidelidad y la obediencia a nuestro Señor. Ellos, que ya han recibido la corona, desean también que nosotros la alcancemos. Por eso, como Iglesia, hablamos de la comunión de los santos. En el camino de unión con Dios no estamos solos: ellos nos acompañan y nos sostienen.
El Evangelio de este domingo nos presenta la compasión de Jesús al encontrarse con una viuda que llevaba a enterrar a su único hijo. En nuestra sociedad también hay rostros concretos de muchos jóvenes que parecen casos perdidos, a quienes se les da por muertos porque se ha extinguido en ellos la esperanza. Pero también a ellos el Señor, que es la esperanza que no defrauda, les dirige su palabra poderosa: “¡Muchacho, a ti te digo, levántate!”.
Preguntas que llevan al silencio: ¿La vida que llevas te permitirá atravesar las puertas del cielo? ¿Estás enviando ya los “materiales” para que preparen tu morada? ¿Te has reconciliado con la muerte? ¿Vives como si nunca fueras a partir de este mundo? ¿Necesitas morir a algo antes de morir? ¿Qué es más triste: la muerte o no saber vivir? ¿Por qué los santos no tuvieron miedo a la muerte? ¿Estás preparando el equipaje para la partida? ¿Estás desatando los nudos que aún quedan por soltar? ¿Qué obra de misericordia realizarás hoy, de manera especial, por los fieles difuntos?
Dales Señor el descanso eterno.
Brille para ellos la luz perpetua.
Fieles difuntos, descansen en paz.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.
Contenido publicado originalmente en los canales de las Parroquia De Los Santos Ángeles Custodios, PSAC, por la Pastoral Digital, bajo en link: http://www.parroquiaangelescustodios.org – Puede copiar esta información en su Blog citando siempre la la referencia a esta fuente consultada. Para compartir en sus redes sociales, utilice los botones compartir. Conozca términos legales – Pastoral Digital PSAC

