MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 3/11/25

Hoy, lunes de la 31ª semana del Tiempo Ordinario, la Iglesia celebra la memoria de san Martín de Porres. Nació en Lima, Perú, en 1579, hijo del español Juan de Porres y de Ana Velázquez, una esclava liberada originaria de Panamá. En aquella época, un matrimonio entre personas de tan distintos orígenes sociales resultaba impensable. Por ello, Martín fue considerado hijo ilegítimo, aun cuando su padre lo reconociera. Como mestizo, debió esperar un tiempo antes de poder acceder a ciertos derechos.

Sintiendo en lo profundo el llamado a la consagración, Martín apenas logró ingresar a la Orden de Predicadores, los padres dominicos, en calidad de “donado”; es decir, no para recibir la ordenación sacerdotal, sino para dedicarse a las labores humildes del convento a cambio de techo y sustento. Con el tiempo, pasaría a ser admitido como hermano. Mas los designios de Dios son siempre maravillosos; poco a poco, los frailes y cuantos lo rodeaban fueron descubriendo que en medio de ellos habitaba un verdadero santo.

Desde su adolescencia, la madre de Martín lo inscribió para aprender el oficio de barbero-cirujano. En aquella formación adquirió valiosos conocimientos medicinales. Esta base, unida a la gracia que el Señor derramó abundantemente sobre su vida, hizo que, en su profundo amor y caridad, Martín estableciera una relación sólida y cercana con las personas. “Él que sabía curar, y la gente que deseaba curarse”, lo reconocían como un verdadero regalo del cielo, más allá de su color o apariencia. Ante el don de sanar con sus manos, valiéndose de medicinas naturales, solía repetir a los agradecidos: “Yo te curo, Dios te salva”. Muy pronto comenzaron a buscarlo no solo por sus curaciones, sino también por sus sabios consejos: desde el virrey hasta los humildes zapateros. Martín era amigo de todos y llegó a ser considerado un signo de unidad social en medio de una época marcada por divisiones.

Entre las múltiples tareas de Martín se encontraban atender a los enfermos que acudían al convento, barrer los claustros y realizar obras de caridad. Por estas humildes labores se ganó el apodo de “Fray Escoba”. Se cuenta de una canasta de alimentos que, misteriosamente, nunca se vaciaba, y de limosnas que parecían multiplicarse en sus manos. Más tarde fundaría un orfanato para acoger a los niños abandonados. Su caridad, sin límites, alcanzaba también a los animales: Un día, fueron testigos de cómo daba de comer en un mismo plato a un perro, un gato y un ratón, signo vivo de la paz y la armonía que irradiaba su espíritu.

En cierta ocasión, ante una crisis económica en el convento, Martín se ofreció al superior para venderse como esclavo. Al provincial se le llenaron los ojos de lágrimas y, conmovido, prefirió confiar en la providencia. Se cuenta que un provincial había prohibido estrictamente que se introdujeran personas en las celdas. Sin embargo, Martín recogió a un hombre apuñalado que había caído a las puertas del convento y lo llevó dentro para curarlo. Reprendido con dureza, Martín respondió con humildad preparando un sabroso guiso para su corrector. Entonces, aquel le aclaró que no estaba enojado con él, sino con el pecado de la desobediencia. Martín, sereno, replicó: “No he pecado. Contra la caridad no hay precepto, ni siquiera el de la obediencia”.

La vida de Martín se sostenía en una profunda devoción eucarística. A esta espiritualidad cristocéntrica se unieron dones extraordinarios que recibió, como la bilocación y el vuelo aéreo, transformados en signos de gracia por su sincero y desbordante amor al prójimo. Aunque no poseía llaves del convento, salía a curar a los enfermos, y cuando le preguntaban cómo lograba tales cosas, respondía con sencillez: “Yo tengo mis modos”. Su hermana de sangre, al verlo con un hábito gastado, le llevó uno nuevo; pero él replicó: “En religión no desdicen paños pobres y remendados, sino costumbres asquerosas y sucias”. Fue contemporáneo y amigo de dos grandes santos dominicos: san Juan Macías y santa Rosa de Lima.

Martín entregó su alma al Señor el 3 de noviembre de 1639, no sin antes besar con devoción el crucifijo. Fue canonizado por el papa san Juan XXIII en 1962 y es venerado como patrono de las instituciones sociales del Perú.

La primera lectura, tomada de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos, nos recuerda que, así como Martín siguió dócilmente las inspiraciones del Espíritu y alcanzó la santidad, también los dones y la llamada con que el Señor nos premia y nos espera son irrevocables. El Señor no cambia de parecer. Su palabra es firme y su compromiso eterno. Si Él no cambia, ¿qué ganaríamos nosotros respondiéndole con una palabra distinta al “sí” que merece?

El Salmo 68 nos recuerda que el Señor es la esperanza de los humildes. Los sencillos encuentran su alegría en Él, porque el Señor es la esperanza que jamás defrauda. Con razón el Evangelio nos abre la escuela de la santa pobreza: nos enseña a ofrecer lo mejor de nosotros a quienes no pueden retribuir nuestra entrega. Así aprendemos a obrar todo por Dios, y no en espera de recompensas humanas.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Le quieres pedir la escoba prestada a san Martín? ¿Qué barrerías de tu corazón con esta escoba? ¿Te gustaría hacer amistades espirituales que te unan más a Dios? ¿Cómo está tu caridad con Dios, contigo mismo, con las demás personas y con la naturaleza?

Hagamos oración con algunas frases de san Martín de Porres: “Siempre considera a los demás como más santos y más dignos que tú; al mismo tiempo, esfuérzate en ser tan santo como puedas ser”. “Lo que hace el hombre por el bien del hombre, vive eternamente”. «Seamos grandes y hagamos cosas importantes ante los ojos de Dios y no ante los hombres”. “Cuando el espíritu viaja no hay distancia”. San Martín de la Caridad, ruega por nosotros.

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.

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Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

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