MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 4/11/25
(Rom 12,5-16ª; Sal 130; Lc 14,15-24)
XXXI Martes del Tiempo Ordinario.
SAN CARLOS BORROMEO
Hoy, martes de la 31ª semana del Tiempo Ordinario, la Iglesia celebra la memoria obligatoria de san Carlos Borromeo, obispo (1538-1584). Fue nombrado cardenal en 1560 por su tío, el papa Pío IV. Su gran legado fue la fidelidad a Cristo y a la Iglesia en un tiempo de reforma, como lo fue el siglo XVI. Con su vida mostró que la verdadera renovación nace de una profunda conversión del corazón y de una nueva manera de situarse en la existencia desde la sencillez del Evangelio. Porque el testimonio convence, pudo así impulsar y proponer reformas serias, tanto en el interior de la Iglesia como en sus dimensiones pastorales.
Carlos comprendió que, aunque como seres humanos llevamos en nosotros limitaciones y fragilidades, el Señor nos ha colmado de gracias y mediaciones para no detenernos con excusas en el camino espiritual. En uno de sus sermones, recogido en la Liturgia de las Horas, exhorta con palabras que iluminan también nuestra vida: “Si ya arde en ti el fuego del amor divino, por pequeño que este sea, no lo saques fuera enseguida, no lo expongas al viento, mantén el fogón protegido para que no se enfríe y pierda el calor; esto es, apartar cuanto puedas las distracciones, conserva el recogimiento, evita las conversaciones inútiles”. De enseñanzas como esta brota la fuerza de un auténtico reformador. Los cambios que permanecen en la historia no son fruto de estrategias humanas, sino de la acción del Espíritu Santo, que se manifiesta en una vida creíble, sencilla y convincente.
Las lecturas de este día también nos invitan a emprender una reforma profunda en nuestro interior. El Evangelio nos presenta la parábola de un hombre que preparó un gran banquete y esperaba a muchos invitados. Todo había sido dispuesto con anticipación y esmero; cuando todo estuvo listo, envió a su criado a llamar a los convidados. Sin embargo, la sorpresa del anfitrión fue grande al recibir la respuesta; los invitados estaban ocupados en otros asuntos, distraídos por intereses personales, desorientados, y lo último que tenían presente era que había llegado la hora señalada.
Dejemos resonar en nuestro interior la voz del criado: “Vengan, que ya está preparado”. Sin embargo, quienes escucharon aquel llamado comenzaron a excusarse. Tenían otras prioridades: uno ocupado en la compra de un terreno, otro en sus negocios de animales, y otro distraído en su reciente matrimonio. Así respondieron los invitados de la parábola. Consideremos hoy, con sinceridad, si nuestra respuesta alegraría o entristecería al Dueño del gran banquete, que nos espera con todo dispuesto para compartir su mesa.
Lo cierto es que, en la parábola, el que invita no quiere dejar el banquete intacto sobre la mesa. Esa abundancia preparada con tanto esmero debe ser compartida y acogida por quienes sepan valorarla. Por eso envía de nuevo al criado, ahora con premura, porque todo está dispuesto, para que recorra caminos y plazas en busca de los pobres, de aquellos que no tienen ataduras que les impiden acoger tan alta invitación.
El relato concluye con un aviso solemne; el banquete ya ha comenzado a llenarse, los invitados están llegando, pero aún queda espacio. Todavía hay lugar en la mesa del Señor, todavía resuena la llamada, todavía se abre la puerta para quienes deseen entrar y participar de la alegría del Reino.
Tú y yo reconocemos hoy a esos criados y criadas que, en medio de esta sociedad, corren incansablemente anunciando: “Vengan, que ya está preparado”. Son voces que no se apagan, testigos que mantienen viva la invitación del Señor. El relato, sin embargo, deja un serio escarmiento: quienes desprecian la oportunidad, quienes se dejan atrapar por excusas y distracciones, un día descubrirán con dolor el error cometido. Entonces será tarde, y no podrán gustar del banquete que habían rechazado. La parábola nos urge a no dejar pasar la hora de la gracia. El banquete está servido, la mesa está abierta, y todavía hay lugar. Hoy es el tiempo de responder con prontitud y alegría al llamado del Dueño de la fiesta.
La primera lectura de san Pablo a los Romanos nos conduce a contemplar el misterio de la unidad en la diversidad. Aunque los invitados e invitadas seamos muchos, distintos en dones y carismas, todos formamos un solo cuerpo, llamado a nutrirse de un único banquete.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Qué te parece esa reforma que nace del corazón? ¿Qué te suscita la lectura orante del Evangelio? ¿Qué consideras que debe ser reformado en ti a la luz del Evangelio? ¿Has vivido la experiencia de cómo tu vida ilumina otras vidas? ¿Alguien ha iluminado tu conciencia para cambiar para bien? ¿Cómo reaccionamos hoy ante esa misma invitación del Señor que sigue viva? ¿Nos dejamos absorber por intereses pasajeros, o reconocemos que ha llegado la hora cierta? ¿Hemos puesto excusas al llamado? ¿Dejarás al Señor esperando por ti? ¿A ti te han dejado esperando? ¿Cómo te has sentido? ¿Te gustaría escribir un párrafo sobre los sentimientos de Dios cuando dejas el sitio vacío? ¿Quién se sentará, entonces, en el sitio que estaba reservado para ti? ¿Tú te consideras criado, criada, que vas por los caminos? ¿O te identificas con esos pobres, que están siendo invitados? ¿Dónde te reflejas en esta historia?
Señor, como el salmista, guarda mi alma en la paz junto a ti, que mi corazón no se deje arrastrar por la ambición ni las cosas materiales acaparen mi tiempo ni mi atención; concédeme dar a cada cosa su justo lugar y reservar para ti mi centro, mi alma, mi interior, para que no tengas que llamar dos veces. Prefiero ser, y así lo siento, como ese criado que va y viene en busca de tus comensales; haz que buscarlos sea, Señor, mi oficio y mi deleite, porque tus palabras son mi sustento y tu voluntad el terreno firme donde me afirmo. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad. Santos y santas de Dios, intercedan por nosotros.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.
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