MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 6/11/25

Hoy, jueves de la 31ª semana del Tiempo Ordinario, el Evangelio nos habla sobre el valor de la conversión. Comienza resaltando un gesto muy hermoso: “Solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores para escucharle”. Este detalle es significativo. Surge entonces la pregunta: ¿por qué se acercaba a Él tanta gente que, en aquel contexto, era públicamente reconocida como pecadora? Algo descubrían en Jesús que no los dejaba indiferentes ni distantes. Su sola presencia los atraía. No se sentían juzgados, rechazados ni descartados. Para el Señor, los pecadores no eran casos perdidos.

El acercamiento de publicanos y pecadores a Jesús causaba escándalo entre fariseos y escribas. Ellos murmuraban: “Ese acoge a los pecadores y come con ellos”. Ni siquiera pronunciaban su nombre; lo identificaban simplemente como “ese”. “Ese” que no descarta, que no se distancia, que no se separa. Sin darse cuenta, estaban resaltando uno de los rasgos más distintivos del seno trinitario: la misericordia. Ante tales murmuraciones, el Señor, con sencillez, les narra dos parábolas relacionadas entre sí y con un mismo mensaje. Con ellas espera que fariseos y escribas se acerquen, aunque sea un poco, a los criterios de Dios.

La primera parábola presenta el caso de alguien que tiene cien ovejas y pierde una. Solo por esa oveja, el buen pastor es capaz de dejar las noventa y nueve en el campo y salir en busca de la descarriada hasta encontrarla. Este ejemplo evoca el interés del Señor por un solo corazón, por una sola alma. Cada persona es única, importante, irrepetible e insustituible. Cada uno tiene un valor privilegiado a los ojos de Dios. Lo que se nos revela es impresionante. Tú y yo somos esa oveja de gran valor.

Es la misma situación que ocurre con la mujer que tiene diez monedas y pierde una. No son las que están seguras las que preocupan, sino la extraviada. Tanto el pastor como la mujer, que representan el amor divino, son quienes toman la iniciativa de salir a buscar. Ella enciende una lámpara, barre toda la casa y la busca con cuidado hasta encontrarla. Es duro cuando alguien sabe que sus familiares o verdaderos amigos lo están buscando y, sin embargo, no se deja encontrar. Pero llega un día en que aparece la luz; la luz de la oración, la luz de la misericordia. Ese es el día en que la persona extraviada descubre que lejos de casa no hay vida verdadera, sino agonía.

Es hermoso y necesario dejarse encontrar por el Señor cada vez que uno se distrae, se aleja o se distancia de su fuego, de sus brazos y de su voluntad. Él siempre está dispuesto a cargar a la oveja sobre sus propios hombros. El Señor no atrae con látigo, castigando o reclamando; atrae pacientemente, amando.

La felicidad del encuentro rompe el anonimato. Así sucede con el pastor que, al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos para que lo feliciten por haber encontrado a su oveja. De igual modo, la mujer muestra la misma disposición inmediata; convoca a sus amigas y vecinas para que también se alegren con ella por haber hallado la moneda perdida.

La parábola revela el corazón del Evangelio. La realidad del cielo, la fiesta de los santos y de las santas cada vez que alguien, antes enceguecido, recibe la luz de la verdad y vuelve a casa. Es la felicidad del verdadero arrepentimiento, un corazón más que atraviesa las puertas del cielo. Estas parábolas manifiestan la dignidad incalculable de cada persona. Y este mensaje resuena hoy en un contexto donde, a veces, puede surgir el desánimo si la convocatoria no ha sido masiva. Sin embargo, basta con que una sola persona acoja el mensaje para que ya comience la fiesta celestial.

La primera lectura del apóstol Pablo a los Romanos nos sitúa en las convicciones profundas de una persona que ha experimentado la conversión. “Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor…”. En Cristo comienza una vida nueva, con criterios renovados y una visión distinta. Una vez encontrado el camino verdadero, ya no tiene sentido volver a extraviarse.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Por qué Jesús no dudó en reunirse con pecadores? ¿Sabías que Jesús, con clara identidad, visión y misión, atraía a todos hacia Él? ¿Por qué los pecadores no tuvieron miedo ni timidez para acercarse a Jesús? ¿Por qué, en la parábola, tanto el pastor como la mujer son quienes toman la iniciativa de buscar la oveja y la moneda? ¿Y tú, sales al encuentro de quien está extraviado? ¿Has tenido la experiencia de perderte? ¿Ha sido fácil o difícil el reencuentro contigo mismo? ¿La gente confía en acercarse a ti? ¿Tienes una mirada compasiva hacia quienes han cometido faltas públicas? ¿En qué te ayuda reconocer tus propias miserias y flaquezas? ¿Sabes lo que es un arrepentimiento profundo? ¿Has vivido la experiencia de ser cargado en los brazos de Jesús? ¿Has celebrado con alegría plena la conversión de otra persona? ¿Sabías que la alegría por la conversión de los demás es un signo de santidad?

Señor: como proclama el salmista, espero gozar de tu dicha en la tierra de los vivientes. Por eso, anhelo que seas tú mi defensa, para que nada ni nadie me haga temblar. Busco tu rostro, Señor, y deseo habitar en tu casa. Que este santo anhelo me llene de prontitud y entrega para salir en busca de otras “ovejas” y de otras “monedas” que también son tuyas. Concédeme perseverar en esta misión y celebrar, en comunión con los santos, la alegría de cada encuentro contigo.

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.

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Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

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