MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 8/11/25
(Rom 15,14-21; Sal 97; Lc 16,1-8)
XXXI Vierne del Tiempo Ordinario.
ADMINISTRAR LOS BIENES DE DIOS
Hoy, viernes de la 31ª semana del Tiempo Ordinario, el Evangelio nos enseña a situarnos ante los bienes materiales, de modo que estos no se conviertan en causa de perdición, sino en ocasión de salvación. En no pocas ocasiones la Sagrada Escritura aborda con firmeza el tema del dinero, pues este puede llevar a la persona a divinizarlo, a caer en idolatría, en avaricia, y finalmente extraviarse del camino verdadero. El pasaje del administrador sagaz, objeto de diversos y valiosos comentarios, hoy lo contemplaremos desde la perspectiva de la administración, pero aplicada a los bienes de Dios. Realizaremos una relectura espiritual.
Dice el pasaje: “Un hombre rico tenía un administrador”. Ese hombre rico hace referencia a Dios. Los administradores somos tú y yo. Se nos han confiado los dones, los talentos, los espacios formales. Estamos insertos en una comunidad cristiana concreta, no como propietarios, como dueños o dueñas, sino como servidores del Señor. En su aparente ausencia, Él está al tanto de todo. Le llegan las noticias auténticas, verdaderas. Por eso, el hombre rico interpela: “¿Qué es eso que me cuentan de ti?”. El Señor es celoso de sus cosas, de su obra, de su Reino. Por ello pide cuentas, busca realizar una revisión. Quien parecía tenerlo todo bajo control, queda despedido.
El texto nos anticipa una mirada hacia el futuro. Nos coloca ante el tribunal que nos interrogará sobre nuestra gestión pastoral. La pérdida del puesto es consecuencia de quien no previó, no advirtió, no consideró que todas las acciones presentes tienen repercusión en el porvenir. Es doloroso cuando, por insensatez, todo se desvanece en un instante. Se quisiera retroceder el tiempo, pero es imposible. La ceguera en el derroche de bienes ajenos anuló la prudencia. El administrador, el servidor, se cuestiona: “¿Qué voy a hacer ahora?”.
La pregunta “¿Qué voy a hacer ahora?” brota de la inquietud por el futuro. Siempre había mandado; ahora, mendigar le resta prestigio. Descender de golpe, después de haber estado en lo alto, no es sencillo. No se hace por humildad, sino por obligación. Surge entonces el ingenio de una mente sagaz. En el pasaje, el administrador modifica los recibos, reduciendo los intereses, con el fin de ganar amigos que lo reciban cuando quede en la calle. También, en las cosas de Dios, existe la tentación de granjearse amistades utilizando lo sagrado y lo espiritual para provecho propio, con intención torcida. Sin embargo, esto queda desenmascarado al comprender que la pasión por Cristo no puede fingirse ni ocultarse, pues fácilmente se cae en contradicción; y Dios no se contradice.
El Señor, en la parábola, felicita al administrador astuto. No como modelo de insensatez para nosotros, sino por el ingenio con que actúa ante una situación tan compleja. Recordemos el pasaje que dice: “Sean astutos como las serpientes y sencillos como las palomas” (Mt 10,16). De igual manera, el Señor nos exhorta a ser “astutos según el Evangelio” (Papa Francisco). Si algo se puede aprender del administrador de la parábola, es su preocupación por el futuro. Sin embargo, nosotros, desde la fe, no hemos de inquietarnos por un futuro material, sino por el futuro de la eternidad.
La entrega generosa de la vida a los más necesitados, las obras de caridad, la conversión constante, la vida en gracia, son las riquezas que hemos de administrar ahora, para que el Amigo Dios, un día, nos reciba gozoso en su casa. El Evangelio lo afirma con claridad: “No pueden servir a Dios y al dinero”. Y es que reclaman cosas distintas. Lo más doloroso y triste de todo esto es cuando se utiliza el Nombre de Dios para obtener dinero, perdiéndose el verdadero fin de la evangelización, que es la salvación integral del ser humano.
En la primera lectura, de san Pablo a los Romanos, se nos ofrece el ejemplo del apóstol que santamente administra los bienes de Cristo. Nos exhorta a los cristianos de todos los tiempos a aconsejarnos mutuamente, con el fin de llevar a buen puerto la obra encomendada. Pablo es modelo de quien trabaja para el Señor con integridad y radicalidad; su actitud ante el servicio a Cristo no lo acompleja, por el contrario, experimenta santo orgullo de su labor, consciente de que todo lo debe a Cristo.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Qué le podrían contar al Señor de ti? Si te pidieran un balance en este momento, ¿qué sucedería? ¿Serías despedido? ¿Se te confiaría mayor responsabilidad por haber sido fiel en lo poco? ¿Qué amistades deseas cultivar? ¿Por qué anhelas establecer esas amistades? ¿Estás teniendo visión de futuro en tu vida, en tu gestión? ¿Sabías que cuando realizas obras de caridad, pero el corazón no está convertido, esas obras no alcanzan la perfección? ¿Sabes que las obras de caridad son necesarias, pero cuando se realizan en estado de gracia poseen mayor mérito ante Dios?
Señor: ilumina mis ojos y concédeme sabiduría para administrar tus bienes. No permitas que me sitúe en este mundo con espíritu egoísta o acaparador. Que los tesoros que has depositado en mi corazón, y los recursos que en tu providencia me has confiado, sean administrados con fidelidad para tu honra y tu gloria. Tú eres, Señor, nuestra verdadera riqueza..
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.
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