MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 9/11/25

Este XXXII Domingo del Tiempo Ordinario, la Iglesia celebra la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán. ¿Cuál es su origen y relevancia? Fue construida en Roma en tiempos del emperador Constantino, después de su conversión a la fe cristiana. La Basílica fue consagrada en el año 324 por el papa Silvestre I. En un primer momento estuvo dedicada al Santísimo Salvador; posteriormente quedó bajo la advocación de dos santos: San Juan Bautista y San Juan Evangelista.

La Basílica de Letrán es considerada la madre y la cabeza de todas las Iglesias del mundo, signo de amor y unidad con la cátedra de Pedro. Al ser la catedral del obispo de Roma, expresa la comunión con todas las catedrales existentes y, a su vez, con todas las diócesis, parroquias y comunidades cristianas, grandes y pequeñas. El nombre “Letrán” proviene de sus orígenes, cuando se trataba de un palacio donado a la Iglesia por la familia Laterani.

El conjunto de las lecturas de este domingo está en sintonía con este acontecimiento. El profeta Ezequiel nos presenta la visión de un agua que brota del templo. La imagen del agua evoca la creación, la vida y la fertilidad. En su sentido espiritual, esta escena nos recuerda que la vida es posible porque en el santuario habita la presencia de Dios. La presencia del Señor se convierte en manantial de vida y esperanza para todos. El agua, además, nos remite al Bautismo, por el cual pasamos a formar parte de la familia de Dios y nos convertimos en templo del Espíritu Santo.

En el Evangelio, Jesús nos revela que Él mismo es el nuevo templo. Así como entró en el santuario de Jerusalén, también hoy desea que nosotros entremos en Él y que Él habite en nosotros. Nos enseña que el verdadero templo se encuentra en lo profundo del corazón, donde acontece el encuentro personal e íntimo entre dos voluntades que se unifican y se consolidan, gracias a la conversión que se realiza y a la salvación que se nos concede.

Jesús, en el texto bíblico, entró en el templo para orar. Quiso dar gloria a Dios, en medio de su pueblo, y regocijarse por tantas maravillas que el Padre había realizado. Llegó con esperanza, ¿y qué encontró? ¿Con qué se había llenado aquel lugar?

En el pasaje, el Señor experimentó una sorpresa dolorosa al no encontrar en el santuario un lugar propicio para orar, instruir, acoger a los más pobres y dar gloria al Padre. Por el contrario, se topó con las piedras de muchos intereses económicos. El espacio sagrado se había convertido en un “mostrador”. Entonces brotó su santa ira, porque el celo por la casa del Padre lo consumía. El Señor también siente santos celos por nosotros, pues en cada uno reposa la imagen y semejanza de Dios.

El Señor llegó al santuario de Jerusalén con la fuerza necesaria, con el látigo de la misericordia y de la justicia. Ese látigo es su Palabra, es su autoridad; con él esparció las monedas que tenían empuñadas y liberó las palomas, signo de paz y de amor. No permitió que se mezclaran las cosas sagradas con intereses ajenos. El “látigo” pedagógico del Señor devolvió al templo su carácter sagrado.

Cuando le permitimos entrar en nuestro santuario y lo acogemos, el Señor reconstruye nuestro interior para que no penetren cosas extrañas, ajenas al plan de Dios. Aquello que pudiera parecer una locura es, en realidad, un nuevo comienzo.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Cómo está construido tu santuario interior? ¿Hay algún cimiento intentando ocupar el lugar de Cristo? ¿Tú crees que estás bien edificado ya, o hay algunos cimientos fuera de lugar? ¿Cómo reacciona Jesús cuando entra en tu santuario? ¿Se siente a gusto? ¿Quiere quedarse? ¿Cómo le has preparado tu corazón? ¿El Señor tiene que decirte: “Quita esto de aquí”? ¿Hay alguna cosa que necesitas echar fuera? ¿Cómo te educa el látigo de la Palabra? ¿Confías y te dispones para que el Señor te reconstruya de nuevo? ¿Has bajado hasta tu manantial interior? ¿Has bebido del agua de tu propio manantial? ¿De dónde brota el agua de vida que te sustenta? ¿La presencia del Espíritu Santo en ti ha sido fecunda? ¿Por la presencia de Dios, las demás personas se nutren compartiendo contigo? ¿Cómo está la caridad en tu interior? ¿Cómo reconoces y acoges a los demás hermanos y hermanas, que también son templo vivo del Espíritu?

Señor, que este domingo acojamos el consejo de Pablo cuando dice: “Mire cada uno cómo construye”. Concédenos el deseo de ser despojados de todo cimiento que en nosotros esté fuera de lugar. Purifica nuestro santuario, Señor, con el agua de tu Espíritu; que ella, como cauce, se deslice por todos los rincones de nuestra existencia, de nuestra familia y de nuestra comunidad. Que el agua de tu gracia sane todas nuestras dolencias. No queremos mercados en nuestros corazones; en cambio, anhelamos un huerto florecido, con frutos abundantes, donde todos los necesitados encuentren sustento. Gracias, Señor, porque el látigo de tu Palabra duele, pero es un dolor de esperanza, un dolor que sana y nos hace nacer de nuevo..

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.

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Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

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