MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 12/11/25

Hoy, miércoles de la XXXII semana del Tiempo Ordinario, la Iglesia celebra la memoria obligatoria de san Josafat, obispo y mártir. Nació en Lituania -actual Ucrania- en 1580, de padres ortodoxos. Se convirtió a la fe católica e ingresó en la Orden de san Basilio. Fue ordenado sacerdote y, posteriormente, elegido arzobispo de Pólotsk.

En el contexto de san Josafat, la comunidad cristiana católica de Oriente se hallaba separada de los cristianos de Roma desde el cisma del año 1054. Al respecto escribió el papa Pío XI: “Josafat comenzó a dedicarse a la restauración de la unidad de la Iglesia, con tanta fuerza y tanta suavidad a la vez, y con tantos frutos, que sus mismos adversarios lo llamaban: ladrón de almas”.

El centro de la oposición, donde la postura de los ortodoxos se mostraba más rústica, era en Vítebsk. Allí se negaban a la unidad, defendiendo su autonomía, pues consideraban amenazadas tanto sus tradiciones como su control social. Precisamente en ese lugar quiso predicar san Josafat. Su propósito era fortalecer la fe y acompañar a los creyentes de aquella región.

Para emprender el viaje, rechazó la escolta militar y declaró: “Si me consideran tan digno como para merecer el martirio, entonces no tengo miedo a morir”. Su corazón presentía que estaba próximo a entregar la vida por la sagrada unión y por la supremacía de san Pedro y del Romano Pontífice.

Cuando llegaron a su procura, san Josafat dijo a sus contrarios: “Hijos míos, ¿qué están haciendo a mis acompañantes? Si tienen algo contra mí, aquí estoy; pero déjenlos en paz”. Ellos respondieron: “¡Maten al papista!”. Fue golpeado y atravesado por una bala. Recibió así la corona del martirio en el año 1623. Su cuerpo permaneció incorrupto cinco años después de su muerte. Fue canonizado en 1867. La Iglesia lo ha venerado como “apóstol de la unidad de la Iglesia”. Es patrono del retorno a la unidad entre cristianos ortodoxos y católicos, y el primer santo de la Iglesia católica de Oriente que pasó por un proceso formal de canonización.

La primera lectura del libro de la Sabiduría, proclamada en este día, ofrece serios y valiosos consejos a los gobernantes de toda la tierra. Les recuerda, como lo tuvieron presente los santos, que todo poder proviene de Dios. El Señor concede a las personas la facultad de gobernar para que aseguren el derecho y la justicia. Por eso, de manera especial, advierte la comunidad sapiencial que el Señor examina cuidadosamente todas sus obras y escruta sus verdaderas intenciones.

Cuando quien gobierna vive una fe comprometida, asume ser ministro del Reino de Dios. Esto implica gobernar con rectitud y guardar su voluntad en todo. Por eso, a quien mucho se le dio, mucho se le exigirá. Esta verdad se pone ante los gobernantes para que aprendan a ser sabios y a obrar con juicio. Cuanto más renuncien al mundo del pecado, más luz recibirán para abrazar un gobierno sapiencial. Atendamos al valioso premio prometido a quien hace vida la Palabra del Señor: “Los que observan santamente su santa voluntad serán declarados santos”.

El evangelio del día nos presenta como ejemplo a un samaritano. Él, enfermo de lepra junto con otros nueve, se acercó a Jesús pidiendo compasión. Los diez suplicaron y los diez quedaron limpios. Sin embargo, no fueron diez los que regresaron a agradecer la salud, sino uno: el extranjero, el samaritano. Esta actitud nos recuerda al santo del día, san Josafat. Un católico en la Iglesia de Oriente, que entregó su vida como mártir por la unidad de la Iglesia. La gracia que Dios derrama en el corazón de las personas no conoce fronteras. Muchos, aun desde lejos, reciben la dicha de contemplar los tesoros del cielo y se abren a ellos para abrazar la santidad y luchar por el Reino prometido.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Sabías que la unidad en el amor es una señal de la presencia divina? ¿Fomentas la unidad en tu propia vida, en tu familia, en la comunidad, en la sociedad? ¿Qué rasgos se evidencian en alguien que promueve la división? ¿Qué motivos tendría Jesús para poner a un samaritano como ejemplo en un contexto judío, donde estaban divididos con los samaritanos? ¿Por qué los prejuicios alimentan la división? ¿Por qué un principio de comunión asegura que es más grande aquello que nos une que aquello que nos separa? ¿Sabemos agradecer a los demás más allá de nuestras diferencias?

Señor: Te agradezco infinitamente tu eterna compasión. Me da confianza la libertad de acercarme a ti sin miedo al rechazo. Tanta bondad suscita en mí madurez interior y conversión. No quiero defraudarte; necesito aprender de ti. Deseo acoger a los demás sin que me repelen las “lepras” que hayan contraído, del mismo modo en que tú me has acogido a mí. Gracias por enseñarme a darte las gracias, no solo a ti, sino también a todos los que, movidos por el Espíritu Santo, pasan haciendo el bien. Hoy y siempre, Señor Jesús, quiero tener un “gracias” en mi boca y en mi corazón, para no pasar de largo ante las bendiciones recibidas.

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.

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Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

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