MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 17/11/25
(1Mac 1,11-16. 43-45. 57-60. 65-67;Sal 118; Lc 18,35-43)
XXXIII Lunes del Tiempo Ordinario
SANTA ISABEL DE HUNGRÍA: LA PRINCESA SANTA.
Hoy, lunes de la semana XXXIII del Tiempo Ordinario, la Iglesia celebra la memoria obligatoria de santa Isabel de Hungría, la princesa santa. Hija del rey Andrés II de Hungría, nació en el año 1207. Desde su infancia fue formada en los valores y en la dignidad de ser hija adoptiva de Dios. Estos principios la marcaron profundamente, hasta el punto de que, al compartir con sus amiguitas, se despojaba de sus hermosos vestidos para asemejarse a las demás. Con apenas cuatro años, por motivos políticos, fue comprometida en matrimonio con Luis IV de Turingia. Desde entonces la enviaron a aquellas tierras para ser educada junto a su futuro esposo.
La caridad natural que brotaba del corazón de Isabel se fue acrecentando aún más en una tierra más necesitada que la suya. Contrajo matrimonio a los catorce años, mientras su esposo tenía veintiuno. Ella rechazó siempre las vanidades de la corte, y él -con quien tuvo tres hijos- jamás se opuso a su espiritualidad. Ante las continuas críticas que recibía por su desprendimiento en favor de los necesitados, el esposo solía responder con sencillez y firmeza: “Mientras no venda el castillo, estoy contento con ella.” “Sus caridades nos traen bendiciones; no nos faltará nada mientras ella alivie a los pobres.”
Los envidiosos, que nunca faltan, intentaron dividir el matrimonio. Pero Dios jamás permitió que Isabel quedara mal ante su esposo. En una ocasión le tendieron una emboscada, buscando descubrirla mientras sacaba pan para llevarlo a los pobres. El esposo intervino preguntándole qué llevaba. Ella respondió: “Son rosas.” Y, al abrir el manto, aparecieron efectivamente rosas, en pleno invierno, cuando nunca florecían. La misma suegra, celosa de que Isabel había conquistado el corazón de su hijo, quiso acusarla de infiel. Pero el Señor desmentía toda calumnia, haciéndola resplandecer aún más santa y pura ante los ojos de su esposo.
Isabel no dedicaba tiempo a considerar las oposiciones a sus valores; su mente y su corazón estaban consagrados al Señor y entregados a la meditación de las realidades divinas, las trascendentes. Ante tal sensibilidad, un día, contemplando un crucifijo, se dijo a sí misma: “¿Cómo puedo llevar una corona terrenal viendo a mi Rey coronado de espinas?”
Cuando murió su esposo, Isabel tenía apenas veinte años. Entonces comenzó para ella un nuevo calvario: su cuñado la expulsó de la corte junto con sus hijos, temiendo la herencia y cargos en la corona. Con fe y paciencia, y con las posesiones que le correspondieron, fundó un hospital para los enfermos pobres, a quienes servía personalmente con gran esmero. De princesa pasó a ser sierva de los pobres. Adoptó un sencillo hábito gris, y las joyas y vestidos de antaño fueron vendidos para sostener las obras de caridad.
La Liturgia de las Horas de este día recoge un escrito del director espiritual de Isabel, un franciscano que la acompañó en todo su proceso. Él dejó testimonio de cómo esta princesa cuidaba especialmente a los enfermos más graves: les daba de comer, arreglaba sus camas y, a quienes se recuperaban, los ocupaba en trabajos para apartarlos del ocio. Incluso pidió vivir la experiencia de mendigar de puerta en puerta.
Un Viernes Santo, Isabel, con las manos puestas sobre el altar desnudo, renunció tajantemente a su propia voluntad y a todas las pompas y prestigios del mundo. Asumió la puerta estrecha de la que habla el Evangelio. Su austeridad de vida fue tan radical que agotó su salud. Quiso ser sepultada con su pobre túnica. Murió joven, como un pajarillo, en paz, en el año 1231. Fue canonizada por el papa Gregorio IX y hoy es patrona de las viudas, de los pobres y de la Tercera Orden Franciscana, una de las santas más admiradas de la Edad Media.
Una de sus frases: “Siempre tendremos dos ojos para ver a los pobres, dos oídos para escucharlos, una lengua para consolarlos y pedir por ellos, dos manos para ayudarlos y un corazón para amarlos”.
Cómo se nota que santa Isabel meditaba el Evangelio, porque justamente esta es la enseñanza de Jesús en el pasaje de hoy. Yendo de camino a Jericó, se encontró con un ciego sentado al borde del camino. Cuando supo que era Jesús, comenzó a gritar insistentemente y con fuerza, pidiendo que tuviera compasión de él. El Señor le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?”. El no vidente respondió: “Señor, que vea otra vez.” Y así ocurrió el milagro: por su fe recobró la vista y siguió a Jesús, glorificando a Dios.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Qué aprendiste de santa Isabel? ¿El Señor te ha dado luz espiritual para descubrir los diferentes tipos de pobreza? ¿Sabías que siempre hay gente más pobre que tú? ¿Qué estás haciendo por los demás y quién eres tú para ellos? ¿Has encontrado felicidad sirviendo a quienes necesitan de ti? ¿Le has preguntado alguna vez a alguien, como Jesús preguntó al ciego: “¿Qué quieres que haga por ti?”
Oración tomada de la Liturgia de las Horas: “Dios nuestro, que concediste a santa Isabel de Hungría el don de reconocer y venerar a Cristo en los pobres, concédenos, por su intercesión, que sirvamos siempre a los necesitados y afligidos con una incansable caridad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo”. Amén.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.
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