MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 18/11/25

Hoy, martes de la semana XXXIII del Tiempo Ordinario, estamos en los últimos días del Año Litúrgico. Con este trasfondo meditamos el pasaje del encuentro de Jesús con Zaqueo, en un contexto presente marcado por el espíritu de conversión, vigilancia y preparación que debemos cultivar en este tiempo. El texto nos sintoniza con lo que el Señor espera de cada uno de nosotros.

Jesús atravesaba la ciudad de Jericó. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, intentaba verlo. En ese personaje se reflejan todas las personas que buscan sinceramente al Señor. A pesar de sus debilidades, de sus pecados y de las miserias que arrastran, conservan la esperanza, y nada ni nadie las detiene. Son quienes encuentran obstáculos para el encuentro, como Zaqueo, que por su baja estatura tuvo que idear la estrategia de subir a un árbol para poder verlo.

Hay quienes, cómodamente, a diferencia de Zaqueo, se conforman con el simple deseo de encontrarse con el Señor. Pero apenas surge la primera dificultad, sucumben en el intento y no buscan alternativa. Zaqueo, en cambio, no solo fue astuto para sus negocios; también lo fue para un motivo sabio, capaz de dar verdadero sentido y sabor a su vida.

La sorpresa de Zaqueo fue que, precisamente al pasar por aquel lugar, Jesús levantó los ojos y lo vio. Le dijo: “Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa”. Es una expresión que merece ser escrita con caligrafía en el corazón. Cada uno de nosotros, con nuestro propio nombre, podría transcribirla y repetirla en voz baja: “… baja enseguida, porque es Jesús quien desea hospedarse en mi casa”.

Esta casa, a la que Jesús se refiere, es nuestro corazón. En ningún momento el Señor exigió que estuviera limpio; sencillamente pidió que le dejara entrar. Pero el encuentro verdadero con Él exige abandonar las alturas del orgullo, la soberbia, la vanidad y la autosuficiencia. Es necesario descender al valle de la humildad, de la mansedumbre y de la docilidad: condiciones indispensables para que el Señor pueda habitar en nosotros. Zaqueo no se resistió; al contrario, bajó enseguida y lo recibió con alegría.

Nunca faltan los criticones cuando el Señor bendice los corazones desarmados que lo acogen en su casa. Pero qué lección de vida nos deja este pasaje. Ni Jesús ni el mismo Zaqueo se detuvieron ante las murmuraciones. Dentro de su casa, aquel publicano reconocido como pecador se puso en pie. Tener los pies en la tierra le dio la altura necesaria para tomar decisiones sobre su vida. El Señor lo había hecho estar firme, sostenido en la confianza, y le ofrecía la oportunidad de ser una persona nueva. Si el Señor se la concede, ¿por qué habría de negársela él mismo?

Zaqueo tuvo una conversión activa y sincera, reflejada en sus palabras: “Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más”. ¡Dios sea infinitamente bendecido! Ojalá quien lo necesite se motive, a la luz de Zaqueo, a devolver lo que pertenece a otro. No se trata necesariamente de dinero, sino también de restituir al prójimo su derecho, su tiempo, sus palabras, su respeto, su imagen, su confianza, su espacio y su oportunidad. Retribuir todo aquello que injustamente se haya retenido para sí. Ningún esfuerzo será demasiado grande con tal de recibir, tras el desprendimiento, estas palabras de Jesús: “Hoy ha llegado la salvación de esta casa”.

En este final del Año Litúrgico, también el anciano Eleazar, presentado en el segundo libro de los Macabeos, nos ofrece un ejemplo de fidelidad a Dios y de respeto a la cultura religiosa que uno profesa. Prefirió la muerte antes que transgredir las normas establecidas. No aceptó el consejo de los necios que le sugerían fingir que comía carnes prohibidas para salvar su vida. No quiso Eleazar escandalizar a la juventud. Ojalá que siempre estemos dispuestos y dispuestas a pagar el precio santo de la fidelidad al Señor.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Por qué Jesús se encontraba con pecadores sin detenerse ante las murmuraciones? ¿Qué criterios tuvo el Señor para escoger, en medio de la multitud, una casa concreta, la de Zaqueo, y entrar en ella? ¿Por qué la conversión de Zaqueo no se dio a base de reproches, sino de amor? ¿Por qué en las alturas de la soberbia y de las pretensiones no puede haber verdadera conversión? ¿Necesitas tú también bajar para encontrar a Jesús, que te está esperando? ¿Quién podría distraerte de este encuentro con el Señor en tu propia casa? ¿Quieres que el Señor te visite o que permanezca contigo? ¿Tienes algo que devolver a los demás?

Señor, tú que dijiste que has venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido, quiero pedirte, amado Jesús, que yo siempre me deje encontrar por ti. Y contigo, Señor, que aprendamos a buscar con justicia a los demás, a aquellos que permanecen instalados en las ramas, temerosos de descender al valle de la humildad. Derrama tu gracia, Señor, porque necesitamos estar firmes, con los pies en la tierra, sostenidos en ti, pues, como dice el salmista y yo lo confirmo: “El Señor me sostiene”. Aquí estoy, y deseo que te quedes, por siempre, en mi casa.

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.

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Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

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