MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 19/11/25
(2Mac 7,1.20-31; Sal 16; Lc 19,11-28)
XXXIII Miércoles del Tiempo Ordinario
“NEGOCIEN” HASTA QUE VUELVA
Hoy, miércoles de la semana XXXIII del Tiempo Ordinario, permanecemos en el horizonte del fin del Año Litúrgico, que culminará con la Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo el próximo domingo. El Evangelio nos presenta una parábola, inmediatamente después del pasaje de Zaqueo (cf. Lc 19,1-10). La parábola del día narra la historia de un hombre noble que, antes de emprender un viaje con la promesa de regresar, confió sus bienes a sus servidores. El Evangelio nos introduce así, de manera espiritual, en la cercanía del Adviento, tiempo en el que profundizaremos en el misterio de la venida del Señor.
En esta meditación queremos subrayar el mandato que el Señor -figurado en ese hombre noble o rey- dirige a sus siervos: “Negocien hasta que vuelva”. A diez de ellos les entregó diez onzas de oro, equivalentes aproximadamente al salario de tres meses. El número evoca la plenitud de lo que el Señor ofrece. Él puso sus bienes en manos de aquellos en quienes había depositado su confianza.
La parábola no trata, en sentido literal, de valores económicos; aunque sabemos que incluso los recursos materiales han de ser administrados con santidad y justicia. Sin embargo, el énfasis recae, de manera especial, en la responsabilidad personal ante los dones y talentos con los cuales Dios bendice a cada uno y a cada una. Él espera que sean puestos al servicio del Reino, para que puedan crecer, hacer el bien y dar fruto abundante.
Este encargo: “Negocien hasta que vuelva”, nos alcanza también a ti y a mí. Lo ha dejado dispuesto Aquel que resucitó de entre los muertos y subió al cielo, a la derecha del Padre; ese es el “país lejano” al que se refiere el pasaje. El Señor se marcha, pero no se desentiende ni se desvincula. Partió sabiendo en qué circunstancias dejaba a sus colaboradores: en medio de quienes se oponían y eran contrarios a su persona. Era amado por algunos, rechazado por otros; y tampoco faltaron posturas de indiferencia ante su Palabra y su mensaje.
La parábola nos advierte que el Señor regresó. El primero de los empleados se presentó y fue quien reportó la mayor ganancia. Luego el segundo obtuvo una ganancia intermedia. Pero el tercero no presentó nada. Podría uno preguntarse qué sucedió con los otros siete que no aparecen en el relato; sin embargo, el pasaje guarda silencio al respecto. Si el texto no lo menciona, es porque no lo considera necesario. Con estos tres ejemplos tenemos ya lo suficiente para escarmentar y recapacitar.
Llama la atención la manera en que el Señor se dirige a quien ha sido fiel en su ausencia; lo reconoce como “empleado cumplidor”. Él recompensa a quienes han sido fieles en lo pequeño y les confía una administración mayor. Pero que nadie se engañe pensando astutamente: “Administraré bien para que me asciendan en esta tierra”. Nada de eso. La buena administración, la que es valorada y promovida en el pasaje, se refiere a la autoridad espiritual, a la meta futura, a la gloria prometida. Allí los fieles al Señor, que han demostrado su lealtad, serán elevados en pura santidad.
En cambio, al pobre haragán que incurrió en la falta de omisión, devolviendo el don sin estrenar, se le quitará todo. Quedará solo, sin nada, avergonzado y sin esperanza.
La primera lectura, tomada del segundo libro de los Macabeos, nos habla de aquella madre que acompañó a sus siete hijos para morir en gracia. Ella, sosteniéndolos en el martirio, tenía la plena confianza de que los ganaría para el Señor. Les enseñó a entregar la vida por fidelidad a la fe, por amor al Señor. Su corazón estaba firme en la convicción de la vida eterna y se abrazó a la esperanza que nunca defrauda.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Cómo estás administrando mientras el Señor regresa? ¿Eres buen administrador, buena administradora? ¿Lo haces porque amas al Señor y guardas santo temor de Él, o porque deseas ser promovido y demostrar lo bien que trabajas? ¿Dónde inviertes las ganancias que recibes? ¿Será necesario que te quiten de las manos los talentos que se te han confiado? ¿Te consideras fiel en lo pequeño? ¿Qué entiendes tú por minucia? ¿Por qué el Señor valora tanto la fidelidad en las cosas pequeñas?
Señor, como el salmista te digo: “Al despertar me saciaré de tu semblante”. La esperanza de contemplar tu rostro sostiene la firmeza de mis pies en tu gracia y en tu presencia. Confío en tu misericordia, Señor, para no vacilar. Guárdame, amor de mi alma, como a las niñas de tus ojos; escóndeme bajo la sombra de tus alas. Hazme fiel en la minucia que me has confiado. No tengo aspiración de grandes administraciones: el hambre de mi corazón es consolarte con amor y fidelidad, “negociando” tus encargos, a tiempo y a destiempo, hasta que vuelvas.
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.
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