MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 20/11/25

Hoy, jueves de la semana XXXIII del Tiempo Ordinario, permanecemos en el horizonte del fin del Año Litúrgico. En este contexto, el Evangelio nos presenta a Jesús entrando en Jerusalén. Posiblemente, al contemplar la ciudad, Él se encontraba en el Monte de los Olivos, desde donde se alcanza una visión panorámica de todo su conjunto.

Precisamente, en ese momento, al observar Jerusalén, Jesús lloró. Todo indica que fue un llanto sonoro, profundo y conmovedor. Esto recuerda la ocasión en que el Señor también lloró ante la tumba de Lázaro (cf. Jn 11). En aquella circunstancia, su llanto fue compasivo y solidario, compartiendo el duelo con las hermanas Marta y María. El Señor no ocultó sus afectos, su corazón afligido, su humanidad. Sin embargo, tras sus lágrimas se reflejan los destellos de su inmensa misericordia.

En el pasaje del día, cuando Jesús llora, nos revela el origen de su dolor. Le dijo a Jerusalén: “¡Si al menos comprendieras en este día lo que conduce a la paz! Pero no: está escondido a tus ojos”. Es la imagen de una madre que sufre ante un hijo o una hija enceguecidos por la oscuridad y la necedad. El Señor se duele porque ama profundamente. Él es la Luz, la ofreció, y la gente no quiso salir de la oscuridad. Prefirió perderse y extraviarse antes que encontrar y abrazar el camino de la vida y de la salvación.

Las lágrimas del Señor fueron, y siguen siendo, provocadas por el rechazo de las personas. Le dieron la espalda. Se negaron a la conversión. No valoraron la visita de Dios a sus vidas. No escucharon. El llanto de Jesús, en este sentido, no fue signo de debilidad ni de falta de valentía, sino expresión de una compasión profunda, nacida de su amor encarnado en la historia.

El llanto de Jesús también fue provocado, en el pasaje, porque profetizó el destino que le esperaba a Jerusalén. Con esta profecía se da a conocer, además, lo que sucederá a quienes permanecen indiferentes y pasivos ante su persona y su mensaje: “Llegará un día en que tus enemigos te rodearán de trincheras, apretarán el cerco, te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra”. Es decir, el Señor les anunció la destrucción total. Fuera de Él, lo que aguarda es la muerte.

Si tú y yo no levantamos las murallas de nuestra existencia mediante la participación activa en una comunidad cristiana, alimentada por los sacramentos, la vida de oración y el compromiso compasivo con los más necesitados, también llegarán los enemigos: las corrientes invasivas que deterioran la fe y promueven un mundo sin Dios. Las lágrimas de Jesús tuvieron y tienen motivos, y Él mismo los manifiesta.

En la primera lectura, tomada de 1 Macabeos, se nos habla de la resistencia judía contra la opresión extranjera de los griegos. Estos invasores pretendían imponer sus creencias paganas. En este contexto, el personaje destacado del pasaje, el sacerdote Matatías, se convierte en objeto de atención de los contrarios, que buscan hacerlo caer. Si lograban llevarlo a la infidelidad con Dios mediante sobornos, conseguirían que muchas otras personas también abandonaran la fe.

Sin embargo, Matatías, celoso de su confianza en Dios, se mantuvo fiel e inspiró a todo su pueblo a perseverar con firmeza. Su testimonio es una luz, porque hoy, “amar a Dios sobre todas las cosas” consuela el corazón herido de Jesús.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Qué sentimientos provocas en Jesús? ¿Qué sentimientos provocas en la Virgen María? Cuando Jesús detiene su mirada en ti, ¿qué encuentra? ¿Comprendes cuál es el camino que te conduce a la paz del corazón? ¿Sabes distinguir la diferencia entre tranquilidad y paz? ¿Qué te da paz interior? ¿Cómo se refleja que hay paz en tu interior? ¿Eres una persona artesana de paz? ¿Siembras paz por tus caminos? ¿Quién es el autor de la paz? ¿Los tesoros del cielo están evidentes ante tus ojos? ¿Sabes que es el Espíritu Santo quien purifica las pupilas de la fe? ¿Por qué quien vive en el Señor no teme que lo cerquen los contrarios? ¿Sabes identificar la visita del Señor que llega hasta ti?

Señor, como dice el salmista: “Al que sigue el buen camino le haré ver la salvación de Dios”. Yo quiero seguir ese buen camino. Es el que escojo, el que voy recorriendo, con tu gracia, paso a paso. Tu voz me guía con dulzura y firmeza. Es el camino, Señor, con olor a misterio, un misterio hermoso, porque, por más piedras y obstáculos que se presenten, tu presencia disipa y minimiza todas las barreras. Solo me queda esperar mientras persevero, y en su momento contemplo tu mano abriendo la ruta, marcando el ritmo, manifestando las señales de tu presencia. No quiero que llores de tristeza, Señor; deseo sinceramente que lloremos juntos de alegría, porque vayamos haciendo tu Reino visible en esta historia.

¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.

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Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

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