MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 21/11/25

Hoy, viernes de la semana XXXIII del Tiempo Ordinario, la Iglesia celebra la memoria obligatoria de la Presentación de la Santísima Virgen María. Los fundamentos bíblicos de esta fiesta no se hallan en los evangelios canónicos, sino en la tradición recogida por los evangelios apócrifos -escritos no reconocidos como inspirados- que, sin embargo, ofrecen valiosas luces para reconstruir el silencio bíblico acerca de la infancia de María.

La Iglesia contempla en esta celebración la entrega que la Virgen hizo de sí misma a Dios desde su niñez, movida por el Espíritu Santo, cuya gracia la llenaba desde su concepción inmaculada.

Los apócrifos narran que los padres de María, Joaquín y Ana, cuando ella apenas tenía tres años, la llevaron al templo. La niña habría subido por sí sola los escalones del santuario para consagrarse enteramente al Señor. Se dice que permaneció allí un tiempo, instruida junto a otras niñas en las cosas de Dios y en los deberes religiosos, viviendo en una estancia especial bajo la guía de adultos con autoridad espiritual. Existen, además, testimonios históricos que confirman la presencia de vírgenes consagradas en el templo.

“La presentación al Señor” estaba legislada, en la tradición judía, para los varones primogénitos. Sin embargo, también las niñas podían ser presentadas, no en sentido legal, formal u obligatorio, sino como gesto agradecido y voluntario. La presentación de la Virgen María adquiere así un carácter público y singular. Esta memoria ilumina su preparación y consagración para la maternidad divina; allí habría recibido gracias especiales. Celebrar esta fiesta en el tiempo litúrgico, a las puertas del Adviento, nos recuerda la importancia de su persona en la historia de la Salvación.

El papa Francisco ha señalado que esta celebración nos invita a acoger a la Madre de Jesús como “ayuda poderosa para los cristianos, pues nos enseña a consagrarnos al designio de Dios. Nos motiva a que cada uno, y cada una, nos ofrezcamos como sacrificio espiritual”. En esta memoria litúrgica, la Virgen María nos enseña y nos invita a entrar en nuestro propio templo interior para ofrecerlo al Señor.

La primera lectura nos presenta la revuelta macabea contra el poderoso imperio de origen griego, que había profanado el templo de Jerusalén. La profanación consistió en levantar un altar al dios Zeus, lo que provocó gran indignación y rebelión en el pueblo fiel. No solo por las estrategias militares, sino sobre todo por las profundas oraciones y la confianza en el Señor, Judas Macabeo, sacerdote, obtuvo la victoria para los fieles. Así pudieron disponerse, con gozo, a purificar el santuario.

En el evangelio, nuevamente se nos revelan los sentimientos y sufrimientos de Jesús. Después de haber llorado por Jerusalén, entró en el templo y allí encontró la amarga sorpresa: lo que debía ser “casa de oración”, “lugar de instrucción” y “acogida para los pobres creyentes”, se había convertido en una cueva de ladrones. Al respecto, san Juan Pablo II afirmó, “La verdadera adoración es incompatible con la corrupción”.

El santuario de Jerusalén se había transformado en un espacio de engaño y estafa para los peregrinos. No solo lloró Jesús desde el seno de la Santísima Trinidad; también se habrían unido a su dolor la Santísima Virgen María, los santos y las santas.

Las enseñanzas de Jesús en el templo, día tras día, fueron una manera de purificarlo a fondo, tanto con sus palabras como con su sola presencia. Él mismo es el nuevo templo, en el cual todos somos purificados al entrar. En la medida en que acogemos a Cristo, también se purifica nuestro santuario interior.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Presentas tu vida al Señor, y cómo caminas en su casa, en su presencia? ¿Hasta dónde entras en la casa del Señor: te devuelves desde algún lugar, has llegado hasta su aposento, o te quedas en la sala? ¿Con qué entras y para qué entras en la casa del Señor, y cómo sales de ella? ¿Por qué salimos del templo, pero no salimos de Dios? ¿Qué harías si descubres que tu casa está a punto de convertirse en “cueva”, cuáles son las señales de una casa transformándose en “cueva”, y cuál es el método que el Señor emplea para que toda cueva recupere su esencia de casa? ¿Por qué la gente del pueblo estaba pendiente de los labios de Jesús y de sus enseñanzas? ¿Cómo intentas hacer vida las enseñanzas del Señor, y permites que Él purifique y santifique tu corazón?

Señor, hoy quiero barrer mi casa, porque siempre amenaza con entrar el polvo de la mediocridad, el sucio de la incomprensión y múltiples basuritas que opacan tu luz; hoy barro, Señor, porque no quiero recibirte en cualquier lugar, sino en un espacio digno de Ti. Que la paz y la justicia sean como el juego de cortinas que la embellecen, y que la santidad no sea solo fachada, sino que brote del aposento central y se expanda por doquier, llenando toda la casa con tu presencia.

¡Seamos santos!


Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.

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Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

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