MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 23/11/25
(2Sam 5,1-3; Sal 121;Col 1,12-20; Lc 23,35-43)
XXXIV Domingo del Tiempo Ordinario
SOLEMNIDAD: JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO.
RASGOS DE CRISTO REY.
Este domingo, último del Tiempo Ordinario, cierra y concluye el Año Litúrgico. La Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, situada en este día, subraya que Cristo Rey es la meta de nuestra peregrinación en la tierra. Quiere decir que hoy no solo coronamos el tiempo litúrgico, sino que públicamente expresamos nuestra fe y lo contemplamos a Él. Vamos a considerar cómo el conjunto de las lecturas se integran y nos presentan los rasgos de su persona:
Jesucristo: Rey Ungido. En la primera lectura aparece la figura del rey David, escogido por Dios para reinar sobre todas las tribus de Israel. David prefigura y anuncia la llegada de un rey futuro, el Mesías. La Biblia nos muestra cómo Dios se sirve de personas imperfectas y limitadas para realizar proyectos santos. De Jesucristo se dirá que es el nuevo David, el Hijo de Dios. No ungido con óleo, sino con el mismo Espíritu Santo, para manifestar su divinidad y su misión.
Jesucristo: Rey Pastor. David, según el libro de Samuel, fue pastor que caminaba con su pueblo, lo cuidaba y defendía. También caía en incoherencias y pedía perdón. Jesús, en cambio, es el Buen Pastor, conoce y es conocido por sus ovejas; no solo las apacienta, sino que reúne a las dispersas en un solo rebaño y da la vida por ellas. Con cada oveja establece una relación estrecha y única. Siempre está cerca. Su vara y su cayado se ponen al servicio de la justicia.
Jesucristo: Rey Acogedor. El salmo de este domingo nos ofrece la imagen del Señor que, como Rey, acoge en su palacio a todas las tribus. Por eso el orante, en nombre de la comunidad, proclama: “Vamos alegres a la casa del Señor”. Es motivo de gran gozo para los peregrinos y peregrinas saber que serán recibidos con alegría por el mismo anfitrión. El Señor, Rey, abre las puertas de su palacio y todos los sencillos son invitados a participar en su banquete. El propósito es estar con Él, celebrar su nombre y agradecer la justicia que brota de su trono, de su corazón misericordioso.
Jesucristo: Rey Redentor Universal. Este domingo celebramos, de manera especial, al Rey que, sin escatimar el precio, nos ha traído la redención universal. Su trono es la cruz. La cruz inauguró formalmente su reinado. Desde allí ha liberado a toda la humanidad de la esclavitud del pecado. No tendría sentido volver a manchar lo que Él ya purificó con su preciosísima sangre. Este Rey viene a garantizar mucho más que bienes terrenales. Su reinado no conoce fronteras, se extiende y alcanza todos los lugares del cielo y de la tierra. Lejos de ser estático, es un reino dinámico e integrador. Con razón afirma san Pablo: “Damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz”.
Jesucristo: Rey Humilde y Salvador. Allí, crucificado, el Señor no solo carga dolores, sino también sufrimientos y humillaciones profundas: desnudo, abandonado, burlado. Así lo presenta san Lucas en el evangelio de hoy. Él, en cambio, como solo tiene amor, solo amor puede ofrecer, y desde ese amor brota el perdón. Sin embargo, en medio de la oscuridad surge un grito de esperanza: “Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”. Con el buen ladrón, tú y yo, si nos convertimos de corazón, también recibiremos este consuelo inmedible del Señor: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso”.
Jesucristo: Rey Eterno. Mientras que los reinos de la tierra son caducos y pasajeros, el reinado de Jesús, como lo anunció el ángel a María, “no tendrá fin”. Es el Rey santo, no dependiente de poderes políticos ni temporales. No pasará ni será destruido: “Es necesario que Cristo reine hasta poner a todos los enemigos bajo sus pies. Y el último enemigo será la muerte” (1 Cor 15,25-26). Su resurrección, como primogénito de entre los muertos, confirmó esta victoria eterna sobre la muerte e inauguró el reinado perpetuo. Por tanto, su Reino no es de este mundo, sino el Reino genuinamente verdadero, el Reino de la vida eterna.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Quién está reinando en tu corazón? ¿Tienes a Cristo como Rey? ¿En qué se refleja su realeza divina en tu vida? ¿En qué te pareces a tu Rey? ¿Cómo reavivar tu unción bautismal? Si Cristo es un Rey cercano, ¿cómo está tu relación con las demás personas? ¿Sabes qué significa servir a tan digno Rey? ¿Qué provoca en ti la imagen de Cristo Rey servidor, hospedero y pastor? ¿Por qué el Señor no hizo alarde de su categoría de Rey? ¿Te ha llegado alguna vez la tentación de hacer alarde de algo? ¿Qué estás aprendiendo de Cristo Rey? ¿Qué ha hecho este hermoso Rey por ti? ¿Qué estás haciendo tú por Él?
Señor, hoy reafirmo mi voluntad y mi “sí” para que Tú seas Rey y Señor de mi vida. Concédeme la gracia de la mansedumbre, de la obediencia y de la fidelidad, para no apartarme jamás de tu voz. Que tu palabra me modele, Señor, y me haga capaz de servir en tus palacios, donde recibes eternamente a los más necesitados de tu misericordia. Aquí está mi corazón, Señor, ante el trono de tu verdad, la verdad que sostiene nuestra fe y la entrega de nuestras vidas.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.
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