MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 26/11/25

Hoy, miércoles de la semana XXXIV del Tiempo Ordinario, última semana del Año Litúrgico, las lecturas nos invitan a meditar, a tomar conciencia de lo que es pasajero y de lo que permanece para siempre, para que recapacitemos y aprendamos a tomarnos a Dios en serio.

La primera lectura, tomada del libro de Daniel, nos presenta el episodio en que el rey Baltasar, sucesor de Nabucodonosor, ofrece un gran banquete a mil nobles de su reino. El relato deja entrever despilfarro, jactancia y libertinaje, pero sobre todo, profanación de su mandato.

En medio de la fiesta, Baltasar mandó traer los vasos sagrados que su predecesor había saqueado del templo de Jerusalén. Sin respeto ni prudencia, embriagado de vino, al menos tuvo la lucidez de reconocer unos dedos, como de mano humana, escribiendo sobre el muro del palacio. Se llenó de temor. Tenía habilidad para muchas cosas, pero no para discernir el mensaje escrito. Por eso recurrió a Daniel, a quien ofreció riquezas y honores con tal de que le interpretara lo que estaba sucediendo.

Daniel, sin embargo, supo emplear los dones que Dios le había concedido para los intereses divinos. Fue fiel en su interpretación. No ajustó ni suavizó el mensaje, sino que lo transmitió con la sencillez de la verdad y sin esperar recompensa, porque gratuita es la Palabra de Dios que llega a cada corazón con la esperanza de que reaccione y se convierta.

Las tres palabras que Daniel descifró en el muro fueron reveladoras. La primera: “Contado”. Con ella se anunciaba que el reino de Baltasar estaba caduco, que había llegado a su fin. Su poder era transitorio. Baltasar, distraído en tantas cosas, nunca consideró que su apogeo pasaría. No tuvo previsión, se desenfocó, no aprovechó el tiempo para hacer el bien ni para ser un rey justo. Terminó mal, y fue otro quien tuvo que darle el aviso.
La segunda palabra: “Pesado”. Significaba que el reino de Baltasar había sido examinado por Dios y hallado falto de peso. La prepotencia, el orgullo y la vanidad no pesan, no tienen valor. El Señor no encontró solidez que sostuviera aquel gobierno, y por eso no pudo mantenerse en pie.

La tercera palabra fue: “Dividido”. Baltasar sería testigo de cómo todo su poder se fragmentó, entregado en manos de otras potencias. Estas evidencias confirman que Dios nunca pierde el control de la historia. Él está presente. La necedad impide reconocer su acción, pero la comunidad sabia de la Biblia siempre ha sostenido a los creyentes, invitándolos a esperar con paciencia la obra de Dios aconteciendo en su pueblo.

En el Evangelio, Jesús advierte a sus discípulos sobre esos poderes temporales que intentarán frenar sus andanzas misioneras. Podrán echarles mano, perseguirlos, y lo que a los ojos humanos pudiera parecer un fracaso, para el Señor será una extraordinaria oportunidad de dar testimonio de Él, incluso en espacios donde de otra manera no podrían llegar.

Por eso, los discípulos no tienen por qué temer. Ellos no son los protagonistas de la historia. La defensa la tendrá el Espíritu Santo, quien les dará la fuerza, la postura y el valor de decir lo que hay que decir en su hora y en su momento. Tal será el derroche de gracia prometido, que nadie podrá resistir la sabiduría con la que esos pobres discípulos hablarán. Queda claro, entonces, cuál es el Reino verdadero, el eterno, aquel en el que los que perseveren hasta el final salvarán sus almas para siempre.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Eres consciente de que tus días también son finitos y de que no conoces el día de tu partida? ¿Has descuidado tu relación con Dios, contigo mismo y con los demás? ¿Cómo vive aquel que nunca se cansa de hacer el bien? ¿Has conservado el peso de tus palabras, de modo que tu testimonio tenga valor en tu familia y en tu comunidad? ¿Estás verdaderamente integrado en tu interior, de manera que todo tu ser y tu hacer se orienten hacia una misma dirección? ¿Cuál es tu ruta, hacia dónde te conduce el camino que recorres y con quiénes lo estás compartiendo?

Señor, Rey universal y eterno, que nunca se apague mi canto ni se envejezca mi voz. Si toda la naturaleza te alaba sin cesar, yo tampoco quiero dejar de hacerlo. Si tu victoria ha sido contemplada hasta los confines de la tierra, deseo también ser parte de esa mirada contemplativa que reconoce tu gloria. Concédeme, por tu misericordia, un corazón puro, un corazón sano, un corazón justo, para poder verte en todas las cosas y servirte en mis hermanos y hermanas. Quien te experimenta, Señor, no puede sino entonar un cántico siempre nuevo, como Daniel, que supo proclamar tu verdad con fidelidad.

¡Seamos santos!


Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.

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Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

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