MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 28/11/25
(Dn 7,2-14;Sal/Dn 3,75-81; Lc 21,29-33)
XXXIV Viernes del Tiempo Ordinario
LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS
Hoy, viernes penitencial, último de este Año Litúrgico, las lecturas mantienen el hilo conductor que nos orienta hacia el tiempo futuro, subrayando ahora la importancia de saber interpretar los signos de los tiempos.
¿Qué son los signos de los tiempos? Podrían entenderse como “pistas” o “señales” que el Señor nos ofrece para mostrarnos algo relevante y llevarnos a tomar postura. Estos signos se manifiestan en la vida cotidiana, muy cerca de nosotros. A veces se expresan en la alegría, la tristeza, el miedo o la preocupación de la gente en general. En ocasiones hablan de esperanza; otras, en cambio, de alerta, porque remiten a situaciones de peligro y de muerte.
Desde el Concilio Vaticano II, de manera especial, la Iglesia nos exhorta a buscar y discernir estos signos. Para hacerlo con fidelidad, es necesario tener el Evangelio en la mano y en el corazón. Solo así podremos realizar una lectura creyente de la realidad y, guiados por el Espíritu Santo, responder a lo que el pueblo necesita para edificar, en comunión, un mundo más santo y más justo.
En el Evangelio, Jesús nos orienta de manera pedagógica para aprender a discernir los signos de los tiempos. Con este propósito, recurre a una parábola dirigida a sus discípulos. Los invita a fijarse en la higuera o en cualquier árbol; cuando brotan sus ramas, basta verlas para saber que el verano está cerca. El Señor parte de lo sencillo para conducirnos hacia la profundidad de la trascendencia.
En culturas como las nuestras, también reconocemos señales en lo cotidiano: cuando el cielo se nubla, asociamos que se aproxima la lluvia; cuando una mariposa entra en la casa, pensamos que llegará visita. Así, como los primeros discípulos, somos hábiles para leer e interpretar los acontecimientos de la naturaleza. Sin embargo, el Señor nos enseña que existen otros signos cuya identificación es aún más importante; aquellos que revelan que el Reino de Dios está cerca.
Para alcanzar dicho discernimiento se requiere algo más que la habilidad cultural. Es necesaria la vida interior, la oración, la gracia, la experiencia espiritual. No podríamos descifrar, con simple mirada humana, realidades que exigen una visión trascendente, iluminada por la fe. Cuanto más unidos al Señor permanecemos, tanto mayor acceso tenemos a la mirada contemplativa.
La primera lectura, tomada del libro de Daniel, presenta la visión que él recibió, en la cual el Señor mostraba signos para su tiempo. En ella aparecieron cuatro bestias. Esta imagen de bestia, en el contexto de la visión, habla de fuerzas desordenadas y opresoras. Las bestias, en este hilo conductor, actúan por impulso, sin discernimiento ni conciencia; poseen poder físico para dominar, destruir y devorar. Son agresivas y carecen de sentimientos humanos o compasivos. Estas bestias, en la visión de Daniel, representan a los cuatro imperios avasalladores que sometieron al pueblo de Dios.
Sin embargo, a pesar de todo el terror impuesto por aquellas potencias, estas tuvieron su fin. Daniel, en su visión, contempló también cómo surgía un reinado eterno: el Reino de Dios, de santidad y justicia, que puso término a la maldad instaurada.
Hoy igualmente estamos rodeados de signos que nos ayudan a reconocer el Reino de Dios haciéndose visible entre nosotros. Cuando una persona se arrepiente y decide emprender una nueva vida guiada por el Evangelio, es signo del Reino. Cuando obramos con justicia en lo cotidiano y sembramos paz con nuestras palabras, actitudes y hechos. Cuando nos solidarizamos con quienes sufren, especialmente con los más pobres. Cuando ofrecemos palabras de consuelo a quien las necesita. Cuando vivimos los sacramentos con gratitud y respeto en la comunidad cristiana… todas estas acciones nos van mostrando que el Señor está presente en medio de nosotros, que Él nos trae su Reino y cuenta con nosotros para instaurarlo.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Por qué, cuando alguien no se arrepiente ni escarmienta, comienza a formarse una pequeña “bestia” dentro del corazón? ¿Cómo nos auxilia Jesús para que cualquier “bestia interior” se transforme en cordero de paz? ¿Tengo una mirada creyente sobre la realidad que me rodea? ¿Además de mirar, soy capaz de ser una persona contemplativa que descubre y sigue las huellas de Dios? ¿Voy sembrando signos del Reino en mi caminar? ¿En qué sentido la casa común se convierte en escuela de espiritualidad? ¿Por qué hay personas que sufren porque no logran descubrir la voluntad de Dios en su vida? ¿Será que no la logran descubrir o que no la quieren descubrir? ¿Cómo resuenan en mí estas palabras de Jesús: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”?
Señor, haznos dóciles a tus inspiraciones. Tú nos envías cada día señales de esperanza; por eso es necesario renunciar a toda dispersión y abrazar el recogimiento. El silencio interior se convierte en espacio propicio para sintonizar tu voz. Queremos ser tu presencia compasiva en estos tiempos difíciles, en medio de esta humanidad doliente. Danos tus ojos, tus manos, tus pies, tu corazón… Señor, que nuestro humilde sacrificio sea signo de tu Reino.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.
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