MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 30/11/25
(Is 2,1-5; Sal 121;Rom 13,11-14ª; Mt 24,37-44)
Primer Domingo de Adviento
EL QUE VIENE: Y AL QUE DESEAMOS.
¡Ha llegado el Adviento! Este tiempo marca el inicio del ciclo anual litúrgico. Es una estación de cuatro semanas que comenzamos en este primer domingo. Más allá de ser un comienzo, su verdadera relevancia está en la invitación a todos los creyentes a vivirlo como un tiempo de renovación espiritual. Por ello se priorizan la conversión, la vigilancia y la alegría, en torno a la presencia misteriosa del Señor que viene.
Como explicó Benedicto XVI, el término Adviento, del latín adventus, puede traducirse como “venida” o “presencia”. En sus orígenes, remitió a visitas solemnes, como la de un rey. Desde nuestra fe, lo aplicamos a la venida del Señor Jesucristo. Esta venida posee varias dimensiones, inseparables y profundamente integradas entre sí.
La primera venida del Hijo de Dios: Jesús se hizo carne en una cultura concreta, por obra del Espíritu Santo y desde el seno de la Virgen María. Nació en Belén, tierno, en un pesebre pobre; fue envuelto en pañales, amado, adorado y custodiado. Así reflejó la humildad de Dios, su estilo, su manera, su extraordinario amor por la humanidad al venir a salvarla. Esta primera venida, de modo especial, la celebraremos en Navidad, y para ello nos iremos preparando. Pero no significa que ignoremos las otras dos venidas, pues su sentido está íntimamente unido.
La segunda venida del Señor Jesús: es la venida futura. En ella, el tono recae en su autoridad y en su fortaleza divina al final de los tiempos, cuando se manifestará como Rey y Juez. Su objetivo será restaurar un mundo roto, vencer definitivamente el mal y ofrecer las gracias prometidas a quienes perseveran en la fe.
La tercera venida: es la llegada cotidiana del Señor en la Eucaristía, el Sacramento que nos alimenta y fortalece. Es el Señor que se entrega, que llega al corazón y santifica. Esta venida recuerda la primera y orienta hacia la segunda. También se hace presente en los hermanos y hermanas, en quienes reconocemos su rostro. En todas las venidas resuena un tono de profunda alegría: son motivo para despertar nuestra esperanza, robustecer la fe y acrecentar la caridad.
Con esta base, podremos comprender mejor el conjunto de las lecturas de este primer domingo de Adviento, que nos invitan a vivir vigilantes, confiados y gozosos en la espera del Señor que viene y al que salimos al encuentro.
La primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos presenta una visión del final de los tiempos y del futuro de Jerusalén. Anuncia la imagen de un Rey bueno y transformador, hacia quien acudirán todas las naciones. Será santo y justo. Es, sencillamente, una profecía que despierta y anima nuestra esperanza, invitando a todos los creyentes a caminar con determinación y fortaleza hacia Él.
El Salmo del día es particularmente hermoso y se corresponde con este contexto: el Señor que llega, y el orante que invita a toda la comunidad a caminar alegres hacia la casa del Señor. Esta es, justamente, la propuesta del Adviento: el Señor que viene y nosotros que vamos. Es un camino de preparación que desemboca en la Navidad. Saber vivir el Adviento influirá decisivamente en la calidad de este encuentro personal y comunitario. Con razón afirma el apóstol en la segunda lectura: “¡Ya es hora de despertar del sueño!”. Se nos ofrecen las razones para abrir los oídos del corazón: “¡nuestra salvación está más cerca!”.
El Evangelio nos habla de esa segunda venida. El Señor recordó a sus discípulos el tiempo de Noé: ¡cómo estaban distraídas las personas!, y la lluvia las arrastró, quedando pocos con vida. Así sucede también en nuestra sociedad: existen corrientes que buscan adormecer y anestesiar, trasladándonos a un mundo irreal, mágico, inexistente y falso, que provoca vacío, inferioridad, sin sentido y destrucción espiritual.
Hoy resuenan con fuerza las palabras: ¡es tiempo de despertar del letargo! Porque, al final, ninguna estrella plástica quedará; las lucecitas artificiales se apagarán; los regalos huecos se esfumarán; las pinturas se desteñirán; los árboles con nieve ficticia se secarán por falta de identidad; los Santa Claus perderán su disfraz… y solo permanece lo eterno, lo que prevalece para siempre: el bien sembrado en el propio corazón y en el corazón de los demás. Todo el bien realizado por amor a Dios y al prójimo, conforme lo enseñó el Niño que creció en Nazaret, eso jamás pasará.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Qué necesita ser reciclado en tu vida en este Adviento? ¿Cuáles son los signos de esperanza que te guiarán en este camino hacia el encuentro con el Señor? ¿Con quiénes harás este recorrido? ¿Cuál es tu meta espiritual en este Adviento? ¿Qué quedará de ti cuando termine el presente año: ya has despertado o necesitas despertar? ¿Cómo aplicas a tu vida las palabras de Pablo: “Dejemos las actividades de las tinieblas y alistémonos con las armas de la luz”? ¿Qué significa para ti, en este Adviento, estar vigilante?
Señor, yo también quiero despertar cada vez más. Ayúdame a descubrir lo auténtico, lo verdadero, lo real. En ti deseo abrazar la humildad, pues me das ejemplo, Señor. Las lecturas me revelan tu rostro, mis oídos buscan reconocer tu voz; que tu gracia me sostenga. Tú vienes y esperas respuesta. No quiero ser estatua de sal mientras peregrinas hacia mi corazón. Mueve mi interior, Señor, hasta tu encuentro; que no me pesen los pies ni la voluntad. Quiero caminar con quienes te buscan, te aman y salen a tu encuentro. Hemos iniciado, Señor, cuatro semanas cargadas de esperanza.
¡Seamos santos!
Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.
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