MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 01/12/25

Hoy, lunes, primera semana de Adviento, nos ilumina la memoria de san Carlos de Foucauld.

Carlos de Foucauld nació el 15 de septiembre de 1858 en Estrasburgo, entonces perteneciente a Francia. Provenía de una familia cristiana, pero en su adolescencia y juventud perdió la fe. Él mismo describiría este tiempo como un período de incredulidad y de búsqueda frustrada de sentido. Sumergido en una vida sin Dios, desordenada y vacía, experimentaba una profunda insatisfacción interior. A los veinte años ingresó en el ejército y fue destinado a Argelia; sin embargo, en 1882 renunció para emprender exploraciones en Marruecos, donde entró en contacto con la fe musulmana. Esta experiencia despertó nuevamente sus inquietudes existenciales y reavivó su búsqueda de la verdad.

Una de sus frases resume la experiencia de aquellos años: “Permanecí doce años sin negar nada y sin creer nada, desesperanzado de la verdad, y ni siquiera creyendo en Dios, pues ninguna prueba me parecía suficientemente evidente”.

Esa expresión fue pronunciada por Carlos de Foucauld después de su conversión total, el 30 de octubre de 1886, cuando se confesó y comulgó en París. Desde entonces consagró su vida a imitar a Jesús en la pobreza y en la entrega. Peregrinó a Tierra Santa y, en 1890, ingresó en un monasterio trapense. Afirmó: “En cuanto creí que había un Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa que vivir sólo para Él; mi vocación religiosa data de la misma hora que mi fe; Dios es tan grande. Hay una gran diferencia entre Dios y todo lo que no es Él”. Sin embargo, aquella vida no colmaba su anhelo de despojarse aún más, pues decía: “Somos pobres para los ricos, pero no pobres como lo fue Nuestro Señor”.

Carlos peregrinaba no sólo exteriormente, buscando la forma más sencilla y pobre de imitar a Cristo en la vida oculta de Nazaret, sino también interiormente, trasladándose siempre hacia lo más humilde. Así encontró su lugar: pobre, escondido y humilde, entre los más marginados, especialmente en el desierto del Sahara. Fue ordenado sacerdote el 9 de junio de 1901, a la edad de cuarenta y tres años, y se estableció entre los Tuaregs, no cristianos, a quienes ofreció su amistad y el testimonio silencioso y manso del Evangelio. Con Jesús presente en la Eucaristía, le confió todo, dedicando doce horas diarias a la adoración.

Su sueño era claro: “Quiero acostumbrar a todos los habitantes a que me miren como su hermano, el hermano universal”. Por ello, comenzaron a llamar a su casa “la hermandad”. El Hermano Carlos nos recuerda que el primer paso para evangelizar es tener a Jesús en el corazón, es “perder la cabeza” por Él.

Entre sus frases resuenan con fuerza: “Quisiera ser lo suficientemente bueno como para que la gente dijera: -Si así es el siervo, ¿cómo será el amo?”; “La fe es incompatible con el orgullo, con la vanagloria, con el deseo de la estima de los hombres. Para creer, es necesario humillarse”.

Carlos murió como mártir el 1 de diciembre de 1916, a los 58 años, en el desierto del Sahara, allí donde había elegido vivir entre los más pobres. Un grupo de bandidos irrumpió en su humilde choza de adobe, que tenía una pequeña capilla. Acababa de celebrar la Misa y se encontraba solo. Fue golpeado con un arma contundente en la cabeza, lo que le causó la muerte. Su entrega final se convirtió en testimonio supremo de amor a Dios y de servicio a los más abandonados, imitando el sacrificio de Cristo. Su muerte inspiró la fundación de comunidades religiosas que asumieron su carisma. El papa Francisco lo canonizó el 15 de mayo de 2022, presentándole como modelo de celo apostólico en la vida oculta.

Es particularmente significativo meditar sobre la vida de Carlos en este tiempo de Adviento, tiempo de esperanza. El profeta Isaías nos invita a caminar al encuentro del Señor, a marchar por sus sendas. Y siendo que el Señor viene hacia nosotros, qué hermosa disposición la nuestra, como dice el salmo, de ir alegres hasta su encuentro. ¡Él que viene y nosotros que vamos! Este dinamismo de encuentro fue precisamente lo que impulsó el caminar de nuestro santo de hoy.

En el Evangelio, Jesús se sorprendió ante la fe del Centurión. Al ver al Señor dispuesto a ir a curar a su criado, le dijo: “No soy digno de que entres en mi casa, pero di una palabra y mi criado quedará sano”. Nos conmueve cómo, en un mundo saturado de “pantallas”, todavía existen personas que, como Carlos de Foucauld, buscan santificarse en la vida pobre, sencilla y oculta, haciendo el bien sin publicidad, con la discreción de quien sólo desea agradar a Dios.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Qué aprendes de la vida de Carlos de Foucauld? ¿Qué significa para ti vivir de manera sencilla, austera y auténtica? ¿Quieres tú “perder la cabeza” por Cristo? ¿Por qué las cosas del Señor comienzan siempre en lo pequeño? ¿Qué evocan en tu interior las palabras: prudencia, discreción, silencio, desierto, recogimiento, vida interior? ¿Qué metas espirituales te propones en este tiempo de Adviento?

Señor, por la intercesión especial de san Carlos de Foucauld, te presentamos la vida de nuestro querido Monseñor Rafael Leónidas Felipe (Fello), obispo emérito de la Diócesis de Barahona, República Dominicana. Él, como Carlos, ha querido seguirte en sencillez y pobreza, siendo un obispo bueno, hermano cercano a todos, fiel imitador de Cristo, auténtico y entregado. Con clara conciencia de su vocación sacerdotal, de su paso y misión en esta tierra; se ha mostrado lúcido, humilde y sin pretensiones. El buen pastor no se improvisa: su vida interior es profunda y fina, su vuelo místico elevado, su discernimiento claro, prudente y sabio. Tú sabes, Señor, que esta Iglesia peregrina lo necesita, como la noche necesita las estrellas que guíen, iluminen e inspiren desde la coherencia y fidelidad de vida. Que se cumpla en él tu santa voluntad.

San Carlos de Foucauld, ruega por nosotros.

¡Seamos santos!

Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.

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Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

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