MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 02/12/25

Hoy, martes de la primera semana de Adviento, nos encontramos con la acción de gracias que Jesús eleva al Padre. Le dice: “… porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla”. Esta expresión jubilosa brota porque, en el pasaje anterior, Jesús había recibido de regreso a los discípulos, quienes llegaron maravillados por las obras del Señor en las misiones.

Las palabras de agradecimiento del Señor nos muestran, en este Adviento, que hemos de pedir una visión contemplativa, unos ojos de fe vigilantes y atentos; un corazón de niño, de niña, capaz de sorprenderse ante el paso del Señor y sus múltiples signos de presencia entre nosotros. Esta visión contemplativa no nace de la destreza humana, sino de la gracia divina. Es el Padre quien se da a conocer, quien se muestra por amor. Dichosa la persona que, sin dispersión, acoge su mensaje y su señal, por más discreta y pequeña que se presente.

Al Padre, asegura Jesús, le ha parecido bien así. Su modo es así. Le agrada la humildad, la sencillez, el corazón sin pretensiones, porque en la desapropiación interior se halla la condición para recibir el mensaje. En cambio, el orgullo y la autosuficiencia provocan ceguera espiritual; hacen que la persona busque fuera lo que ya lleva dentro.

San Gregorio Nacianceno consideró: “El que posee toda la plenitud se anonadó a sí mismo, ya que, por un tiempo, se privó de su gloria, para que yo pueda ser partícipe de su plenitud”. Dichosa la persona que experimenta ese movimiento del Espíritu Santo, que se abaja para hacernos subir. El camino por el cual Cristo nos eleva a su altura, en este Adviento y siempre, es disponiéndonos nosotros a crecer hacia abajo.

Dichosa la persona que sabe ver, es decir, que logra identificar el rostro de Cristo pobre, sencillo, humilde… No se trata de una visión pasiva, todo lo contrario: es un contemplar que compromete, que desinstala, que desarraiga, y, sobre todo, que conduce a la escucha.

El profeta Isaías, en la primera lectura, nos ayuda a introducirnos en este mirar con los ojos de Dios. Nos invita a descubrirlo en un pequeño brote, un retoño que remite a la esperanza. El Mesías nacerá del linaje de David, una estirpe ya debilitada en aquel tiempo. Sin embargo, de esa descendencia brotará lo nuevo: el que hará nuevas todas las cosas, las del cielo y las de la tierra. Nacerá quien hará florecer un vástago de un tronco aparentemente seco, que parecía no dar más de sí.

En el Mesías prometido reposará el Espíritu Santo; es decir, tendrá la plenitud de sus dones. Su discernimiento será trascendente, no dominado por criterios meramente humanos. Por tanto, “no juzgará por la apariencia ni sentenciará solo de oídas”.

Una de las tareas del Adviento, en este sentido, es recuperar nuestra dignidad bautismal, nuestra fe en Cristo. Y, como Él, trascender la cáscara de la apariencia para encontrar la verdad. Porque Él nos ha dejado el Espíritu Santo, para que también sea nuestro maestro interior, nuestro abogado y defensor. En este tiempo litúrgico nos preparamos, además, para la segunda venida del Señor.

El profeta Isaías nos comunica que, cuando el Espíritu Santo nos habita, las transformaciones fecundas son posibles. Es el cambio personal y social que se describe en el relato, cuando se vive el valor de la justicia y la paz. Entonces se testimonia el lobo habitando con el cordero, la pantera recostada junto al cabrito, la vaca pastando con el oso… Y es que no puede haber daño, agresión ni estrago cuando la sociedad está llena de la ciencia del Señor.

Sabiamente nos recuerda el salmo del día que la comunidad de los sencillos, reunida, suplica al Señor diciendo: “Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud”. Esta es la oración de quienes anhelan que sus pastores sean conformes al corazón del Mesías. El pastor elegido influye de manera decisiva en la realidad de vida de todo el pueblo. Los fieles no dejan al azar lo que será el destino de todos.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Quién es una persona sencilla para ti? ¿Sientes ser una persona sencilla? ¿Por qué un corazón despojado de negatividades está más apto para captar los signos de Dios? ¿Dónde descubres a Jesús hoy? ¿Tu vida permite que otros recuerden a Dios? ¿Cómo descubrir los signos del Señor en las cosas pequeñas? ¿Cómo mantener el Espíritu del Señor habitando en tu interior? ¿Qué te parece si, en este Adviento y siempre, superamos el mirar y considerar a los demás por su apariencia? ¿En qué sentido engaña la apariencia? ¿Has pedido a Dios que te dé juicio? ¿Ruegas también el juicio divino para los demás?

Una de las preces, en las alabanzas de este día, nos sirve de oración final: “Señor, abaja los montes y las colinas de nuestro orgullo, y levanta los valles de nuestros desánimos y de nuestras cobardías. Venga tu reino, Señor”.

¡Seamos santos!

Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.

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Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

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