MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 03/12/25

Hoy, primer miércoles de Adviento, la Iglesia celebra la memoria obligatoria de san Francisco Javier (1506-1552), sacerdote jesuita español, reconocido como uno de los más grandes misioneros en la historia de la Iglesia y cofundador de la Compañía de Jesús.

Proveniente de una familia noble, recibió una esmerada educación. Durante sus estudios en París, su vida dio un giro decisivo al encontrarse en 1529 con san Ignacio de Loyola. Los Ejercicios Espirituales ignacianos marcaron profundamente su corazón, llevándolo a abandonar sus pretensiones mundanas. En 1534 se unió a Ignacio y a otros cinco compañeros, dando origen a las bases de la Compañía de Jesús.

Fue ordenado sacerdote el 24 de junio de 1537 en Venecia y poco después nombrado nuncio apostólico para las Indias Orientales. Su travesía hacia Goa, en la India, se prolongó trece meses, tiempo en el cual soportó mareos y tormentas, mientras dedicaba su entrega a evangelizar a los pasajeros y atender a los enfermos.

En Goa, Francisco Javier reformó la comunidad catequizando a niños, esclavos y enfermos. Predicaba en las calles y hospitales, transmitiendo las verdades cristianas en melodías populares que se difundieron ampliamente. Desde allí se trasladaba a otros lugares, bautizando multitudes hasta el agotamiento de sus brazos por la repetición del rito. Aprendió lenguas locales y, según la tradición, algunos milagros acompañaron su obra, favoreciendo las conversiones. En regiones de mayor resistencia, llegó a testimoniar apenas una sola conversión después de un año entero de evangelización.

Su método integraba predicación, educación y compasión, atrayendo a innumerables almas. Su vida austera se sostenía con arroz y agua; dormía en el suelo, enfrentaba amenazas y persecuciones, y recorría mares y culturas desconocidas para llevar el Evangelio y responder a las necesidades de la Iglesia.
En 1549 llegó a Japón como parte de su labor misionera. Allí plantó las bases del cristianismo, aprendiendo lo esencial de la lengua para traducir y transmitir la doctrina. Su presencia fortaleció la comunidad naciente, que creció en número y en solidez espiritual.

En 1552, san Francisco Javier llegó a la isla de Sancian, cerca de la costa de China, con el deseo ardiente de continuar su obra evangelizadora. Sin embargo, su salud se quebrantó por los trabajos incesantes. Le acompañaba un joven chino, llamado Antonio, que le servía de traductor y permaneció fiel en todo momento. Gravemente enfermo, fue trasladado a una humilde choza, donde todos los intentos de Antonio por aliviarlo resultaron inútiles. Finalmente, viendo que estaba moribundo, le colocó en la mano una vela encendida. Javier entregó su alma al Señor pronunciando con paz y reposo su última palabra: “¡Jesús!”. Murió el 3 de diciembre de 1552, a los 46 años. A su entierro asistieron Antonio, un portugués y dos esclavos. Fue canonizado el 12 de marzo de 1622, junto a san Ignacio de Loyola, por el papa Gregorio XV.

Francisco Javier es venerado como principal patrono de los misioneros católicos. El papa Francisco lo ha señalado como testigo de la pasión por la evangelización, invitando a los creyentes a imitar su unión orante con Cristo y su disposición a dejar el confort por el Evangelio. Su cuerpo, que permanece incorrupto, descansa en la Iglesia del Buen Jesús, en Goa, India.

Las lecturas de este día iluminan su vida y misión. Javier fue hallado digno, a los ojos de Dios, para entrar en el banquete eterno del que habla el profeta Isaías en la primera lectura, signo de la recompensa prometida a quienes entregan su vida por el Reino, siendo fieles hasta el final.

A la luz de san Francisco Javier, tú y yo podemos considerar si nuestra vida sigue ese rumbo, si se va preparando para la venida del Señor, para la inauguración del banquete y de la fiesta eterna. Allí habrá manjares y festines suculentos, nunca antes imaginados ni preparados. En esa celebración ya no existirán penurias ni lágrimas de sufrimiento, porque estarán presentes todos los que han recibido la gracia de la salvación. Con razón nos enseña el salmista a vivir en la fe y la confianza en el Señor, buen Pastor. Él mismo es quien prepara el banquete, y unge en gracia y santidad.

El Evangelio, que nos habla de la multiplicación de los panes, es también figura de este banquete divino. Para inaugurarlo, a cada uno se le pide lo que tiene, y el Señor añade lo demás, para que todos y todas queden saciados.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Cómo ha tocado tu vida la historia de san Francisco Javier? ¿Cómo está tu entrega y fidelidad al Señor? ¿Qué tan en serio tomas el servicio que realizas? ¿Qué tanto te interesas por la salvación de los demás? ¿Alguna vez has soñado tu muerte? ¿Has deseado que tu corazón, a la hora de morir, esté en paz con Dios, contigo mismo, con los demás, con la naturaleza? ¿Por qué no sabes el día en que vas a morir? ¿Dejarías para mañana tu conversión permanente? ¿Será que en este Adviento estarás preparando tu traje para entrar al banquete, al encuentro con el Señor? ¿Tú inspiras a las demás personas para que vayan, contigo, al banquete de manjares eternos?

Señor: por intercesión de san Francisco Javier, te pido que renueves mis fuerzas. Que no me detenga en contemplar mi cansancio, sino en reconocer el hambre de amor humano que tú mismo llevas en tu corazón. Que mi voluntad sea sostenida por tu misericordia. Rocía una gota de tu sangre sobre mis venas, para que circule con fuego, celo misionero, pasión por la predicación y por tu Reino. Concédeme, Señor, morir en paz, porque nada haya reservado de lo que el cielo me ofreció para dar a los demás.

¡Seamos santos!

Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.

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Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

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