MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 05/12/25
(Is 29,17-24; Sal 26;Mt 9,27-31)
Primer viernes de Adviento
¡QUEREMOS VER!
Hoy, viernes de la primera semana de Adviento, nos adentramos en la meditación con las palabras de san Anselmo, que nos invitan a la interioridad y al silencio:
“Deja por un momento tus ocupaciones habituales… aunque te consideres insignificante; entra un instante en ti mismo, apartándote del tumulto de tus pensamientos. Arroja lejos las preocupaciones que te agobian y aparta las inquietudes que te oprimen. Reposa en Dios un momento… Penetra en lo más profundo de tu alma, aparta de ti todo, excepto a Dios y aquello que pueda conducirte a Él; cierra la puerta de tu habitación y búscalo en silencio. Di al Señor con todas tus fuerzas: Busco tu rostro, Señor.”
El conjunto de las lecturas despierta en nosotros el deseo profundo de “ver”, de recuperar la “vista”. El profeta Isaías nos dibuja el horizonte que Dios ha soñado para todos, situándonos en el sentido del tiempo litúrgico presente.
La profecía de esperanza, en este día, nos anuncia que ha llegado el momento de la transformación. Por eso el texto nos ofrece la imagen: el jardín se convertirá en bosque… Los sordos podrán escuchar, los ciegos verán, los oprimidos se alegrarán, porque todo aquello que causaba sordera, ceguera y opresión quedará aniquilado. Estos signos prefiguran la venida de Cristo.
El mensaje nos llena de confianza en el Señor que viene. No existe aridez personal, ni vacío de sentido, ni corazón endurecido tan grande que la gracia y la luz divinas no puedan convertir y renovar. Este es tu tiempo y este es mi tiempo. El Señor nos anuncia que ha llegado la hora de abrir las puertas de la fe, para que la luz irrumpa en medio de tantas tinieblas amenazantes.
El evangelio nos presenta a dos ciegos que, con fe en Cristo, reciben la luz de sus ojos. Ellos representan a la humanidad sin visión, pero con esperanza en el encuentro grandioso que devuelve los colores de la existencia. El pasaje revela la disposición del Señor de tocar nuestra humanidad con compasión. Él toca nuestra tierra y provoca en ella nuevas transformaciones. Se nos pide, en este Adviento y siempre, tener fe como ellos la tuvieron.
La fe en Cristo es el inicio de una vida nueva. También hoy el Señor nos sigue preguntando: “¿Creen que puedo hacerlo?”. La respuesta es tuya y es mía. Los ciegos del evangelio respondieron que sí, y el Señor les dijo: “Que les suceda conforme a su fe”. Entonces se les abrieron los ojos. Y caminaron por los senderos santificando el nombre del Señor.
Con razón afirma el Salmista: “El Señor es mi luz y mi salvación”. Y se pregunta: “¿A quién temeré?”. Quien camina en la luz no tiene nada que ocultar; la transparencia en el Señor se convierte en su escudo protector. Una hermosa tarea para el Adviento es caminar en la verdad y permanecer en ella, hasta nunca más querer apartarse de su claridad. El orante nos enseña a buscar sin cesar el rostro del Señor y a habitar por siempre en la tierra de la vida. Para recorrer este camino se necesita la valentía que ofrece el Espíritu Santo.
En la Liturgia de las Horas, el Oficio de Lectura san Anselmo nos sigue expresando su ardiente deseo de contemplar a Dios. Las cuestiones que allí se formulan siguen siendo válidas para nosotros en este tiempo de Adviento, pues nos invitan a la búsqueda sincera y perseverante del rostro divino. Sus preguntas llevan al silencio:
“Dios mío, enséñame ¿Dónde y cómo buscarte?; ¿Dónde y cómo te encontraré? ¿Por qué no te veo aquí presente? ¿Dónde está tu luz inaccesible? ¿Cómo me aproximaré de ella? ¿Quién me guiará y me introducirá en esa luz para que en ella te contemple? ¿Bajo qué signo, bajo qué aspecto te buscaré? ¿Qué hará este desterrado lejos de ti? ¿Qué hará este servidor tuyo, sediento de tu amor, que se encuentra alejado de ti? ¿Hasta cuándo nos olvidarás, hasta cuándo dejarás de apartar tu rostro? ¿Cuándo volverás tu mirada hacia nosotros? ¿Cuándo nos escucharás? ¿Cuándo iluminarás nuestros ojos y nos mostrarás tu rostro?
Oramos con san Anselmo: “Míranos, Señor, escúchanos, ilumínanos, muéstrate a nosotros. Colma nuestros deseos y seremos felices; sin ti todo es hastío y tristeza. Ten piedad de nuestros trabajos y de los esfuerzos que hacemos por llegar hasta ti, pues sin ti nada podemos. Enséñame a buscarte, muéstrame tu rostro, porque si tú no me lo enseñas no puedo buscarte. No puedo encontrarte si tú no te haces presente. Te buscaré deseándote, te desearé buscándote; amándote te encontraré, y encontrándote te amaré.”
¡Seamos santos!
Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.
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