MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 09/12/25

Hoy, martes, de la segunda semana de Adviento, tenemos la memoria libre de san Juan Diego. Un laico indígena, mexicano, (1474-1548). Es venerado como el vidente, que fue escogido por la Virgen María. A él se le apareció bajo la actual advocación de Nuestra Señora de Guadalupe en 1531. De hecho, el próximo viernes 12 la celebraremos como Patrona de América Latina.

La vida de san Juan Diego está testimoniada en la Iglesia como ejemplo de fe humilde y obediencia. También evoca el encuentro entre la cultura indígena y el Evangelio; reflejo de evangelización en todo el Continente.

El nombre indígena del santo es: “Cuauhtlatoatzin”. Significa “águila que habla”. Llama la atención este sentido. En vista de que su humilde persona fue capaz de enfrentar serios escenarios para llevar a cabo la misión encomendada por la Virgen. Su obediencia pesó más que su timidez. Siendo adulto, él y su esposa se convirtieron al cristianismo. Tomó el nombre bautismal “Juan Diego”. Se dedicaba a tejer y a la agricultura. La fe, en su corazón, era pura y sólida. Conjugó a la perfección la espiritualidad cristiana sin perder los rasgos de su identidad cultural.

A los 57 años, san Juan Diego vivió la gracia de cuatro apariciones de la Virgen María en el Cerro del Tepeyac, cerca de la ciudad de México. La Virgen, a quien él llamaría en adelante “Señora”, se presentó con rasgos indígenas y se reveló como “la perfecta siempre Virgen Santa María, madre del verdadero Dios”. Le habló en su lengua materna para encomendarle una misión especial: ser mensajero ante el obispo Juan de Zumárraga, pues deseaba que se construyera una iglesia en aquel lugar en su honor.

Juan Diego perseveró con humildad ante el obispo, enfrentando pruebas y resistencias, pues al inicio no fue creído. En la cuarta aparición, el 12 de diciembre, la Virgen realizó el milagro de las rosas: le pidió recoger flores hermosas fuera de temporada, guardarlas en su manto y llevarlas al obispo. Al abrirlo, las flores cayeron y apareció impresa la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe. Este signo abrió nuevos caminos para la evangelización, y millones de indígenas abrazaron la fe católica.

Con la autorización del obispo, se comenzó la construcción del templo en el Tepeyac, y Juan Diego fue el primer custodio del santuario. Desde entonces vivió en profunda humildad y devoción, levantando una pequeña casita junto a la iglesia. Se dedicó a la oración, la contemplación, la penitencia y al servicio de los peregrinos, cuidando la capilla y acogiendo a los visitantes. Allí permaneció hasta el final de sus días, entregado al servicio de la “Señora del Cielo”.

El papa san Juan Pablo II canonizó a Juan Diego en la ciudad de México en 2002. En aquella ocasión declaró: “Bienaventurado Juan Diego, buen indio cristiano, a quien el pueblo sencillo ha considerado siempre santo”. Y añadió: “Amado Juan Diego, ‘el águila que habla’, enséñanos el camino que lleva a la Virgen Morena del Tepeyac, para que ella nos reciba en lo íntimo de su corazón”. Desde entonces, la Iglesia lo reconoce como patrono de los pueblos indígenas.

En el pueblo, expresiones como “Seamos como san Juan Diego” o “Dios les haga como Diego” se usaban para exhortar a imitar sus virtudes. Las lecturas de este día, por su parte, nos invitan a seguir su ejemplo.

El profeta Isaías nos recuerda que los creyentes estamos llamados a ser consoladores del pueblo de Dios. Este es un hermoso proyecto de vida: consolar a los demás en nombre del Señor. Prepararse en este Adviento significa bajar y anular cualquier indicio de orgullo, levantar todo aspecto de complejo o inferioridad, enderezar lo que pudiera estar torcido en nuestras vidas, con el fin de allanar el camino y favorecer el encuentro con el Señor.

El Evangelio nos alerta sobre el camino de preparación en Adviento. Este es, a la vez, personal y comunitario. Hemos de ser como el buen pastor que busca a la oveja perdida, es decir, a toda persona que se encuentre distraída, dispersa o desenfocada respecto al verdadero sentido del camino hacia la Navidad.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Qué te dice la vida de san Juan Diego sobre la humildad y la obediencia? ¿Cómo ilumina su sencillez tu propio camino en este Adviento? ¿Qué significa para ti que la Virgen María hable en la lengua materna de cada pueblo? ¿Cómo experimentas el consuelo de la Madre que nunca deja solo a quien confía en ella? ¿Por qué el amor materno de la Virgen incluye a todos y cuenta con todos? ¿Qué te inspira la paciencia de Juan Diego ante las pruebas y resistencias? ¿Cómo obedeces al Señor que te habla cada día en su Palabra?

San Juan Diego, me alegra conocerte más y me impresiona tu humildad. Yo también quisiera ser como tú, una persona que sirve a las orientaciones de la Madre con confianza y abandono. Madre querida, tú no te equivocas. Eres dulce, buena y exigente. Tus métodos son sorprendentes, tu sabiduría viene del cielo y nos cobija a todos. Gracias por tu paciencia y por tu insistencia. Gracias por querernos santos y santas junto a ti.

¡Seamos santos!

Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.

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Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

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