MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 10/12/25
(Is 40,25-31; Sal 102; Mt 11,28-30)
Miércoles de la segunda semana de Adviento
SANTA EULALIA
Hoy, miércoles de la segunda semana de Adviento, recordamos la memoria libre de Santa Eulalia de Mérida. Mérida, en su tiempo, era una ciudad del Imperio Romano; hoy pertenece a España. Es una de las vírgenes mártires del siglo IV más veneradas. Sufrió el martirio a los doce años, durante la persecución del emperador Diocleciano, quien exigía sacrificios a los dioses paganos. Su madre, conocedora de la espiritualidad y la firmeza de su hija en la fe cristiana, la ocultó en el campo. Pero la niña escapó de noche y se presentó ante el tribunal al amanecer, para protestar contra aquellas leyes injustamente establecidas.
Intentaron persuadir a la pequeña Eulalia con sobornos y regalos atractivos para que realizara gestos de adoración a los dioses que le mostraban. Pero ella se negó. Luego le mostraron los instrumentos de tortura. El gobernador Daciano le dijo: “De todos estos sufrimientos te librarás si ofreces este pan a los dioses, y quemas este poco de incienso ante sus altares.” La jovencita lanzó el pan, esparció el incienso por el suelo y le respondió: “Solo al Dios del cielo adoro; a Él únicamente le ofreceré sacrificios y le quemaré incienso. Y a nadie más.” Con valentía reprendió a quienes apartaban las almas del Dios verdadero.
Enfurecidos, ordenaron la tortura de la santa adolescente hasta la muerte. El poeta Prudencio, en un testimonio escrito, narró que al morir la pequeña, la gente vio una paloma blanca que volaba hacia el cielo. Ante este acontecimiento, los torturadores huyeron, llenos de miedo y remordimiento. La nieve cubrió su cuerpo. Días después, algunos cristianos le dieron sepultura. En ese lugar se levantó un templo en su honor, donde permanecieron sus reliquias. Poco a poco comenzó a atraer peregrinos. Los testimonios confirmaron su intercesión desde el cielo ante diversas necesidades. Incluso san Agustín pronunció sermones citando el ejemplo de esta santa.
El ejemplo de Santa Eulalia nos anima a vivir el tiempo de Adviento con inspiración. Ella nos afirma que la esperanza “tiene pie y camina”. Salió a abrir caminos para el Señor, a quitar los obstáculos que retrasaban su venida. A pesar de sus pocos años, tenía una fe inquebrantable. Hoy, también, muchos falsos ídolos buscan acaparar nuestra atención. Los sobornos, las provocaciones y las propuestas están al acecho para desviarnos de lo que realmente importa. Pero la joven santa nos alienta a perseverar, a tener un convencimiento firme sobre a quién seguimos y a quién servimos.
Las lecturas del día, a su vez, nos llenan de valor espiritual. El profeta Isaías nos invita a reconocer que la fuerza que tuvo Santa Eulalia, y que sostiene a tantos hombres y mujeres para mantenerse firmes, proviene del Espíritu Santo. Él es quien capacita internamente para descubrir el tesoro del cielo, y para hacer inversiones sensatas y de verdadera trascendencia.
Santa Eulalia no se cansó de luchar ni sintió temor ante la muerte en esta vida. Frente a los instrumentos de tortura que la esperaban, la fuerza de su voluntad se renovaba como las águilas se renuevan. ¿Qué puede temer quien pone su confianza en el Señor?
El salmista nos invita a bendecir al Señor en todo momento y a no olvidar nunca sus beneficios. La memoria agradecida de Dios es un combustible espiritual para el alma. Recibir el perdón de Dios, y el perdón de los hermanos, revitaliza el corazón. Una tarea del Adviento es dejarnos rescatar por la ternura de Dios de cualquier fosa que pretenda retenernos. Nadie sabio se acostumbra a la esclavitud cuando el Señor de la vida llega, lleno de amor y compasión para sanarnos.
En el Evangelio, el corazón de Jesús tiene voz propia: “Vengan a mí todos los que estén cansados y agobiados, y yo les aliviaré.” Es un corazón con las puertas abiertas y con espacio suficiente para todos. Él es el refugio seguro, el hospital de amor. El alivio que ofrece nos permite llevar su yugo con confianza. Porque quien consuela a los demás nunca se cansa. Quien vive para abrigar a los otros no conoce el agobio. Porque realmente el Señor le ha prestado su corazón. Al amar con el corazón de Jesús, la fortaleza está garantizada.
En una sociedad que insiste en imitaciones superfluas, recibimos hoy la Palabra del Señor que nos dice: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón.” La mansedumbre y la humildad son las virtudes con las que nos ejercitamos para que nuestro pobre corazón se vaya pareciendo al de Jesús. Con la mansedumbre nos vamos formando y con la humildad nos vamos santificando; ambas son inseparables.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Le puedes poner nombre a tus cansancios? ¿Qué es lo que, en este momento, te agobia? ¿Puedes identificar dónde está puesta tu atención cuando sientes que la carga te derrumba? ¿Dónde estás descansando, dónde buscas descanso? ¿Andas tras la calma o a procura de paz? ¿Cómo estás ejercitando la mansedumbre y la humildad? ¿Por qué amar y servir no cansa, sino que alivia? ¿Le has pedido a Jesús su corazón? ¿Por qué los sacramentos fortalecen tu vida interior? ¿Deseas experimentar cómo la actitud de bendecir alivia y cura el alma?
Señor, hoy acudo a tu llamado y voy a ti. Gracias por abrirme las puertas de tu corazón. Te ofrezco como una ofrenda los cansancios de mis pies, mis manos, todo mi cuerpo y mi mente. Te los presento para que, en tu amor, renueves mi ser. Que pueda en ti, Señor, experimentar ese “cansancio alegre”, ese entregarme con sentido y valor en cada pisada por tu Reino. Como dice el antiguo canto, “que mi cansancio a otros descanse”, mientras yo voy aprendiendo a descansar en ti. Santa Eulalia, ruega por nosotros.
¡Seamos santos!
Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.
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