MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 11/12/25
(Is 41,13-20; Sal 144; Mt 11,11-15)
Miércoles de la segunda semana de Adviento
GUSANITO EN MANOS DE DIOS
Hoy, jueves de la segunda semana del tiempo de Adviento, el profeta Isaías abre el conjunto de las lecturas, situado en el bloque literario de las consolaciones. El mensaje de Dios consuela al pueblo que, en el exilio de Babilonia, recibe el anuncio de su liberación y del retorno a su tierra. En esta situación extrema, el pueblo es comparado con un “gusanito”. De ahí la expresión: “No temas, gusanito de Jacob”.
El fundamento del “no temor” lo da el mismo Señor, quien dice a su pequeño pueblo: “Yo, el Señor, tu Dios, te agarro de la diestra”, “yo te auxilio”. Lo decisivo no es la fragilidad de quien es llamado “gusanito”, “oruga”, sino la fuerza del Redentor, de aquel que lo asume, lo protege, lo custodia y lo hace caminar. El apelativo “Gusanito de Jacob”, “oruga de Israel”, no encierra en la espiritualidad del pasaje una connotación negativa, humillante o de desprecio, sino que es una imagen cargada de ternura, respeto y compasión, que busca infundir fe, confianza y abandono.
En medio de situaciones aplastantes, frente a imperios poderosos que amenazan con la destrucción total del pueblo de Dios, este pueblo cuenta con la presencia del Señor. Él sabe transformar el gusano en mariposa y hacerlo volar.
A ti y a mí también el Señor, en este Adviento, nos quiere transformar. Por eso es tan importante tomar en serio la preparación. Desde la insignificancia que somos, el Señor ha querido contar con nosotros. En nuestra debilidad se manifiesta. Todo el mérito es suyo, Él nos da la dignidad. A Él la honra y la gloria por los siglos de los siglos. La imagen que sabiamente rescata el profeta Isaías nos pone en contacto con nuestra propia fragilidad y con la firmeza del Señor que nos ampara y da la cara por nosotros. Ese pequeño “gusanito” prefigura la imagen de Cristo, quien se encarna en la humanidad para redimirla.
En el Evangelio se nos presenta una sección de las palabras de Jesús sobre Juan Bautista: “Les aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan”. Este profeta es muy especial. Ha sido el último de todos los del Antiguo Testamento. Muchos siglos y muchos personajes anunciaron al Mesías, pero Juan fue el bienaventurado a quien le tocó señalar: “Ahí está”, “prepárense”, “este es el Cordero”, “No soy digno de desatarle las sandalias de los pies”. Es una escena impresionante, un privilegio incomparable, una hondura mística singular, sin antecedentes. La grandeza de Juan inspira porque está cimentada en la humildad, en la pobreza, en la austeridad, en la sencillez de vida y en la radicalidad de la misión. Juan Bautista es escuela para los predicadores y predicadoras de todos los tiempos, modelo de fidelidad y de entrega total al anuncio del Reino.
Con todo, el mismo Señor nos dice: “El más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él”. En esta reflexión comprendemos que, si acogemos a Aquel que Juan anunció, si vivimos conforme a sus enseñanzas, a sus instrucciones y a su ejemplo de vida, también nosotros podemos ser grandes a la manera de Dios. Tú eres grande en Dios cuando creces hacia abajo en humildad, en sencillez y en servicio.
Jesús nos enseña que con Juan no se ha cerrado la posibilidad de que nosotros también seamos grandes. La grandeza se entiende como situarse como “gusanito” en las manos amorosas del Padre. El gusanito indefenso, no se vale por sí mismo, sino que depende de quien lo proteja. Es un “gusanito con dignidad”, en virtud de quien lo ha escogido, asumido e integrado en su espacio de santidad y justicia.
Qué bien nos enseña a recitar el Salmo: “¡El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas!”. Y como recuerda el papa Francisco: “La ternura nos hace bien”. Solo nos queda, siendo frágiles como gusanitos, agradecer infinitamente al Señor, darle gracias, bendecir su nombre, proclamar la gloria de su reinado y testimoniar sus hazañas.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Por qué cuando Dios nos llama “gusanito” no sentimos complejo, ni humillación, sino amor y ternura?¿Hay alguna realidad que amenaza con aplastarte como un gusanito? ¿Te gustaría escribir un párrafo donde describas la mano de Dios protegiendo y sosteniendo tu debilidad? ¿Por qué, Juan Bautista, siendo débil, predicaba y preparaba el camino del Señor con mucha fuerza? ¿Qué es lo grande para ti? ¿Te gustaría ser grande conforme a los criterios del Señor? ¿Quién es el más grande para Jesús? ¿Cómo hay que vivir y morir para entrar al Reino de los Cielos? ¿Tu vida es una presencia protectora para los más vulnerables?
Señor, yo, como una pequeña oruga, me refugio en tus manos. Tu ternura me hace bien, tu presencia calienta mis afectos y llena de plenitud mi existencia. No tengo temor a nada ni a nadie porque tú estás conmigo. Es inexplicable que te hayas detenido ante tanta fragilidad para integrarla, no solo a tu proyecto de salvación, sino a tu corazón mismo. Has puesto tu confianza en mí, porque tu amor me hace grande. Al experimentar la grandeza de tu amor no tengo más que agradecerte. Te ensalzaré, Dios mío, mi rey; bendeciré tu nombre por siempre jamás.
¡Seamos santos!
Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.
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