MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 27/12/25

Hoy, 27 de diciembre, es la fiesta de san Juan, apóstol y evangelista. Esta fecha se inscribe en la octava de Navidad, es decir, dentro de los ocho días en que se prolonga la solemnidad del Nacimiento del Señor; nos encontramos en el tercer día de esta celebración.

San Juan, autor del Evangelio que proclama al Verbo hecho carne, es unido íntimamente al misterio de la Navidad. Con razón afirma la primera antífona del Oficio de Lectura: “Juan dio testimonio del Verbo de Dios y de todo lo que conoció acerca de Jesucristo”. En este sentido, san Agustín se pregunta: “¿Quién podría tocar con sus manos la Palabra, si no fuese porque la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros?… En la encarnación se ha manifestado la misma Vida… Éramos capaces de ver la carne, pero no a la Palabra; por esto la Palabra se hizo carne, que puede ser vista por nosotros, para sanar en nosotros lo que nos hace capaces de ver a la Palabra”.

Entre los discípulos, Juan se distinguió por su hondura espiritual y contemplativa. La vida contemplativa solo puede brotar de la experiencia del amor del Señor. Él es reconocido como “el discípulo a quien Jesús amaba” (Jn 13,23). Este amor se manifestó no solo en su elección como discípulo, sino también en las ocasiones en que, junto a Pedro y Santiago, fue llamado a compartir experiencias singulares dentro de la comunidad. El momento más sublime fue cuando recibió el don extraordinario de acompañar a la Virgen María. El afecto de Jesús hacia Juan no se oculta en las páginas evangélicas que narran la convivencia con los Doce; más bien, parece evidente que todos lo sabían y lo aceptaban con naturalidad.

En la primera lectura de hoy, tomada de la primera carta de san Juan, se subraya el uso de los sentidos: “vista”, “oído”, “tacto”. Resuena con fuerza cuando afirma: “lo que hemos oído, lo que hemos visto, lo que contemplamos y palparon nuestras manos”. Todo esto, referido a la Palabra hecha carne, a Jesús mismo. La experiencia del Señor, narrada por un hombre contemplativo, es maravillosa: involucra todo su ser, su existencia, su respiración, su gusto y su olfato. Es una vivencia con raíces profundas, porque se hundió en el misterio como en la fuente de la que bebió y por la que fue bebido.

La vida de Juan, puesta en las manos de Jesús, fue configurándose poco a poco. Porque la contemplación convierte y transforma. Aunque identificado, junto con su hermano Santiago, por el carácter enérgico como “hijo del trueno” (Mc 3,17), también se revela como el discípulo tierno y cercano, capaz de reclinarse sobre el pecho de Jesús y confiarle allí sus inquietudes (Jn 21,20). Juan no recibió descripciones del olor del Señor: él mismo lo experimentó.

Los ojos de Juan contemplaron lo que pocos contemplaron: la transfiguración del Señor. Gustó un anticipo de gloria (Lc 9,28). La vida contemplativa de Juan se extendió también a los escenarios de dolor vividos por Jesús y por la comunidad. Contempló los misterios de sufrimiento estando presente en la agonía del Señor en Getsemaní (Mc 14,33), y sobre todo en el momento de la cruz. Fue el único de los discípulos que permaneció en el acontecimiento de la crucifixión (Jn 19,26-27).

Esta experiencia encierra una gran enseñanza: la vida contemplativa, la vida de oración, la intimidad estrecha con el Señor, sostenida por lazos fuertes de amor, permite mantenerse en pie en la noche desolada, en la oscuridad, en las tinieblas, en la crisis y en la tormenta. Quien persevera en el Señor sale victorioso. Juan llegó a la cruz con las manos vacías y regresó abrazando a la Madre del Señor. Ella fue la escuela donde afianzó su vocación contemplativa.

Todas esas vivencias, grabadas en su corazón y asentadas en su memoria, lo hicieron ver, pensar y sentir marcado por el misterio que lo llenaba. De ahí su actitud de creer cuando María Magdalena anunció la resurrección del Señor. Juan corrió apasionadamente, acompañado de Pedro, a quien respetaba con delicadeza y prudencia. Aunque era el más rápido, no se adelantó, como lo narra el evangelio del día. De este pasaje, el papa Francisco subraya que para entrar en el misterio, como lo hizo Juan, es necesario inclinarse, abajarse; solo así se puede ser verdadero testigo.

La tradición asegura que Juan pasó con la Virgen María el resto de su vida. Imaginemos la riqueza de esta convivencia mientras redactaba el cuarto evangelio. A él se le atribuyen también las tres cartas apostólicas, así como el libro del Apocalipsis.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Cuál es tu experiencia con Jesús y cómo la describes? ¿Quién te habló de Él y te lo dio a conocer? ¿Qué fue lo que te cautivó de su persona y de su amor? ¿Te fuiste con Él y permaneciste en su compañía? ¿Has decidido quedarte para siempre con Jesús? ¿Qué encontraste en el Señor que el mundo nunca pudo darte? ¿Sabes tomar tiempo para recostarte sobre su pecho y descansar allí? ¿Le compartes tus inquietudes en esa intimidad de confianza? ¿Podrías describir el fuego del amor que sientes por Jesús? ¿Respetas y admiras a las personas que también lo aman? ¿Te has ido transformando y modelando tu carácter en la compañía del Señor? ¿Cómo estás amando a los demás y transmitiendo tu experiencia para que ellos también lo sigan y lo experimenten? ¿Quieres inscribirte, como Juan, en la escuela de María, Madre y Maestra de la contemplación?

San Juan, apóstol y evangelista, intercede para que sepamos contemplar, en el misterio de la Navidad, al Niño Dios que permanece con nosotros.

¡Seamos santos!

Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.

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Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

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