MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 29/12/25
(1Jn 2,3-11;Sal 95; Lc 2,22-35)
Día V dentro de la Octava de la Natividad del Señor
¡SIMEÓN VE LA SALVACIÓN!
Hoy, 29 de diciembre, permanecemos dentro de la Octava de la Natividad del Señor. Son ocho días en los que celebramos la Navidad, desde el 25 hasta el 31 de diciembre, culminando el 1 de enero con la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios. El conjunto de las lecturas de toda la liturgia nos introduce en el misterio: el nacimiento del Hijo de Dios. Uno de los sermones de san Bernardo, abad, nos invita a contemplar la divinidad que se manifiesta en nuestra humanidad:
“… El Padre ha enviado a la tierra algo así como un saco lleno de misericordia; un saco, diría, que se romperá en la pasión, para que se derrame aquel precio de nuestro rescate, que él contiene; un saco que, si bien es pequeño, está ya totalmente lleno. En efecto, un niño se nos ha dado, pero en este niño habita toda la plenitud de la divinidad… Vino en la carne para mostrarse a los que eran de carne y, de este modo, bajo los velos de la humanidad, fue conocida la misericordia divina; pues, cuando fue conocida la humanidad de Dios, ya no pudo quedar oculta su misericordia”.
Simeón era “justo” y “piadoso”. Las virtudes de la justicia y la piedad consolidaron su ser y nos ofrecen la imagen de una persona madura, amante de la rectitud y de la equidad en su dimensión comunitaria. Hombre íntegro, de una sola pieza, con autoridad espiritual, en quien hizo morada el Espíritu Santo. La persona habitada por el Espíritu encuentra razón de vivir, y Simeón aguardaba el consuelo de su pueblo. El Señor confía verdades de fe a quien se convierte en reserva de esperanza para los que viven en oscuridad o no logran ver con claridad.
Con el oráculo del Espíritu -que “no vería la muerte antes de ver al Mesías”- Simeón nos enseña que necesitamos a Jesús como principio fuerte de nuestra existencia. Es duro vivir sin esperanza y sin saber qué esperar, pero la presencia del Mesías abre un horizonte nuevo: la certeza de que Dios mismo se hace nuestro consuelo y nuestra luz.
Simeón supo esperar en silencio y vigilancia. Fue capaz de identificar el impulso del Espíritu que lo condujo al templo ese día especial en que María y José llevaron al Niño. Se dejó conducir y, espontáneamente, tomó a Jesús en sus brazos. Quien abraza a Jesús aprende a bendecir, como Simeón lo hizo. La bendición brotó al constatar la promesa hecha vida; al contemplar en Jesús la plenitud, más allá de la muerte, deseó irse en paz. No esperó más nada. Todo su anhelo existencial se colmó en Jesús, ternura de Dios en brazos de un adulto mayor.
Quien abraza la luz, Jesús mismo, se torna luz. Y quien se torna luz, se convierte en bandera de disputa, porque ésta incomoda a los que viven en oscuridad. La profecía de Simeón a María: “Y a ti, una espada te traspasará el alma”, nos recuerda que no hay gozo sin cruz.
La primera lectura, de la carta del apóstol Juan, nos da el fundamento que distingue a las personas que realmente han tenido un encuentro con Jesús, que se han empapado del misterio y que se han sumergido en el sentido de la Navidad: se ejercitan en el mandamiento del amor. Porque quien dice que se ha encontrado con el Niño Jesús y no entra en su dinámica de amor, ternura, inocencia y mansedumbre, es un mentiroso, una mentirosa, y el amor de Dios no ha llegado nunca a su corazón.
Un verdadero encuentro con el Niño Jesús hace nuevas todas las cosas. Por eso nos invita a rezar el Salmo: “¡Alégrese el cielo, goce la tierra!”. La llegada del Señor a nuestras vidas es maravillosa y nos impulsa a entonar melodías nuevas.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Sabes trabajar y esperar por el consuelo de Dios para tu vida, tu familia, para la Iglesia y la sociedad? ¿Dejas que el Espíritu limpie tu interior? ¿Te dejas conducir por el Espíritu? ¿Hacia dónde te lleva? ¿Procuras la presencia de Dios en tu vida cotidiana? ¿Dónde la descubres? ¿Cómo se manifiesta? ¿Qué necesitas soltar para abrazar a Jesús? ¿Qué esperas en esta vida, a quién esperas? ¿Estás viviendo de tal manera que, cuando partas al otro mundo, puedas irte en paz?
Señor, como Simeón, dame la gracia de tener ojos contemplativos. Ojos dispuestos a descubrirte en lo cotidiano de la vida, entre la gente que va y viene, en los pequeños detalles del día a día. Que pueda despojarme de mí mismo para llenarme de tu Santo Espíritu. Que sea Él mi Maestro interior, y que pueda, Señor, dejarme conducir, porque sólo así seré capaz de dejarlo todo para tomarte en mis brazos y llevarte en mi corazón. Que pueda, en ti, Señor, practicar la justicia y vivir la caridad.
¡Seamos santos!
Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.
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