MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 4/2/25
(Hb 12,1-4; Sal 21; Mc 5,21-43).
DOS MUJERES: UNA ESPERANZA
El relato de este día nos presenta la historia de dos mujeres, una jovencita y otra adulta, que encuentran en Jesús su esperanza. Meditaremos lo que ellas nos enseñan para nosotros también saber esperar y confiar en Él, por más deteriorada o perdida que pudiera parecer nuestra existencia.
La joven: tenía doce años. Estaba en las últimas, postrada; sin condiciones de buscar, por ella misma, solución a su caso. El padre, llamado Jairo, acudió al Señor suplicándole. Necesitaba ser curada, seguir viviendo. Aquí tenemos el espejo de algunos jóvenes en nuestra sociedad. Aguardan la compasión de sus más próximos; que no los dejen agonizar pasivamente, cuando todavía hay esperanza.
La adulta: “padecía flujo de sangre desde hacía doce años”. A las dos se le atribuye la referencia al número “doce”. Esta numeración habla de todo el pueblo de Israel, y también de nuestro pueblo que, si está lejos del Señor, se desangra sin sentido de vida. Había sufrido mucho buscando solución a su caso, y no la encontraba. Iba al lugar errado, “médicos” extraños que no acertaban. Hoy, también se puede caer en la tentación de buscar “medicinas” que contradicen la fe y la confianza en el Señor y, en vez de mejorar, ponen a la persona, como la mujer del relato, cada vez peor.
La joven: Jesús entró a la casa de la niña, acompañado por Pedro, Santiago y Juan, sus más íntimos entre los Doce. Hizo una confrontación: -“¿Qué alboroto y qué lloros son estos?”. La daban por muerta. Echó fuera a quienes se reían. Solo quien ama aguarda en el Señor hasta el final, sabiendo que en Él, el final no existe, siempre hay esperanza. Para lo que iba a suceder, era necesaria la fe. La incredulidad entorpece el milagro. Tú y yo, también, hemos de saber a quiénes escogemos para ser testigos de la obra del Señor en nuestras vidas. Hay gente usada por el enemigo para enfriar la confianza.
La adulta: estaba rodeada de gente que seguía al Señor por el camino. Ella iba con su situación, atenta, considerando la manera de acercarse con la única herramienta que tenía, su fe. La fe le había entrado por el oído, porque como dice el pasaje: “había oído hablar de Jesús”. Es importante escuchar testimonios, dejarse impactar por ellos. Lo que el Señor hizo con otra persona, también lo puede hacer contigo. Las dos mujeres, en el pasaje, son llamadas “hija”. Tú y yo también lo somos. Somos para el Señor hijos e hijas de Dios Padre. Por eso, nuestro Señor, no regatea ni pierde tiempo para sanarnos y liberarnos, ya sea a lo largo del camino o introduciéndose en lo más íntimo del aposento de nuestros corazones. Pero, siempre exige: – “Basta que tengas fe”.
La joven: el Señor entró donde estaba la niña, la tomó de la mano. Para Él no estaba muerta. Estaba dormida. Por eso le dijo: “Contigo hablo, niña, levántate”. Quédate con esas palabras y tómalas para ti. Saborea en tu interior este mensaje. Siente que Jesús te dice, por tu nombre: “… contigo hablo, levántate”. Identifica cualquier realidad que te deprime, que te deteriora, que te hunde. Experimenta el toque de Jesús. Él te llama a la vida. Te da la vida. Te devuelve el aliento. Aunque nadie confíe, el Señor invierte en ti; espera que reacciones.
La adulta: de manera diferente, para sanarse, también necesitó el toque de Jesús. Canalizó sus pocas fuerzas para alcanzarlo. Encontrarse con el Señor era la medicina necesaria. No todos los que apretujaban al Señor tenían fe como ella. Por eso, como quien roba salud, lo hizo a escondidas. Se le describe temblorosa, con miedo. Pero el Señor, que se enteró de ese toque creyente, la liberó también del susto. Le llamó “hija”; le reconoció su mérito y dignidad. No estaba robando. Nos enseñó que Jesús sana nuestras hemorragias existenciales. Las dos mujeres se echaron a andar con vida nueva.
Preguntas que llevan al silencio: ¿dónde estás buscando solución a tus “enfermedades”, al sin sentido, al vacío, a las frustraciones? ¿Cuáles son tus hemorragias? ¿Por dónde y en qué se podría desperdiciar tu vida? ¿Esas “medicinas” extrañas te ponen peor; cómo descubres que en vez de sanarte te quitan la vida? ¿Tú permites que gente burlona te condicione la fe? ¿Tú tienes valor de echar a un lado la gente que se ríe y que entorpece el milagro? ¿Necesitas escuchar esas palabras: ¡levántate!? ¿Cómo le estás dando la mano a la gente que está postrada? ¿Qué significa para ti, “tocar el manto del Señor”? ¿Te acercas al Señor, le adoras, deja que Él te toque el corazón?
Señor, como dice el salmista, te alabarán todos los que te buscan. Porque tú eres la esperanza que no defrauda. Tú inspiras, buen Jesús; nos desconcierta tu compasión y tu misericordia. Nos postramos ante tu presencia. Que por nuestra fe en ti experimentemos tu salvación.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Angela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
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