MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 24/2/25

Hoy, lunes, semana 7ª del tiempo ordinario, el Eclesiástico nos habla de la “sabiduría”; primera criatura del Señor. Frecuentemente igualada a la “prudencia”. Ha sido suplicada al Señor, como don, por hombres y mujeres, buscando administrar la propia vida con luz del cielo, e instruir a los extraviados, desde el arte del buen vivir. En el Nuevo Testamento, contemplamos a Jesús encarnando la sabiduría de Dios.

Las enseñanzas del evangelio de hoy reflejan la sabiduría de Jesús para que podamos alcanzar la sabiduría siguiendo su ejemplo. En ocasiones nos superan las fuerzas maléficas, por enfrentarlas de manera equivocada. Esto pasó con algunos discípulos, quienes intentaron liberar a un niño dominado por un espíritu que no le dejaba hablar y lo maltrataba.

En la vida, en ocasiones, se te presentan esos espíritus contrarios, que no te dejan hablar, que te quitan la palabra, te atropellan; buscando, sencillamente, acabar con el inocente. Quien no sabe de malicia, una vez atrapado en sus redes, no tiene condiciones de salir solo. Necesita ayuda, asistencia. Por eso, en el pasaje, el papá del niño, al no encontrar a Jesús, lo confió a sus discípulos. Esos discípulos, en aprieto, espiritualmente desnutridos, no pudieron rescatar al indefenso.

El Señor nos enseña cómo superar grandes peleas. Fíjate cómo Él entró en escena. Estaba bajando de la montaña, cuando encontró al gentío discutiendo la situación del niño. Con algunos discípulos de testigos, el Señor había vivido la experiencia de la transfiguración. En la vida, también tienes esos contrastes: por un lado, experimentamos la gloria, y por otro, nos enfrentamos mal. Si no te fortaleces con la oración, serás como un cuerpo sin defensa, al que los vientos contrarios debilitan.

El Señor se escandalizó de que sus discípulos, a esa altura del seguimiento, no hayan podido expulsar al mal. Identificó la causa: falta de fe. Con tan solo mirar a Jesús, ya el espíritu malo comenzó a reaccionar. La lección central del texto se localiza en la frase que Jesús dice al padre del niño, quien pidió compasión: —“Todo es posible para el que tiene fe”. Tú y yo, debemos hacer caligrafía en la memoria del corazón con esta frase. Todo lo bueno, lo sabio, lo prudente, es posible para el que tiene fe. Tener fe es creer en el poder de Dios. Cuando tienes fe, tú sales de escena, y le abres paso a la divinidad. Con la fe, te sumerges en el plano celeste, y le quitas el mérito a las influencias terrenales. La fe es otra cosa.

La humildad del padre del niño se dejó sentir, cuando le respondió a Jesús: —“Creo, pero ayúdame a tener más fe”. El Señor acogió la súplica, por la intención y la pureza expresadas. Lo que no pudo alcanzar el tamaño de su fe, lo alcanzó su transparencia y honestidad. Ese hombre reflejó la actitud con la que se conquistan los favores del cielo. No le mueve al Señor las arrogancias espirituales. No se mostró ese hombre como quien reunía las condiciones. Se mostró con lo que llevaba, una fe con vacilaciones. Una fe, con la que Él no se conformaba, y por eso, pedía que se la aumentase. El milagro sucedió. El niño quedó liberado.

La catequesis del relato se sintetiza cuando el Señor aclara a sus discípulos que no pudieron echar el mal, porque hay clases de espíritus que solo se expulsan con oración. El texto griego no presenta, en este pasaje, la palabra “ayuno”.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Tú sabías que, en ocasiones, se cree que orar es perder el tiempo? ¿Sabías que el tiempo se pierde cuando no sabes qué hacer ni cómo vencer el mal? ¿Cuándo fue la última vez que te fuiste a la “montaña”, la “montaña” que está en tu cuarto, en tu rincón del recogimiento? ¿Por qué la oración es como un farol que ilumina tus pasos? ¿Por qué la fuerza interior, la fuerza de la verdad, la fuerza del amor, no se conquista con estrategias humanas? ¿Tú necesitas la fuerza que emana de la fe y la oración? ¿Por qué la fe se alimenta con la oración? ¿Tú te atreves a pedirle al Señor que te aumente la fe, si no estás en actitud de hacer más oración? ¿Cómo te identificas: como alguien que tiene mucha fe, o como persona que necesita que se la aumenten? ¿Tú sabías que el cielo está lleno de milagros esperando que aumente la fe en la tierra? ¿Detrás de qué tú andas? ¿La sabiduría de Jesús está cautivando tu mirada? ¿Qué le dices al Señor sobre tu fe?

Señor: que yo pueda orar con responsabilidad para que tú puedas aumentar mi fe. Dame la sabiduría para buscar la fuerza que viene de ti. Hazme fuerte en tu gracia y en tu misericordia. Nada me hace temblar cuando tú vas conmigo. Cuando no me distraigo en tu presencia, cuando te complazco a ti en mis andanzas, tú y yo, Señor, en oración, somos vencedores..

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

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