MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 28/2/25
(Ecl 6,5-17; Sal 118; Mc 10,1-12).
MATRIMONIO: MÁS QUE AMISTAD, UNA SOLA CARNE.
Hoy, viernes, semana 7ª del tiempo ordinario, la primera lectura del Eclesiástico nos habla de la amistad, y el evangelio del matrimonio. Vamos a meditar y a considerar cómo “la amistad” y “el matrimonio” comparten algunos valores. Lo que dice la sabiduría sobre la amistad ilumina las relaciones matrimoniales.

En un contexto donde se promovía y justificaba el divorcio, Jesús buscó fundamentos para que este permanezca. Los partidarios de la separación se basaban en argumentos superficiales. Jesús enseñaba a sus seguidores a apoyarse en serios criterios para afianzar la unidad. La unidad del matrimonio se consolida en la bendición recibida de Dios. Entrar en relación matrimonial es sumergirse en los planes de Dios. Lo propio de Dios es la alianza, el amor, la fidelidad, la vida compartida y creativa.
¿Pero, cómo permanecer en la bendición de Dios? ¿Cómo sumergirse en el misterio de llegar a ser “una sola carne”? ¿Qué unidad tan grande es esa, capaz de superar la terquedad humana, las diferencias, las intolerancias? El conjunto de las lecturas nos dan pautas para alimentar la unidad del matrimonio y que este prevalezca, sin que naufrague en las aguas de la separación, en los vientos torrenciales del orgullo.
El Salmo 50, cada viernes penitencial sale a nuestro encuentro, y nos da una clave de vida y convivencia extraordinaria. El orante, ante la presencia de Dios, y dirigiéndose a Él, le expresa: “Te gusta un corazón sincero” (v.8). Es aquí como la sinceridad y la transparencia son tesoros celestes que enriquecen el matrimonio.
Vamos a destacar, a continuación, valores compartidos entre la amistad y el matrimonio. Observa como la sabiduría, en Eclesiástico, pondera, en la relación y la comunicación “la voz suave”, “los labios amables”. De manera que, al buen trato nadie pone resistencia. Sin vida de oración es imposible alcanzar dichas gracias, porque de hecho, estas son sencillos reflejos de la vida en Dios.
El consejo sabio realza la “confidencialidad”. Esta virtud es amiga inseparable de la prudencia y de la lealtad. Como sucede en relaciones de amistad, vale advertir al matrimonio el peligro de convertirse en “rivales” y desvelar los secretos en tiempos de riñas. Esto sería, romper alianza. En esos lapsos de crisis, cuando tienten las infidelidades, la traición, es mejor hacer caligrafía y repetirse interiormente: – “Al principio no era así”. No hay que tener miedo ni pereza de volver al principio de Dios, a su bendición, las veces que sean necesarias. El paraíso que Dios soñó, no lo devaste el orgullo.
Otro valor de la amistad, compartido con el matrimonio, es la “fidelidad”. Permanecer unidos, en Dios, sin importar los temporales que remuevan la barca. Es duro quedar solo en tiempo de desgracia. Contrariamente, en la precariedad se conocen las intenciones profundas del corazón. La memoria de penurias compartidas crea sólidos lazos de comunión. La misma relación del creyente con Dios, ilumina la convivencia del matrimonio que camina en santidad: “Aunque pase por valles de tinieblas, ningún mal temeré, porque tú vas conmigo” (Sal 22,4).

Cuando el matrimonio se alimenta con vitaminas espirituales, entonces, además de ser una sola carne, son, en el Espíritu de Dios, un solo espíritu. Esta dimensión trascendente permite acoger al compañero, a la compañera de vida, como “un tesoro”. He conservado el testimonio de un señor, quien, hablando de su esposa dijo: – “Yo tuve que crecer como persona para estar al lado de ella”.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Cómo está tu matrimonio? ¿Cómo lo describes? ¿Tú estás buscando argumentos para separarte? ¿Qué estás haciendo para que tu matrimonio permanezca, y permanezca bien? ¿Están viviendo como era en el principio, donde Dios miraba y decía: todo era muy bueno? ¿Cuáles vientos atacan tu unidad matrimonial? ¿Qué maniobras, en el Señor, estás buscando para que tu barca no naufrague? ¿Te gustaría colocar, en las paredes de casa, algunos valores a ser ejercitados? ¿Cómo está tu terquedad, qué dices de la tolerancia, del respeto, de la fidelidad? ¿Tú serías capaz de traicionar la lealtad, la confianza que han depositado en ti, en tiempos de riña? ¿Con qué autoridad te atreverías a separar lo que Dios ha unido?
Señor, oramos por los matrimonios. Por los sufrimientos ocultos. Sana de raíz las heridas que no permiten que la felicidad, en ti, sea posible. Bendice, Señor, los corazones tercos, y que la humildad prevalezca para siempre. Como dijo el papa Francisco, nunca falten en los matrimonios esas palabras que reconstruyen las relaciones: gracias, perdón, permiso.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
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