MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 20/3/25

Hoy, jueves, semana 2ª de Cuaresma, el evangelio, con el relato del “hombre rico” y del “pobre Lázaro”, te permite meditar en la vida después de la muerte. Es un texto que viene a despertar nuestra conciencia, en una sociedad donde el sentido trascendente de la existencia está en continua amenaza. La tendencia es a ignorar que para Dios no hay muertos, solo vivos, y que esta vida donde actualmente somos peregrinos, sencillamente es como una flor del campo, que en un momento está y en el otro desaparece.

El pasaje demuestra cómo nuestras actitudes, en el presente, inciden en realidades futuras. El texto te abre una ventana para ver lo que sucede contigo luego de la partida. Esto me recuerda un comentario de alguien que había soñado con una persona amiga, fallecida recientemente. En el sueño le dijo: – “El paso no fue fácil. Yo pasé de milagro”. Esos hechos de vida y los fundamentos del evangelio, no buscan infundir terror, sino que funcionan como despertadores para enderezar y ordenar la vida; en vista a recuperar la dimensión trascendente a la que estamos llamados.

Ese “hombre rico” del que habla el pasaje, no tiene nombre. Es el espejo de toda persona que lleva una vida enfocada en sí misma. El problema no era su vestido de púrpura y lino, sino el desentendimiento de aquel llamado Lázaro que estaba vestido de llagas. El asunto no estaba en el banquete disfrutado, sino en el hecho de que mientras se saciaba, no tenía en cuenta el hambre de aquel que estaba fuera, en el portal de la casa.

“Pobre”, en la Sagrada Escritura, es la persona que tiene deseos y no puede satisfacerlos. En este sentido, Lázaro era un pobre. Él deseaba saciarse de lo que tiraban en la mesa del rico, pero nadie se lo daba. Aguantaba en silencio. Esperaba misericordia. En ningún momento reclamó. El hecho de estar ahí, en ese portal, era su manera de apelar a la conciencia del otro. Se colocó donde fuese visto. Pero, sencillamente fue ignorado, como invisible. No entró a la casa, tampoco nadie de la casa le pasó aquello que necesitaba. Los únicos amigos de Lázaro eran los perros, que no hacían diferencia entre las personas.

Pero el tiempo pasó y las realidades cambiaron. Murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán. Este personaje del Antiguo Testamento es el modelo de hospitalidad y acogida. Ahora, en el trayecto, Lázaro fue revestido de gracia y santidad. Su alma tenía toda la riqueza necesaria para entrar al cielo y compartir el banquete eterno con los santos y las santas. El paso no lo garantizó su pobreza, su precariedad material, sino su humildad, la pureza de intención, la confianza y el abandono en Dios, la unidad con Él; la esperanza en Aquel que no defrauda. No toda persona pobre económicamente es santa y justa; ni todo pudiente es egoísta y desentendido.

En el pasaje, cuando murió el rico, lo enterraron. Su boleto no le permitió llegar al cielo. La dureza de su corazón, y su egoísmo, lo sometieron a vivir en el abismo. El infierno comienza con la ausencia de Dios. Cuando estás lejos de Él. Cuando miras y no puedes alcanzar el consuelo. La conciencia de lo que hiciste, de cómo fuiste, de las oportunidades de hacer el bien, de compartir, de acoger, todas desperdiciadas, se convierten en tortura para el alma.

Ese hombre rico tenía hermanos. O sea, sabía de otras personas con las mismas condiciones y actitudes que él. De ahí que abogó para que sean visitadas y alertadas sobre las realidades de tormentos que sufría, a fin de que recapaciten. Pero se le advirtió que no eran “los muertos resucitados” los encargados de esa tarea, sino los profetas, los voceros de Dios. Aquellos que en la actualidad están hablando, predicando, anunciando, pero con frecuencia son ignorados, no se les hace caso.

Preguntas que llevan al silencio: ¿En qué o en quién has puesto tu confianza? ¿Alguna vez te has sorprendido con actitudes de indiferencia? ¿Cómo resuena en ti la palabra “individualismo”? ¿Has pasado por la experiencia de “esperar” y no recibir? ¿Tú has colaborado para satisfacer buenos deseos en personas necesitadas? ¿Cómo vives la hospitalidad? ¿Con quiénes compartes la mesa?¿Estás acogiendo a los demás como quisieras que un día te acogieran a ti? ¿De qué te estás vistiendo; tu vestido es gracia y santidad?¿Estás viviendo en el presente con sentido de transitoriedad? ¿Estás apegado a esta vida? ¿Qué te parece que llegará el tiempo donde otras personas decidirán por ti?

Señor, yo quiero poner mi confianza en ti; meditar tu Palabra en todo momento. Que ella despierte mi conciencia. No quiero desentenderme de que tú estás en el hermano necesitado. Señor, que no sea indiferente a los gritos de hambre y de justicia. Que no me acomode, sino que salga al encuentro como quisiera que un día, Señor, tú salieras a recibirme. Que vaya, en humildad, haciendo con otros lo que quisiera que hicieran conmigo

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

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