MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 04/5/25
(Hch 5,27b-32.40b-41; Sal 29; Ap 5,11-14; Jn 21,1-19)
II SEMANA DE PASCUA
SIETE RASGOS DE LA FE EN CRISTO RESUCITADO.
Estamos en el III Domingo de Pascua. El conjunto de las lecturas muestran lo que significa vivir la fe pascual, o sea, realzan rasgos de una fe en Cristo resucitado. En esta meditación destacamos siete.
La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, indica dos de dichos rasgos: libertad y obediencia. Así lo refleja Pedro, al responder ante las autoridades que intentan prohibirles la misión: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”.
Cuando tú obedeces a Cristo eres libre ante los criterios del mundo. Bendita obediencia que ofrece tamaña libertad. Libertad para situarse, tomar postura, determinación, fidelidad, etc. Con la obediencia, viene el regalo del Espíritu Santo. Porque la persona obediente al Señor necesita fuerza de lo alto para no acobardarse ante las corrientes contrarias, que tientan a desertar.
La segunda lectura, tomada del Apocalipsis, describe una de las visiones de Juan. En esta, contempla los cielos, y en él, al Cordero resucitado, junto al Padre, que está sentado en el trono. Los millares y millones de ángeles, los vivientes y los ancianos, representan la comunidad de los santos y las santas que alaban al vencedor de muerte. ¡El Cordero está vivo!
En la visión apocalíptica, se revela la actitud que ha de tener la Iglesia militante, mientras peregrina en sus misiones. Se espera que, ante el acontecimiento de la Resurrección, tú y yo, estemos alabando sin cesar, porque nuestra esperanza no ha sido defraudada. Cuando la persona tiene conciencia de la presencia del Resucitado, sencillamente, nace la alabanza. La alabanza es el tercer rasgo, en el hilo conductor de esta reflexión.
El evangelio, a su vez, destaca dos partes en su narrativa. Primero, habla sobre la pesca milagrosa. Aquí, queda evidente que para reconocer a Jesús resucitado es preciso el presupuesto del amor. En este sentido, el primero en identificar al Resucitado no es Pedro, sino el discípulo amado. Es él quien dijo la frase contundente: -“¡Es el Señor!”. Quien ama al Señor con sinceridad, descubre sus huellas en todas partes. El amor es también un rasgo, el cuarto, que distingue la fe en el Resucitado. Sin amor no hay visión, tampoco identidad ni compromiso. Aunque el discípulo amado sobresale en su amor a Jesús, Pedro también lo demuestra. En su gesto de saltar al agua, para ir hasta el Señor. El detalle indica que su amor por Él sigue vivo, como lo confirmará públicamente.
En esta primera parte del evangelio también se refleja el quinto y el sexto rasgo de la fe pascual: la comunión y el comulgar. La red, que estaba llena de peces, diversos, diferentes, y no se rompió. Esto habla de unidad fraterna en torno al Señor. El sentarse, en la orilla, donde Jesús compartió los panes y los peces, evoca la celebración eucarística. Si el Señor no hubiese resucitado no tendríamos Eucaristía.
La segunda parte del evangelio de este III Domingo de Pascua, muestra la triple confesión de Pedro. Él, quien lo había negado tres veces, ahora afirma, en tres ocasiones, el amor por el Señor. Este momento, concentra el séptimo rasgo de la fe, en dos dimensiones: profesión de amor y la demostración del mismo.
El Señor interroga a Pedro, en tres ocasiones, preguntándole si le ama, si le quiere. Jesús espera, con la respuesta, que le asegure su amor, tanto como persona, como con su proyecto; o sea, con todo lo que Jesús es y obra. Por eso, la exigencia del Señor, ante cada respuesta: “apacienta mis corderos”, “pastorea mis ovejas”. El amor a Jesús implica cuidarles a los iniciados en la fe, y el acompañamiento a los que están en el camino. El amor se demuestra asumiendo enteramente los intereses del amado.

Preguntas que llevan al silencio: ¿A quién tú estás obedeciendo, agradando, a Dios o a la gente? ¿Tú sabías que quien es esclavo de Cristo se torna una persona totalmente libre? ¿Cómo tu fe en Cristo resucitado se transforma en alabanza? ¿Cuál es tu tiempo de alabanza? ¿Cómo se comprende alabar al Señor en todo momento, porque el Señor vive eternamente? ¿Por qué la Eucaristía te sustenta para amar, y convivir con los demás hermanos y hermanas? ¿Tú aseguras que amas a Jesús? ¿Cómo le demuestras al Señor que le amas? ¿Cómo tú asumes los intereses del Señor, en tu vida?
Señor: como el salmista, quiero darte las gracias por siempre. Yo te ensalzo, porque me has librado. Con tu resurrección me has sacado del abismo profundo. Con tu luz podemos salir de las tinieblas. Si al atardecer nos visitó el llanto, por la mañana, contigo, nos llega la alegría y el júbilo. Aquí estoy, Señor, te amo y quiero demostrártelo.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.
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