MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 6/5/25

Hoy, martes, semana III de Pascua, te invito a que interpretemos el conjunto de las lecturas desde la actitud que tuvo Esteban, el primer mártir del cristianismo, “perdonar como Jesús perdonó”.

La primera lectura, de los Hechos de los Apóstoles, presenta el relato donde Esteban predicaba la Palabra a los ancianos y a los escribas del pueblo. El genuino predicador busca el bien de las personas, su salvación. Este bien exige, como punto de partida, la docilidad y la mansedumbre de corazón, para acoger el mensaje. Por eso, la primera confrontación apunta a la dureza interior de los que escuchan, y a su resistencia al Espíritu Santo.

La profecía de Esteban les hizo rebuscar en sus memorias. Les denunció la manera en cómo, desde antiguo, mataron a los profetas, y a su vez, cómo terminaron traicionando y matando al mismo Señor. En medio de tales palabras, Esteban elevó la mirada al cielo. Describió la visión diciendo: “Veo el cielo abierto y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios”. Con dicha declaración, anunció la resurrección del crucificado. Si las primeras palabras de Esteban, les recomieron por dentro; ahora les hicieron tapar los oídos y abalanzarse sobre él para apedrearlo.

El odio contra Esteban no nació porque él les hubiera hecho algún mal, sino porque les quiso hacer un bien. Buscó sacarles de la oscuridad e introducirlos a la luz, al camino de la vida. Esteban no tenía piedras en las manos, no tenía ningún tipo de armas. Solo tenía la Palabra; no pudieron soportarla. Estamos ante una injusticia contra un inocente.

Esteban, ante los ataques de muerte dijo: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”. No tenía, y lo supo, más chance en esta historia humana. Sin embargo, la vida que terminaba para los hombres de este mundo, apenas comenzaba a los ojos de la fe. La expresión: “recibe mi espíritu”, introdujo un nuevo comienzo; solicitó formalmente la entrada para la vida plena en el Señor. Por Él vivió, por Él predicó, por Él murió, por Él creyó en la vida eterna.

Esteban cayó de rodillas. Las pocas fuerzas restantes las empleó para lanzar un grito. Su grito no fue de dolor, de angustia, de frustración. No fue un grito de impotencia, de queja o de lamento. El grito de Esteban se convirtió en oración, que subió hasta el Señor como incienso: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”.

El testimonio de Jesús, en la cruz, estaba muy vivo en la vida de Esteban. Tuvo la misma actitud que el Señor demostró con sus agresores. Manifestó lo que lleva dentro, en su corazón, cuando fue capaz de abogar por quienes le asesinaban. La vida que le entregaba al Señor estaba llena de misericordia y perdón.

El evangelio te dice a ti y a mí, cuál es la clave para tener fuerzas y perdonar siempre y en todas circunstancias. Necesitamos esa fuerza. La humanidad sola, que cargamos en este cuerpo mortal, no es suficiente para vencer el orgullo, sanar de raíz, extirpar el deseo de venganza, el impulso de pagar el mal con mal o la tendencia a esperar el desquite, en la vida de los agresores. Necesitamos vitamina sustanciosa, manjares de santidad, que puedan asistirnos en nuestra debilidad. Sin este alimento, no pudiéramos elevarnos del suelo de la mediocridad, y habitar por siempre en el país de la vida.

Por eso, el Señor revela el alimento principal: “Yo soy el pan de vida”. El Señor se nos da en forma de pan. Es la Santa Eucaristía. Al comulgar, se sacia toda hambre, se seca toda pretensión. Ya no se busca otra cosa, otra plenitud. Sencillamente, se suelta todo aquello que distrae de este alimento verdadero. La sed, en adelante, es saciada. No se busca otro pan, que no sea Cristo, ni se desea otra agua, que no sea la suya. El perdón refleja el corazón de quien comulga conscientemente.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Qué aprendiste de la vida de Esteban? ¿Tú tienes libertad de espíritu para defender los intereses del Señor? ¿Qué tú haces si los demás desaprueban tu palabra, apoyada en el evangelio? ¿Le tienes miedo a las pedradas? ¿A quién miras: al Señor, que te da las fuerzas para anunciarlo, o a quienes tienen piedras empuñadas? ¿Tú sabías que el perdón, cuanto más grande ha sido el daño, más mérito tiene delante de Dios? ¿Cuándo llegue el día de tu partida, en cualquier circunstancia, tendrás la conciencia de decirle al Señor: “te entrego mi espíritu”? ¿Cómo deseas que esté tu espíritu en el momento de esa entrega definitiva? ¿Qué deseas entregar: un corazón herido, resentido, o un corazón libre, dispuesto a llenarse de gracia y santidad?

Señor, como el salmista, con la confianza de un hijo, de una hija, te digo: – “A tus manos encomiendo mi espíritu”; tú eres mi refugio y guía. Yo confío en ti. Que tu misericordia, Señor, sea mi gozo y mi alegría, para siempre.

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.

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Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

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