MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 30/7/25
(Ex 34,29-35; Sal 98; Mt 13,44-46)
XVII Miércoles Tiempo Ordinario.
EL TESORO DE LA SANTIDAD
Hoy, miércoles, semana 17ª del Tiempo Ordinario, la Iglesia hace memoria de san Pedro Crisólogo. Nació en el año 380, en Imola, Italia. Formó parte del clero y en 424 fue elegido obispo de Ravena. Reconocido como pastor celosísimo, comenzó a destacarse por su apasionada dedicación al rebaño que le fue confiado. Uno de los dones que le caracterizaban fue predicar, incluso a las personas no creyentes. Los resultados, las conversiones, de quienes les escuchaban, evidencian los fundamentos de sus enseñanzas, las que estaban acreditadas por su testimonio de vida.
La predicación de este santo estaba marcada por la sencillez de su comunicación, la profundidad doctrinal, la brevedad del planteamiento, y su fuerza espiritual, convincente. Por estas referencias fue apodado como “crisólogo”, que significa “palabra de oro”, “el que habla bien”. Se conservan escritos unos 180 de sus sermones. Por estas fuentes, se fundamenta la fe, las contribuciones reflexivas a la Iglesia, mediante las cuales numerosos fieles se han formado y lo siguen haciendo. Por tales méritos, en el año 1729, Benedicto XIII lo declaró Doctor de la Iglesia.
Las lecturas del día nos siguen aportando elementos para que nosotros, y nosotras, desde los diversos estados de vida, sigamos caminando en santidad. La santidad no ha pasado de moda; basta asumir, con la fuerza del Espíritu Santo, la valentía de pertenecer a Dios, y creer fielmente. Para esto, Moisés, en la primera lectura, nos anima a sacar tiempos fuertes para establecer comunicación profunda con Dios, fuente de toda santidad.
Moisés, tenía la responsabilidad de guiar al pueblo de Dios. No se fiaba de sus propias fuerzas o intuiciones. Iba a buscar donde había. En Dios estaba el manantial de su sabiduría. Se sumergía tanto en el Señor que bajaba del monte con el rostro radiante. La luz transmitida no era efecto solar, sino el reflejo de la pureza de su corazón, la sinceridad de su alma; quedaba impregnada de la presencia divina, de la gracia de Dios, imposible de fingir o disimular.
Al llenarse de Dios, Moisés no podía ocultar dichas huellas sagradas. Pobre hubiese sido la experiencia si Moisés, solo bajaba con el rostro radiante. Este mediador, estaba marcado por hermosas actitudes, humanas y misericordiosas con el pueblo de Dios, a quien amaba y protegía más que a su propia vida. La santidad de Dios no se contradice. Se demuestra más allá de las apariencias.
El evangelio del día nos enseña cómo tú y yo podemos emprender el camino de la santidad. En las palabras del mismo Jesús se nos dice: “El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo”. Para que seamos santos, como Dios es santo, hemos de hacer una opción de vida. No podemos optar por el tesoro divino, sin tener cómo abrazarlo, acogerlo, asumirlo, custodiarlo. Es necesario soltar todo lo que no sea armonioso con el Señor. Venderlo todo, desapegarse de todo, desapropiarse, liberarse. Y colocar toda la atención, los sentidos, el corazón, en el gran tesoro que es el Señor mismo, su persona, su santidad, su Reino.
Dice Jesús, a su vez, que “el Reino de los Cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra”. Ese comerciante, nos recuerda al mismo Dios. Él es quien da todo lo que tiene, su Hijo Jesús, para que tú y yo, le pertenezcamos a Él; como el Hijo también le pertenece. Somos, a los ojos del Padre, perlas preciosas, de valor inmenso e incalculable.
El Salmo del día, no deja de darnos sus enseñanzas. Nos anima a vivir en santidad. Recitemos, tú y yo, con el orante, estas palabras sagradas: “Santo eres, Señor, Dios nuestro”. Ante esta conciencia, solo nos resta, como creyentes, alabar al Señor en todo momento, reconocer su grandeza que alcanza nuestra pequeñez para dignificarnos. Siendo el Salmo 98, como todos los de su género, una escuela de oración, nos indica que para hablar con Dios, una de las mejores posturas es postrarse ante su santidad, que llena toda la tierra.
Preguntas que llevan al silencio. Hoy, las preguntas de esta meditación, las tomaremos del Sermón 148 del santo del día, Pedro Crisólogo. Ahí nos sigue cuestionando a los creyentes de todos los tiempos: “Ser humano, ¿por qué te consideras indigno, tú que tanto vales a los ojos de Dios? ¿Por qué te deshonras de tal modo, tú que has sido tan honrado por Dios? ¿Por qué te preguntas tanto de dónde has sido hecho, y no te preocupas de para qué has sido hecho? ¿Por ventura, todo este mundo que ves con tus ojos, no ha sido hecho para que sea tu morada?
Señor, por tu rica misericordia voy conociendo mi pobreza. Gracias por caminar en mi tierra, para que sobreviva en tu presencia, que dignifica mi existir. Qué santos son tus criterios, Señor, y qué distantes están de los nuestros. Tú, sencillamente, abres las puertas de tu corazón, para amarnos y que aprendamos amar. Sin caridad, Señor, nos alejamos de la santidad. Dame tanto amor cuanto pueda recibir. Dame silencio, recogimiento y libertad para esparcir tu perfume. Los santos y las santas me enseñan, que una vida sin malicia es posible. Gracias, Señor, porque tú eres el tesoro compartido y repartido. En ti, hay santidad para todos.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.
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