MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 5/8/25

Hoy, martes, semana 18ª del Tiempo Ordinario, la primera lectura del libro de Números narra una de las causas de los sufrimientos de Moisés. No solamente la gente del pueblo lo criticaba, y malinterpretaba sus intenciones; sino que hasta sus propios hermanos, María y Aarón, lo murmuraban. Cuando no hay motivos para cuchichear contra el inocente, quienes caen en oscuridad, le inventan difamaciones. Los hermanos de Moisés, ante su vida coherente, le injuriaron por el origen de su esposa. También, con notable envidia, decían que no era al único al que Dios hablaba.

Las murmuraciones hechas a Moisés llegaron hasta el Señor. El texto revela el método divino para resolver tales asuntos. Les llamó a los tres. Separó a Moisés de los criticones. Les hizo saber a los dos hermanos, que “a sus profetas les habla por medio de sueños y visiones”. Pero que a Moisés, el más fiel de todos, le hablaba “cara a cara”. Estas afirmaciones demuestran el nivel de intimidad de Moisés con Dios. Se subraya su profunda relación y el grado de discernimiento que este servidor tenía.

Al Señor no le agradó, ni le agrada, que difamen a sus servidores. Él sale en defensa de estos. La forma literaria o de expresión, en que la narrativa fue escrita, coloca a Dios hablando directamente. Pero, para nosotros hoy, lo que importa es que el Señor da a conocer su manera de pensar, su forma de ser y proceder. Es duro cuando alguien va calumniando, lejos de la verdad, y luego, el mismo Dios le hace callar la boca, mediante distintos canales. El Señor tiene su manera de corregir, y de limpiar lo que lenguas distorsionadas van ensuciando.

El texto presenta que María, luego de las correcciones recibidas, enfermó. Quedó con la piel descolorida. La reacción nos hace pensar en el mal que nos hacemos a nosotros mismos, cuando hablamos mentiras y difamamos la imagen de las otras personas; cuando no reconocemos la gracia del Señor que opera, incluso en quienes están más cerca de nosotros. Aarón, viendo a su hermana, reconoció el pecado que habían cometido, y pidió perdón a Moisés.

Quizás tú, alguna vez, has experimentado una situación parecida: alguien que llega a pedir perdón, porque el Señor le hizo ver la injuria cometida. Un día, a ese difamador o difamadora, le llega luz del cielo y recapacita. Aarón suplicó a Moisés por María. Reconoció, así, la gracia intercesora de su hermano ante Dios.

Moisés intercedió por ella. No guardó rencor. Fue capaz de favorecerla con sus súplicas. ¡Qué corazón tan sano y santo! Sin embargo, el Señor decidió que ella quedase apartada de la comunidad durante siete días. Esta medida es saludable para nosotros también. Algunas veces necesitamos darnos una pausa, para valorar bien a los hermanos y hermanas. Esos días de silencio y recogimiento nos ayudan a encontrar el verdadero sentido de nuestras vidas, de nuestros pensamientos, acciones y palabras.

El Salmo 50 nos da la clave para situarnos ante el Señor, pidiendo misericordia por nuestros pecados. Cuando alguien no reconoce su pecado, es porque está muy mal. Sin embargo, la verdadera transformación, conforme al orante, es identificar la propia tierra, y pedir al Señor un nuevo nacimiento, una nueva creación del corazón, a base de amor, pureza y firmeza.

El Evangelio nos presenta la travesía de los discípulos viajando solos, en el mar, sin Jesús. Mientras es de “día”, no hay problemas, pero cuando llega la “noche”, las cosas cambian. La noche habla de momentos difíciles. Esas “olas” que sacuden la barca, es la imagen de la Iglesia remecida por los problemas y las persecuciones.

La figura de Pedro, pidiendo a Jesús ir hasta él, nos refleja a ti y a mí. Muchos queremos alcanzar el camino de santidad, nos inspiran la vida de los santos y las santas, nos apasiona la persona de Jesús… pero, si nos falta la fe, al primer viento contrario, dudamos y nos hundimos. Sin embargo, confiados en su misericordia, podemos levantar las manos, la voz, y decirle: “Señor, sálvame”. Cuando los discípulos testimoniaron el auxilio de Jesús, profesaron sin vacilaciones: “Realmente eres Hijo de Dios”.

Preguntas que llevan al silencio: Cuando a ti te calumnian, ¿dejas el servicio que estás haciendo para ir a limpiar tu imagen? ¿Qué es preferible, que salgas a defenderte a ti mismo, o esperar a que el Señor y sus mediaciones te limpien? ¿Por qué Moisés intercedió a favor de la hermana que lo había murmurado? ¿Tú hablarías en favor de alguien que te ha hecho daño? ¿Tú estás poniendo toda tu confianza en el Señor? ¿Tienes algunas realidades que parecen hundirte? ¿Qué es más grande para ti: “las grandes olas que sacuden la barca” o “tu fe en el Señor”?

Señor: edúcame según tus deseos. Que pueda servirte con humildad y lealtad. Que todo lo que no venga de ti me resbale; que no hiera mi interior. Que no me hunda en los charcos imaginarios, sino que me abrace a tu verdad. Tú eres la única verdad, Señor, que nos sostienes, como Iglesia, y no te mudas en las tempestades.

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.

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Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

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