MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS:6/8/25
(Dn 7,9-10.13-14;Sal 96; 2P 1,16-19; Lc 9,28b-36)
XVIII Miércoles Tiempo Ordinario.
LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR
Hoy, miércoles, semana 18ª del Tiempo Ordinario, celebramos la fiesta de la transfiguración del Señor. Este acontecimiento, en el Monte Tabor, tuvo lugar 40 días antes de la crucifixión de Jesús; por eso se medita en el II Domingo de Cuaresma. Pero su fiesta es el 6 de agosto, faltando justamente 9 días para celebrar la Asunción de la Virgen María al cielo; y 40 días para la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Lo vivido por Jesús en la experiencia de la transfiguración, ilumina nuestro itinerario hacia la santidad. Meditemos el pasaje y, a partir de este, rumiamos dichas inspiraciones.
A ejemplo de Pedro, Santiago y Juan, tú y yo recibimos la invitación de Jesús para subir, con Él, a la montaña. No se sube, con Jesús, por subir; estar con Él es el propósito y la intención. Esta subida es necesaria para consolidar la fe, y tomar fuerzas para emprender el camino espinoso, y lleno de pruebas, que inicia con la bajada al valle de la vida.
De la misma manera en que Jesús, mientras oraba, se fue transfigurando; o sea, se fue transformando, cambiando de forma y de aspecto, así sucede cuando nosotros oramos seriamente. La oración nos cambia, nos hace tomar nuevos rumbos, pensamientos y acciones, las indicadas por el Señor. La gracia que actúa dentro se manifiesta por fuera, dejándose notar, pero sin pretensiones. La unción del Espíritu Santo lo cambia todo, para bien. Nos hace probar un bocado del cielo prometido. Como el camello almacena agua para atravesar el desierto, la oración consolida la fe para asumir hasta las pruebas más difíciles.
A Jesús, en el Monte, se le aparecieron Moisés y Elías. Cuando nosotros estamos en el purgante camino de santidad, nos custodian los santos y las santas. Con ellos viene la fuerza de comunión, para respaldarnos. No gustamos la gloria de manera aislada, sino en comunidad. Los santos nos ayudan a vencer, como ellos lo hicieron, en Cristo Jesús.
En el camino de perfección espiritual, nos pueden llegar tentaciones, como a esos discípulos en los que el Señor depositó su confianza. Ellos no eran conscientes del manjar ni de los nutrientes que se les daban, para beber la amarga copa de la cruz. Les entró el sueño, la pereza. Las buenas intenciones no fueron suficientes para permanecer despiertos, y vivir plenamente la experiencia. Haciendo el esfuerzo de espabilarse, el más listo de ellos, Pedro, pudo sugerir al Maestro: “hacer tres tiendas allí, en ese lugar”. No sabía lo que decía.
Así nos pasa a nosotros. No pocas veces hablamos, opinamos, sugerimos, sin tener precisión de lo comunicado. El Señor pacientemente escucha nuestras torpezas y, como a Pedro, por misericordia, nos silencia ante la voz autorizada; la que dice: “Este es mi Hijo, el escogido, escúchenle”. El evangelio concluye diciendo que los discípulos, por el momento, no compartieron la experiencia. Así sucedió. En cambio, luego de la resurrección, interpretaron la historia con ojos de fe. Por esto, en la segunda carta de Pedro, él retoma dicha experiencia, con la fuerza espiritual de los testigos.
La primera lectura, tomada del libro de Daniel, nos habla de su visión. Este episodio se corresponde con la transfiguración. Lo que Jesús vivió en el Tabor, ya se venía vislumbrando desde Antiguo. Se anuncia, entre las líneas, que luego de la cruz, el triunfo del Señor sobre la muerte sería para siempre; proyecta, a su vez, un reinado sin fin.
El Salmo 96 proclama la realeza del Señor. Él es Rey, y hasta el cielo y la tierra se alegran de su dueño. Es un trono sostenido por la justicia y el derecho. Ante la altura de su santidad, de su autoridad, hasta los montes empinados se derriten como cera. La gloria del Señor no pasa desapercibida. El orante confirma que todos los pueblos pueden contemplarla.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Te has dado cuenta que en la vida espiritual, los consuelos preparan para soportar las pruebas? ¿Tú eres testigo de tus propias transformaciones? ¿Por qué las personas que oran, cambian para bien? ¿Jesús anunció, en el monte, su propia transformación, o los demás lo vieron cambiarse? ¿Te anuncias a ti mismo o dejas que los demás te descubran? ¿Cuáles son los santos o las santas que te están acompañando en tu vida espiritual? ¿Cómo sientes el respaldo de los santos en tu vida? ¿Qué cosas, de estos santos de tu devoción, están reflejadas en ti? ¿Quién te está aconsejando en este momento de tu vida? ¿Tú subes a la montaña y sabes bajar? ¿Qué traes contigo cuando bajas? ¿En qué estás invirtiendo la fuerza espiritual que el Señor te regala? ¿Te gusta la montaña, pero no te gusta la cruz? ¿Tú sabías que no hay gloria sin cruz? ¿Escuchas cuando Jesús te habla? ¿Silencias algunas experiencias con el Señor hasta llegar su momento? ¿Por qué no hay santidad sin sufrimiento? ¿Tú sabes distinguir el sufrimiento que trae “fidepuntos” para la santidad? Santos y santas de Dios, rueguen por nosotros.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.
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