MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 2/9/25

Hoy, martes, semana 22ª del Tiempo Ordinario, seguimos con el evangelio según san Lucas. Esta vez, como leímos en el evangelio de ayer, Jesús no está en la sinagoga de su pueblo en Nazaret, sino en la sinagoga de Cafarnaún. Esta era una pequeña población costera, situada al norte del Mar de Galilea. Era reconocida como tierra de misión, árida en la fe, escenario importante en el ministerio de Jesús. Justamente en ese lugar, se reconoció la autoridad de Jesús al enseñar.

¿En qué consistió el hablar de Jesús con autoridad? Mientras Jesús enseñaba, la gente quedaba asombrada, maravillada. Sus palabras procedían del Padre. Eran autoría del cielo. La enseñanza de Jesús les tocaba el corazón, iluminaba su entendimiento; la gente podía comprender el mensaje. Eran palabras puras, refinadas, verdaderas, sinceras. La autoridad de Jesús no era por ser orador elocuente, humanamente hablando, sino por el horizonte trascendente transmitido a la audiencia. Su mensaje era, y lo sigue siendo, de vida, parte de la vida, e ilumina la vida.

El Señor Jesús hablaba con autoridad, porque sus palabras provenían de la oración. No hablaba como los demás maestros de la Ley. De hecho, la autoridad del Señor permitía cuestionar la misma Ley, a los mismos maestros. Sus enseñanzas recuperaban lo más genuino de la tradición, pero aportando la novedad que traía el Reino. Sin vida de oración, los predicadores y las predicadoras no tendrían nada qué decir, digerido por sus propias entrañas.

La autoridad de Jesús también estaba sostenida porque sus palabras se cumplían, se hacían vida; todo su decir quedaba demostrado en su hacer. El Señor hablaba y las cosas sucedían. Es lo que pasó en la sinagoga. Estaba presente un hombre con un espíritu inmundo, se puso a gritar, a interrumpir el mensaje, a distraer, a desviar la atención.

Las palabras de autoridad de Jesús fueron reconocidas por ese demonio presente en la sinagoga. Identificó su origen e identidad. Los demonios no pueden testimoniar, ni ser mensajeros, porque no tienen fe, ni tampoco son creíbles. Son mentirosos. Sus palabras no tienen valor. El mensaje de Jesús molestó al mal espíritu. Pero el poder del Señor limpió y desempolvó el lugar. El Señor le mandó a callar, y él obedeció. Donde Jesús habla, los demonios no tienen participación. Solo hay una voz autorizada.

La autoridad de las palabras de Jesús se fundamenta, a su vez, porque hace presente el Reino. Trae la liberación, el perdón y el consuelo. Sus palabras son de vida, y devuelven la vida. Nunca pasan, se siembran en la historia, se hacen presentes y se conservan por toda la eternidad. Esta autoridad, el Señor se la ha confiado a su Iglesia, a sus apóstoles; a cada bautizado, bautizada, en comunión con el Cuerpo de Cristo.

La primera lectura, tomada de la Carta de san Pablo a los Tesalonicenses, nos puede iluminar en este sentido de reflexión. Recuerda a los cristianos, que han de estar despiertos y vigilantes porque no se sabe el día ni la hora de la llegada del Señor. Por eso exhorta a permanecer en la luz. Quien cree en Cristo, y le sigue, es hijo de la luz. Esto implica renunciar a toda oscuridad, clandestinidad, que impida caminar de día, en verdad. Cuando tú llevas una vida transparente, coherente con el evangelio, también tus palabras ganan autoridad.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Cómo describes las palabras que salen de tu boca? ¿De dónde salen: ellas salen del silencio orante, del ruido, del pesimismo, de la esperanza? ¿Dices cosas, por decirlas, o hablas con propósito saludable? ¿Para qué sirven las cosas que comunicas? ¿Le das valor a las palabras? ¿Economizas las palabras? ¿Lo que comunicas ilumina la vida de alguien?

¿Tú sabías que cuando la gente no hace silencio, no encuentra nada importante qué decir? ¿En qué te fundamentas para hablar? ¿Tus palabras y tu vida tienen armonía? ¿Tú sabes que la mentira daña el corazón y extravía la ruta al cielo? ¿Sabías que cuando hablas una mentira estás en comunión con el demonio, príncipe de la mentira? ¿Qué te parece si, para renunciar a toda mentira, llevas una vida en verdad y en transparencia? ¿Por qué la persona orante pierde el miedo de decir lo que piensa en público?

Señor, como el salmista te digo: tú eres mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Tú eres la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Por eso, en este peregrinar, llevando tu Palabra, entre lágrimas, sacrificio, consuelo, cansancio, y alegría, me digo interiormente: “espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor”. Santos y santas de Dios, rueguen por nosotros.

¡Seamos santos!

Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad


Hna. Ángela Cabrera.

Discípula Misionera por la Santidad

Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.

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Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

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