MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 23/12/25
(2Sam 7,1-5.8b-12.14ª.16;Sal 88; Lc 1,67-79)
Miércoles de la cuarta semana de Adviento
¡YA VIENE EL SEÑOR!
El 24 de diciembre es la víspera de la Navidad. A nivel litúrgico, la Iglesia dispone que los sacerdotes celebren tres Eucaristías, no para que los fieles participen en todas ellas, sino para que puedan elegir el horario más conveniente y no falten a tan importante preparación.
“Feria privilegiada o Misa de la mañana”. Es el momento de la espera intensa del Nacimiento de Jesús. Aunque el 24 de diciembre pertenece aún al tiempo de Adviento, lleva un matiz muy especial por lo que acontecerá al día siguiente. En esta celebración, el acento recae en los últimos preparativos para la llegada del Salvador.
“Misa Vespertina de la Vigilia” (por la tarde o al atardecer). Con el sentido de: “¡Ya viene!”. Aquí comienza la vigilia de la Navidad. Es una Misa de preparación, marcada por la alegría y centrada en el misterio de la fiesta. La Navidad está ya muy próxima, casi al alcance. Las lecturas y la Liturgia de las Horas nos enseñan la recitación orante: “¡Mañana nace Jesús!”. Sin embargo, en lo práctico, sigue siendo 24 de diciembre. Todavía no es Navidad. De ahí la confusión de algunos fieles que, al participar en esta Eucaristía, creen haber celebrado ya la fiesta más importante: la del 25.
“Misa de Medianoche” o “Misa del Gallo” (a las 12 de la noche). ¡Aquí comienza formalmente la Navidad! “¡Jesús nació!”. Es la primera de las tres Misas propias de este día, pensadas para ofrecer más oportunidades de participación a todos los fieles. La comunidad cristiana revive el acontecimiento de los pastores que, en humilde adoración, se acercaron al Niño Dios.
La Navidad, celebrada el 25 de diciembre, es día de precepto; es decir, una norma que la Iglesia propone como lo esencial en la vida cristiana. Con ello se asegura que todos avancemos en el camino del amor a Dios y al prójimo, creciendo en la fe y en la comunión.
Con este sentido, la antífona del salmo invitatorio en la Liturgia de las Horas del 24 de diciembre proclama: “Hoy sabrán que vendrá el Señor, y mañana verán su gloria”. En la misma línea, la segunda lectura del Oficio de Lectura nos ofrece un pasaje de los sermones de san Agustín, quien exhorta también a nosotros: “Despierta, hombre: por ti Dios se hizo hombre. Despierta, tú que duermes, surge de entre los muertos, y Cristo con su luz te alumbrará. Te lo repito: por ti Dios se hizo hombre…”.
Es conmovedora la lectura del Evangelio, que nos conduce a la oración con el cántico de Zacarías. Ese hermoso Benedictus, que cada día en las Laudes nos une en comunión de hermanos y hermanas, brota de la experiencia de las promesas cumplidas. Cuando Zacarías contempla la fidelidad de Dios, su lengua se desata y comienza a profetizar, bendiciendo al Señor con todo el corazón.
La profecía de Zacarías proclama que Dios ha visitado a su pueblo. Es una bella y sencilla definición de lo que significa la Encarnación: en su Hijo, Dios mismo nos visita. Pero esta presencia no es pasiva, sino redentora. La fuerza de su canto se apoya en el testimonio de que Dios cumple sus promesas. Los voceros y las voceras del Señor no hablaron en vano.
El cántico de Zacarías se entona, espiritualmente hablando, en las fronteras del Antiguo y del Nuevo Testamento. Todavía hay oscuridad, pero ya se aguarda el pleno amanecer. Es el anuncio de una esperanza viva y palpitante, que avanza con firmeza. La misericordia del Señor está actuando, y aquel sacerdote nos lo hace saber. Misericordia fiel y peregrina desde los primeros padres y madres de la fe, que aún hoy no se detiene.
Zacarías nos recuerda que Dios tiene memoria, que no olvida su alianza ni su amor eterno. En este canto se despierta en nosotros la confianza y la certeza. ¡Qué hermoso es aprender a esperar el tiempo de Dios! El Señor es descrito como “fuerza de salvación”, capaz de defendernos y de arrancarnos de las manos de los enemigos, de las garras del pecado y la perdición, con autoridad divina. Porque nos ama y nos quiere libres, totalmente libres del miedo y del temor, para servirle plena y radicalmente en santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días.
Junto con el Niño Juan, tú y yo estamos llamados a ser como él: profetas y profetisas del Altísimo, preparando el camino de la Salvación.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Estás atento a la llegada del Sol que nace de lo Alto? ¿Visualizas ya la venida de la luz en tu vida? ¿Qué tinieblas comienzan a desvanecerse en tus circunstancias? ¿De dónde tiene que arrancarte el Señor porque tus fuerzas no bastan? ¿Sabes esperar el tiempo de Dios con paciencia, aguardando el amanecer de tu vida? ¿Eres capaz de perdonar así como necesitas ser perdonado? ¿Tu vida, en el Señor, ilumina a quienes viven en tinieblas? ¿Los pasos que emprendes dejan paz en tu corazón y en el corazón de los demás?
Señor, el don de la fe es muy hermoso. Más que hermoso: es un regalo necesario de tu amor, tan grande que no encuentro palabras para definirlo. La fe me permite creer, aceptar y vivir lo que anuncian las Sagradas Escrituras. Sin ella, todo sería apenas un relato bonito; pero no, tu amor es real, demostrado y misericordioso. Te entregas y permaneces para siempre. Por eso, te espero junto a mi comunidad, abrazándome con fuerza a tu misericordia. Tú nunca me defraudas. Vienes con tu luz a mi conciencia: luz tierna y exigente, que al iluminar me impulsa a tomar decisiones y a enderezar la ruta. Yo también, Señor, te espero con pasión ardiente, porque quiero servirte en santidad y justicia, todos los días de mi vida.
¡Seamos santos!
Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.
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