MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 30/12/25
(1Jn 2,12-17; Sal 95; Lc 2,36-40)
Día VI dentro de la Octava de la Natividad del Señor
¡ANA VE LA SALVACIÓN!
Hoy, día VI de la Octava de Navidad, el evangelio nos presenta a otra testigo que pudo contemplar la salvación: Ana. Era una mujer de edad avanzada. Había vivido, en su juventud, siete años de matrimonio, y luego permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro. Es un detalle significativo: “siete años casada”. Ese lapso hace pensar que su vida matrimonial fue plena, que cumplió su ciclo. Desde entonces, permaneció en un nuevo matrimonio, ahora espiritual, consagrada al Señor, el verdadero Esposo y compañero hasta la eternidad.
Ana era reconocida como profetisa. Profetisa es aquella mujer conducida por el Espíritu Santo, llena de Dios, que se convierte en su vocera para transmitir a los demás las verdades que Él quiere sean conocidas y acogidas. Los detalles que se nos ofrecen sobre ella: -hija de Fanuel, de la tribu de Aser- nos permiten deducir que era una persona respetada y, además, autorizada.
Impresiona la expresión: “no se apartaba del templo día y noche”. Podemos decir que fue mujer de dos santuarios: el del recinto, externo; y el otro, interno, propio de quien vive experiencias místicas desde el corazón. La imaginamos silente, recogida, de pocas palabras y con ojos contemplativos. Todo esto, como fundamento para servir a Dios y a todos los peregrinos. Su vida de ayuno y oración nos la muestra como una mujer transfigurada.
Imaginamos a Ana como muchas “Ana” de hoy. Sumergidas en las cosas del Señor. Para quien ama a Dios no existen vacaciones ni recesos. La oración no es un trabajo forzado, es sencillamente el oxígeno del alma.
En ningún momento el relato la describe lamentándose por haber vivido sola. No quedó estancada en su casa. Se instaló allí donde podía ser activa, en sus años y según su capacidad, sirviendo, acogiendo, siendo la “hormiga” obediente del Señor en medio de los fieles.
Importa reconocer la calidad de su presencia en el templo. No estaba distraída, dispersa ni desenfocada. Se mantenía en una actitud contemplativa, despierta. Ana, viviendo como vivió, recibió las pupilas de la fe, un corazón creyente. El tumulto de los peregrinos y los inoportunos comercios en el templo no fueron obstáculo para que ella captara el momento, encontrándose con el Niño Jesús y sus padres.
Ana recibió su premio, su recompensa. ¡El alma no envejece! Toda su vida fue un recorrido hacia esa experiencia culminante. Nadie se lo contó, no lo soñó: ella misma fue testigo al encontrarse con el Niño Dios, María y José. Ana experimentó el paso del Antiguo al Nuevo Testamento, y ese cambio lo vivió en su propio corazón. Amaneció en ella una nueva profecía, madura y purificada. Con certeza compartía el mismo sentir de Simeón: “puedes dejar a tu sierva morir en paz”.
Esto fue, para Ana, motivo de alabanza y evangelización. Hablaba del Niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.
En la primera lectura, Juan nos anuncia también a nosotros el camino para encontrarnos con Jesús, como Ana. El apóstol se dirige a tres etapas de la vida, en las que todos entramos: hijos, padres y jóvenes. Les recuerda quién les ha perdonado, a quién han conocido y en quién han encontrado la fuerza para permanecer: el Señor Jesús. Con esta memoria y con esta experiencia de Él, podemos permanecer con el corazón en paz y anclado en Él, de modo que el “mundo” y sus corrientes seductoras, ruidosas e ilusorias no nos arrastren.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Tú permaneces en tu santuario interior? ¿Eres persona de recogimiento? ¿Buscas al Señor en medio de tu cotidianidad? ¿Las palabras que dices se siembran en la historia? ¿Cuando hablas, esas palabras sirven para algo, ayudan, iluminan? ¿Te jubilaste del trabajo? ¿Podrías jubilarte de la fe, de tu encuentro con el Señor? ¿Por qué la persona de esperanza siempre tiene un motivo para vivir, para ser feliz? Tú, como Simeón y como Ana, ¿has aprovechado el tiempo, la vida, las oportunidades? ¿Te atreverías a decir al Señor: “el día que tú quieras, yo muero en paz”? ¿Llevas una vida reconciliada? ¿De qué tienes que liberarte para servir al Señor enteramente, sin apartarte de sus cosas, ni de día ni de noche? Como lo vivió Jesús, ¿vas creciendo en la fe, robusteciendo la espiritualidad?
Señor, la esperanza es para todos. Con razón dice el salmista: “Alégrese el cielo, goce la tierra”. Porque todos, Señor, se alegran en tu presencia. Tú renuevas nuestras vidas, y al encontrarnos contigo el alma se rejuvenece. No salen arrugas en el alma; y si aparecen en el rostro, desde la fe son evidencias hermosas de una relación contigo que ha madurado. Que vivan los años curtidos a tu lado. Cada día, Señor, es una nueva oportunidad para amar y servir mejor, como Ana, sin apartarse de ti y hablando de ti a todos los que necesitan un nuevo amanecer.
¡Seamos santos!
Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad

Hna. Ángela Cabrera.
Discípula Misionera por la Santidad
Espacio de reflexión de la Parroquia de los Santos Ángeles Custodios, que invita a realizar una pausa diaria en nuestras actividades cotidianas para dedicarlas a la oración del Evangelio, a través de la meditación y reflexión de la hermana Ángela Cabrera, Discípula Misionera por la Santidad.
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